Luis Gerardo Leal
Lagunillas, septiembre de 2026.-
Los Arangues, ese poblado sereno del municipio Torres en el árido suelo larense, nos llama cada año a su encuentro de culturas. Afortunadamente, pudimos atender el llamado que implica un reto logístico y económico, pero que como muchos cultores del país, asumimos con valentía.

Cada año, al despuntar el primer fin de semana de septiembre, este rincón bendecido por el viento del semiárido deja de ser una pequeña coordenada campesina para transformarse en el epicentro de la cultura popular más viva, pura y resistente de Venezuela.
No se llega a Los Arangues como un turista común. Desde semanas antes, habiendo recibido la invitación de los organizadores, la travesía se prepara como una expedición hacia otro mundo: carpas, hamacas, utensilios, ropa ligera, comida compartida y las herramientas del arte —tambores, faldas, marionetas y versos— se empacan con el ritual de una peregrinación.
Este 2026 no era cualquier encuentro. Del 3 al 6 de septiembre, el Movimiento Cultural y Campesino Los Arangues celebraba nada menos que su 45 aniversario. Una epopeya comunitaria que nació en 1981, cuando el fervor campesino se organizó alrededor de la defensa de la tierra, la lucha por el agua y la urgencia de rescatar la memoria ancestral de las garras del olvido y del latifundio.
Día 1: La marcha del fuego y la sombra del árbol de mango
Partimos muy temprano el jueves 3 de septiembre en transporte público, desde Lagunillas, llevando más equipaje del que podíamos cargar. Entre carretera y carretera, la memoria colectiva desempolvaba anécdotas de viajes anteriores, inflando las expectativas para la aventura que se avecinaba.
Al llegar a Carora, nos recibió un ventarrón inusual, un remolino terroso que parecía arrastrar los chivos y que nos envolvió en polvo como dándonos un bautizo seco. De allí, abordamos el último tramo: solo 20 kilómetros para adentrarnos en Los Arangues.
El pueblo nos recibió tal como vive en el recuerdo: inmune al vértigo urbano moderno, tranquilo, caluroso, detenido en el tiempo y con esa amabilidad infinita de su gente, que saluda amablemente como si nos conocieran de toda la vida.
"Bienvenido, patrón", soltó con una sonrisa un hombre del pueblo, y acto seguido, con una generosidad desarmante, nos regaló una bolsa con víveres sin pedir absolutamente nada a cambio.
Caminamos sobre calles de arena suave hasta llegar a nuestro hogar temporal: la humilde vivienda de Luis Domoromo. Más que un anfitrión, Luis se ha convertido en nuestro padre por cuatro días cada año desde 2014. Armamos nuestro campamento en el patio, bajo la sombra protectora de un inmenso y hermoso árbol de mango. Colgamos las hamacas, encendimos el fogón de leña para preparar la primera comida colectiva y salimos a recorrer los alrededores.
En cada patio vecino la escena se repite: campamentos de artistas y cultores de todo el país organizándose para ensayar, comer y convivir en comunión con sus familias receptoras. De pronto, el silencio de la tarde se rompió con el estallido colorido de los fuegos artificiales. Desde la entrada del pueblo venía avanzando la antorcha, símbolo de la energía popular encendida, transportada por glorias deportivas locales.
A su paso, las familias salían de sus casas y la marcha se agigantaba, convirtiéndose en un torrente humano unido por el mismo pulso de amor. El destino final de la marea era "La Pista", el espacio dispuesto para las presentaciones. Nos acomodamos de primeros para garantizar la mejor visual, listos para registrar cada segundo y cumplir de la mejor manera nuestro oficio periodístico, una tarea nada fácil entre la multitud apretada y emocionada.
Era notorio que este 2026 registró una afluencia ligeramente menor de visitantes que en ediciones anteriores, quizás por las sombras de incertidumbre que atraviesan al país; pero el calor de los presentes suplía cualquier ausencia.
Tras el colorido desfile de las agrupaciones —un abrebocas donde cada delegación mostraba su estampa—, dio inicio la fiesta de las artes. Danza, teatro, títeres y música se sucedieron en un despliegue apasionado. Aquí nadie compite; no hay jurados ni trofeos. Todos comparten. La Pista es un aula viva para el intercambio de saberes.
Nos deleitamos con la impecable investigación coreográfica de JRoch, la vibrante energía de Casa Juba, la fuerza telúrica de Yaradanz, la elegancia estilizada de Danzas Violeta, la espontaneidad contagiosa de Juventud Teatral, la belleza visual de Danzas Ezequiel Quintero y la maestría criolla de Senderos de Apure.
Párrafo aparte merece la encomiable delegación del estado Portuguesa, con agrupaciones que se funden año tras año en una sola fuerza artística: Danzas América, Mis Raíces, Las Abuelas de Girasol y El Maravilloso Mundo de los Títeres.
Sentado sobre el suelo, en primera fila, sentí el privilegio absoluto del cronista: ni un solo paso de baile, ni una palabra, ni una nota musical se me escapaba. Como dicta la hermosa tradición de cada noche, se elevó al cielo un globo de papel artesanal en señal de gratitud. Esta vez, la nave de papel y fuego llevó un matiz profundamente sobrecogedor: rindió tributo a las víctimas de los dolorosos terremotos que azotaron al país el pasado mes de junio.
Mientras el globo se alejaba en la profundidad del cielo estrellado, el pueblo entero permaneció en un silencio místico. Estoy seguro de que en esa penumbra cada quien musitaba una oración o una promesa, entregándole sus ruegos a Dios a través de ese mensajero de papel. Yo también lo hice.
Aunque la programación en escena concluyó más temprano que de costumbre, la noche se extendió en una entrañable fiesta comunitaria donde todos bailamos sin prejuicios y con alegría. La madrugada sobrevino fría y oscura. Al alejarse de La Pista, el pueblo recuperaba un silencio tan denso y misterioso que parecía el escenario de una película de suspenso. Llegamos al campamento para buscar refugio en la hamaca y arañar unas pocas horas de sueño. La aventura apenas comenzaba.
Día 2: El sabor de la tierra y el retumbo del cuero
La mañana del viernes nació al calor del fogón. Me correspondió la tarea de preparar las arepas en las brasas de leña, acompañadas con los cremosos aguacates que nuestro anfitrión cosechó en su propio patio.
Con las energías renovadas, fuimos al encuentro de los talleres de formación. Aunque este año la oferta de saberes fue más reducida, la calidad humana desbordó las expectativas: muñequería tradicional, juguetes artesanales y primeros auxilios. Quedamos deslumbrados con la sabiduría popular del señor Franklin Vivas al explicarnos la elaboración de sus sueros artesanales, su siembra de limones y su carrera de músico en grandes orquestas.
El sofocante calor larense pasó a segundo plano ante la intensidad de la jornada. En cada rincón se veía a los grupos ensayar, cruzando lenguajes y fusionando coreografías a la sombra de los árboles, mientras probábamos los refrescantes helados de mamón y las delicias culinarias del chivo: asado, en sopa y en sabrosas asaduras.
Al caer la noche, La Pista volvió a encenderse con la segunda velada artística. Esta vez, el protagonismo absoluto lo tomó el tambor en vivo. Cueros venidos de distintas regiones retumbaron con estilos diversos pero con una sola llama ancestral que hizo arder al público. Miles de personas terminaron envueltas en gigantescas ruedas de baile donde la gente entraba, se contoneaba y celebraba la vida sin descanso.
La noche ofreció más danzas, teatro y títeres, pero el instante culminante fue una conmovedora performance dedicada al dolor de los recientes terremotos. Juventud Teatral, JRoch y Danzas Ezequiel Quintero unieron sus talentos para escenificar la tragedia vivida por el país, dejando flotando en el aire una verdad sanadora: solo el amor, la empatía y la solidaridad podrán reconstruir lo que la tierra sacuda. Suspiramos, secamos las lágrimas y continuamos disfrutando.
La fiesta se alargó hasta bien entrada la madrugada, devolviéndonos una vez más por el sombrío y fresco camino de regreso a la casa de Luis.
Día 3: Memoria indígena, sones de negro y la noche interminable
El sábado despuntó como el día de mayor densidad espiritual y comunal. Tras el acostumbrado desayuno de fogón, emprendimos la caminata y subida al cerro Santo Domingo. No es un simple paseo de senderismo; es un acto de reconexión con la naturaleza y con nuestros ancestros indígenas.
Rodeados de rituales de fuego y palabras sagradas, la cosmovisión originaria se hizo tangible. Allí nos explicaron que esas lomas fueron territorio de asentamiento y resistencia de los indígenas Achaguas (de la gran familia Arawak), un foco histórico de dignidad cuyas vibraciones aún resuenan en la brisa.
Al descender del cerro, la historia viva nos esperaba en el Museo Arqueológico Comunitario Alfredo Almeida. Este espacio —gestionado y protegido por la propia comunidad— resguarda las vasijas de arcilla, las herramientas líticas, las piezas cerámicas y los adornos funerarios de las civilizaciones precoloniales encontradas en la zona. Los jóvenes guías comunitarios, convertidos en verdaderos maestros-pueblo, nos condujeron por las salas de exhibición con una pedagogía amorosa que le devuelve la dignidad a la arqueología popular.
Hacia el mediodía, tras deleitarnos con una reconfortante sopa de cabeza de cochino, un repique distante de cueros nos hizo aguzar el oído. Se trataba del grupo Sabor a Pueblo, que improvisaba un toque en el patio de una vivienda. Nos dejamos llevar por el retumbo del tambor, esa música que junto a la gaita zuliana y el joropo constituye la cédula de identidad sonora de nuestra venezolanidad.
Apenas se apagó el tambor, nos trasladamos a la celebración de otra manifestación sagrada de la larensidad: el Tamunangue o Sones de Negro. Por tradición en este encuentro, los sones se ejecutan los domingos, pero este año los tamunangueros decidieron reunirse la tarde del sábado para ofrecer sus bailes y salves en memoria de los familiares y cultores fallecidos recientemente.
Ubicado en primera fila, fui testigo de la liturgia completa: desde la elegancia ritual de La Batalla —donde las varas de madera se cruzan en un esgrima sagrado en honor a San Antonio— pasando por la alegría de La Bella, El Yiyivamos, El Juruminga y La Perrendenga, hasta culminar en la complejidad geométrica y festiva del Seis Figureado. Una experiencia estética e identitaria que todo venezolano debería vivir al menos una vez en la vida.
Mientras el polvo se levantaba bajo las alpargatas y las mujeres desplegaban el vuelo de sus faldas, compartimos impresiones con el profesor Fernando Ocando, cuya generosa experiencia en el arte de la danza nos sirvió de guía para descifrar cada gesto y cada paso del Tamunangue.
Para la tercera noche en La Pista, la fraternidad ya era total. Los vecinos me saludaban como a un hijo del pueblo: me reservaron un puesto de honor frente al escenario, alejaban cariñosamente a los perros callejeros para no arruinar las tomas de video y organizaban a los niños para que no interrumpieran el registro periodístico.
Las manifestaciones se sucedieron como una ráfaga multicolor: de la irreverente Sardina trujillana a la finura musical de Al Son de Carora; del joropo recio apureño al suave polo margariteño; del ritmo contagioso del calipso a la calidez de la parranda. Pasaron por escena las agrupaciones Uyama, La Taguara Cultural, Danzas Terepaima, Negros, Canto y Ritmo, Trabuco Tambor y Tambores de San Biyán.
Día 4: El despecho de la partida y la promesa del retorno
El domingo trajo consigo la inevitable melancolía del cierre. Aunque la programación continuaba durante la noche para los locales, para muchas delegaciones —incluida la nuestra— la mañana marcaba el punto final. Había que recoger el campamento, desarmar las hamacas y emprender el viaje de regreso a la cotidianidad, dejando atrás la atmósfera mágica de Los Arangues.
Nos asaltó ese despecho que traen las despedidas. Caminamos despacio hacia la salida del pueblo, mirando hacia atrás a cada tanto, agradeciendo en silencio todo lo que este rincón campesino nos regaló durante cuatro días intensos de casi nada de sueño y un derroche absoluto de vida. Esto no fue un paseo turístico; fue una inmersión profunda en la reserva moral y cultural de Venezuela.
Volvemos distintos. Nadie que pise esta tierra mágica regresa siendo el mismo. Atesoramos nuevos rostros, saberes ancestrales y sensaciones que no caben en los cuadernos de notas. Mientras el autobús avanzaba por la carretera Panamericana alejándose del municipio Torres, ya empezábamos a planificar el viaje del próximo año. Porque la lección es clara: nosotros tenemos que marcharnos, pero Los Arangues se queda para siempre a vivir dentro de nosotros.
El Movimiento Cultural Los Arangues: 45 años de soberanía y resistencia ancestral
Para comprender la magnitud de lo vivido durante este aniversario, es preciso mirar la historia profunda de este fenómeno comunal. Nacido formalmente en 1981, el Movimiento Cultural y Campesino Los Arangues representa uno de los procesos de organización popular y resistencia folclórica más emblemáticos de Venezuela.
El movimiento no surgió por mera recreación artística, sino como una necesidad histórica de salvaguardar las tradiciones campesinas frente al olvido, el éxodo rural y los embates de la transculturalización. Campesinos, cultores, docentes, agricultores y músicos de la cuenca del río Sicarigua unieron sus fuerzas para dignificar el trabajo de la tierra y reivindicar la raíz afroindígena del territorio.
Uno de sus hitos más gloriosos ocurrió entre 1984 y 1986. De la mano del recordado antropólogo Alfredo Almeida y con el respaldo del Museo Antropológico de Quíbor, los pobladores descubrieron en las laderas del cerro Santo Domingo un tesoro arqueológico de tiestos y piezas cerámicas pertenecientes a la etnia Achagua.
Ese hallazgo no fue solo científico; fue una poderosa herramienta política e identitaria: los campesinos comprendieron que la tierra que habitaban no pertenecía a los antiguos terratenientes de la hacienda local, sino que era territorio ancestral de sus antepasados indígenas.
La lucha comunitaria logró decretos patrimoniales y la restitución del orgullo campesino. De allí germinó el Museo Antropológico Comunitario Alfredo Almeida, un espacio gestionado sin burocracia por el mismo pueblo para custodiar su historia prehispánica.
Celebrar un aniversario en Los Arangues no es rendir un culto protocolar al calendario. Es un ejercicio de soberanía cultural, alimentaria, paz y convivencia. Durante el encuentro, el pueblo entero se despoja de la condición de espectador pasivo para convertirse en anfitrión activo.
La suma de debates sobre la tierra, muestras de semillas locales, gastronomía tradicional, talleres artesanales y noches de música y tambor demuestra que la memoria histórica y el arte popular no son piezas estáticas de museo, sino el motor más poderoso para unir a un país y mantener de pie la dignidad de un pueblo.
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