El teatro sigue vivo en Lagunillas

 

Lagunillas, marzo de 2026.-


Como cada año, los artistas del municipio Lagunillas celebraron el Día Mundial del Teatro con una programación de alta calidad, reafirmando a este pueblo como una referencia vital de las artes escénicas en el Zulia. Sobre tablas sencillas pero cargadas de pasión, la escena volvió a latir con fuerza, recordando que el teatro es una necesidad para toda la sociedad. 

El grupo Guerreros del Arte presentó “Khalilgibrando Relatos” y el Colectivo de Teatro Magisterial llevó a escena “Sueños de un Soldado” en la Casa de la Cultura. Por su parte, Tejedores de Sueños estrenó dos propuestas: “Adelita se va a casar” y “Parricidio”, en la sede de la Fundación Alas de Luz.

Como suele ocurrir, la fecha coincidió con la Semana Santa, permitiendo que escuelas e iglesias también se sumaran con viacrucis y representaciones de la crucifixión de Jesús, otra forma ancestral de hacer teatro, donde la fe entra en escena.

Cada montaje, distinto en tono y temática, dejó ver el talento histriónico que caracteriza a Lagunillas, así como el compromiso de sus creadores, quienes, pese a las limitaciones y al escaso apoyo institucional, continúan levantando el telón con dignidad.


Los relatos de Khalil

Bajo la dirección de Robert Silva, el grupo Guerreros del Arte de la Casa de la Cultura Don Otilio Miquilena presentó “Khalilgibrando Relatos”, una dramatización de textos del poeta libanés Gibrán Khalil Gibrán.


Las historias, tomadas de “El Loco” y “El Profeta”, ofrecieron reflexiones profundas sobre la fe, la verdad, el poder y el sentido de la vida. Narraciones sencillas en apariencia, pero con profundidad filosófica, que encontraron en la escena un nuevo aliento.


La puesta en escena, envuelta en una estética de inspiración árabe, se convirtió además en un sutil homenaje al pueblo libanés que hoy atraviesa tiempos difíciles por los ataques e invasión desde Israel.



Destacaron las actuaciones de los jóvenes Fabián Meléndez, Deyken Godoy, Keinnyreth Gabriela Fernández, junto al experimentado Richard Nava y el propio director.


El grito del magisterio

El Colectivo de Teatro Magisterial también hizo gala de su talento con “Sueños de un Soldado”, bajo la dirección de José Quevedo. La obra propuso un recorrido por la historia nacional, tomando como eje la figura del Libertador Simón Bolívar y el Discurso de Angostura de 1819.



Desde allí, se tejieron escenas que evocaron el nacimiento de la República y la riqueza de la cultura popular. En escena, Mayuli Marcano, Diny Gutiérrez, Neoanna Baptista, Carlos Morocoima y José Quevedo dieron vida a un montaje que mezcló palabra, cuerpo y memoria.




El matrimonio de Adelita

La risa también tuvo su espacio con Tejedores de Sueños y la comedia “Adelita se va a casar”. Esta historia costumbrista aborda, con humor y picardía, las presiones sociales que empujan a muchas mujeres a casarse a temprana edad.



El texto, escrito por Luis Gerardo Leal, marca además el debut como directora de Ziury Laguna, quien logra convertir la escena en espejo y martillo: reflejo de la realidad y herramienta para cuestionarla.


Entre rituales, prejuicios y carcajadas cómplices, la obra ofreció una mirada crítica pero ligera, tan necesaria en tiempos de incertidumbre. El elenco joven, integrado por Cristine Nuhlen, Noe Pirela, María Sánchez, Emily Acosta, Natalia Matheus, Franchesca Camacaro y Ángel Guerrero, sostuvo con frescura y energía cada momento.




El pecado del padre

El cierre de la jornada estuvo marcado por la intensidad de “Parricidio”, también de Tejedores de Sueños. Escrita por Luis Gerardo Leal y dirigida por Jhonathan Camacaro, la obra sumergió al público en un drama familiar profundo y perturbador.



La historia explora los traumas que nacen en hogares fracturados: abusos, carencias, violencia y desamor. Una propuesta dura, pero necesaria, que confronta al espectador con las consecuencias de las relaciones paternales fallidas.


Ziury Laguna, Luis Martínez y Jeremy Velásquez asumieron el reto de encarnar personajes complejos, en una puesta que, más allá del dolor, invita a la reflexión sobre el bien, el mal y la posibilidad de redención.


Así, entre risas, silencios y estremecimientos, el teatro volvió a demostrar en Lagunillas que sigue vivo, que respira, crece, evoluciona y supera cualquier obstáculo, formando parte inseparable de este pueblo.

Lagunillas: cien años de petróleo y lucha por su identidad

Luis Gerardo Leal 

Lagunillas, marzo de 2026.-



Este 11 de mayo, Lagunillas arriba oficialmente a su primer siglo de producción petrolera. Cien años han pasado desde aquel 11 de mayo de 1926, cuando se completó la perforación del pozo Lago N° 1 (AGO 0001), un hito que cambió para siempre la historia de esta tierra zuliana y del país.

Según el registro de producción de PDVSA y los memorandos de la época, la historia comenzó un año antes, el 19 de febrero de 1925, cuando la Venezuela Gulf Oil Company decidió ubicar un pozo exploratorio en la parcela Lago. Como referencia, se tomó la esquina suroeste de la iglesia del antiguo pueblo, garantizando que la perforación se mantuviera dentro de los límites establecidos. Aquella decisión marcaría el inicio de una travesía llena de desafíos técnicos y humanos.


La perforación no fue sencilla. Hubo pérdidas de circulación de lodo, fallas en calderas, problemas con válvulas y escasez de insumos. Las lluvias y tormentas retrasaban los trabajos, mientras los obreros, con paciencia y coraje, insistían en arrancarle al subsuelo su secreto más preciado. En septiembre de 1925, a más de dos mil pies de profundidad, aparecieron las primeras arenas de alquitrán. Era la señal de que el petróleo estaba allí.

Años antes, se había descubierto el potencial comercial petrolero de la Costa Oriental del Lago. En 1914, se había activado el icónico pozo Zumaque I (MG 01) en Mene Grande y en 1922 ocurrió el histórico reventón del pozo Barroso II, en Cabimas. 


A pesar de incidentes graves, como la rotura de la tubería de revestimiento en febrero de 1926, los trabajos continuaron. El 11 de mayo, finalmente, el pozo fue completado. Días después, el 18 de mayo, la prueba de producción confirmó el éxito: el pozo fluyó con fuerza, alcanzando más de mil quinientos barriles diarios de crudo pesado de 18,3 grados API. No hubo reventón, no hubo caos. Hubo control, conocimiento y la mano firme de trabajadores que supieron dominar la energía de la tierra.

Así nació la industria petrolera en Lagunillas, impulsando la construcción de tanques, muelles, líneas de carga y toda una infraestructura que transformó el paisaje. Pronto, otras empresas como Standard Oil of California (hoy Chevron Corporation), junto a compañías como la Venezuela Oil Concession (hoy Shell) y la Creole (hoy ExxonMobil), expandieron la explotación en el rico Campo Costanero Bolívar.



Pero antes del petróleo, Lagunillas era otra. Era un pueblo de agua, palafítico, heredero del ancestral Paraute (comunidad indígena añú), donde la vida giraba en torno a la pesca y el intercambio entre pueblos del Lago de Maracaibo. Con el crudo llegó un crecimiento vertiginoso, a veces desordenado, que trajo consigo carreteras, urbanizaciones y campos petroleros. 

Nació Lagunillas en tierra firme, con barrios populares (Turiacas, Parateahi, Altagracia, Tacovén, Tasajeras, Cabeza de Toro, etc,) y los campos residenciales (Alegría, Zulima, Rojo, Bella Vista, El Milagro, Delicias, Carabobo, Terminal, Grande, Puerto Nuevo, Florida, Las Palmas, etc) que evidenciaban profundas diferencias sociales.

El progreso también dejó huellas complejas. La explotación generó subsidencia, un lento hundimiento del suelo que obligó a construir un dique para contener las aguas del lago. A lo largo de las décadas, muchas comunidades han debido reubicarse, dejando atrás espacios cargados de historia.



Hoy, cien años después, Lagunillas sigue siendo un territorio marcado por el petróleo. Con cerca de 300 mil habitantes, gran parte de su población depende directa o indirectamente de esta industria. Desde el histórico pozo AGO-1 (clausurado en 1991) hasta la actualidad, el municipio ha sido fuente constante de energía para Venezuela, incidiendo contundentemente en el desarrollo nacional.

Pero más allá de cifras y barriles, Lagunillas es memoria viva. Es la historia de un pueblo que se reinventó sobre el agua y la tierra, y de una identidad que mezclaba las raíces indígenas añú, los criollos autóctonos, los coreanos, margariteños, andinos, caroreños, así como italianos, españoles, portugueses, holandeses y estadounidenses. 

En este encuentro multicultural, se evidenciaron también flagelos como la discriminación, racismo y exclusión social, donde los trabajadores petroleros de la época eran personas privilegiadas y los extranjeros con poder económico imponían sus costumbres como bandera, invisibilizando a la mayoría de los habitantes del pueblo. 

De ahí que se impusiera un nombre europeo para Ciudad Ojeda (fundada en 1937), apartando los nombres originales. Algo similar ocurrió con la imposición de Santa Lucía como patrona católica municipal, a pesar de la antiquísima Virgen del Paraute, advocación mariana aparecida en 1651.

A cien años de aquel primer pozo, el petróleo sigue latiendo en el subsuelo, pero también en la memoria colectiva de un pueblo que aprendió a crecer entre luces y sombras, con la esperanza intacta de seguir escribiendo su historia.


Fuentes consultadas:

-Documentos oficiales de PDVSA 

-Memorandos de la empresa Venezuela Gulf Oil Company.

-Cronología del Petróleo venezolano, volumen I, de Aníbal Martínez.

Infraestructura petrolera de Venezuela, de Alfredo Cilento Sarli.




Samir Radi y el juego como esperanza

Lagunillas, marzo de 2026.-



En las calles de Las Morochas, municipio Lagunillas, hay un hombre que dibuja rayuelas (avioncitos, pisé) en el suelo, reparte metras (canicas, bolitas), enseña a elaborar volantines (cometas, papagayos) e invita a jugar trompo, como quien profesa una nueva fe. 

Se llama Samir Radi, profesor jubilado de educación física, entrenador deportivo y promotor incansable de los juegos tradicionales venezolanos. Hombre sencillo, de conversación pausada y sabiduría popular incuestionable, Radi habla del juego con la misma seriedad con la que otros hablan del futuro.



Durante treinta años trabajó en la escuela Juan XXIII de Fe y Alegría, donde rompió paradigmas al incorporar los juegos tradicionales en su programa de educación física. En tiempos donde la planificación se centraba casi exclusivamente en disciplinas formales, él apostó por el trompo, la zaranda, las metras y el emboque (perinola, balero).  

“Los juegos tradicionales son parte de nuestra cultura, que permiten desarrollar la motricidad desde niños”, afirma convencido. No lo dice como teoría, sino como experiencia. Cada jornada escolar era para él un laboratorio de aprendizaje donde el desarrollo motriz, cognitivo y social caminaban juntos. Con la práctica diaria, los niños mejoraban el equilibrio, el cálculo de fuerza, la puntería y la paciencia. Aprendían a respetar reglas, a trabajar en equipo y a planificar estrategias.



Incluso defendió juegos poco aceptados en algunas escuelas, como las cartas y el dominó. “Les enseñé a jugar sin vicios, promoviendo estos juegos por los beneficios que aportan en habilidades matemáticas y en la creación de estrategias”, explica.  

Su amor por estas prácticas nació cuando era muy joven, participando en actividades del Centro Cultural y Deportivo Las Morochas (CECUDELMO). Allí entendió que el juego es una herramienta pedagógica poderosa. Más tarde, esa semilla germinó en su carrera docente.



Samir guarda especial cariño por el papagayo, también llamado volantín o cometa. Ha construido decenas, de todos los tamaños y colores, con diferentes mensajes y alegorías. “La elaboración del papagayo exige conocimiento empírico de geometría, creatividad y sentido de pertenencia porque es el único juego donde el niño fabrica su propio juguete, explica. 

Durante su labor como docente organizó doce festivales del volantín en el marco del Día del Padre. Poco a poco fue ganando el respaldo de colegas y representantes, conquistando espacios para estas actividades que hoy recuerda con orgullo.



También habla con entusiasmo del origami. “Construir aviones o barquitos de papel ayuda a comprender las figuras geométricas y a alimentar la imaginación”, dice. 

Radi está convencido de que los niños de hoy se sienten atraídos por estos juegos, aunque le preocupa la crianza de “niños cibernéticos” y el avance del sedentarismo en perjuicio de la salud. Recuerda que la falta de actividad física reduce la calidad y el tiempo de vida. “Con los juegos estamos salvando vidas”, asegura con firmeza.



Promueve además disciplinas como el pimpón, la pelotica de goma, el atletismo y el ajedrez. Cuenta que siendo niño llegó a un campeonato de ajedrez sin saber jugar; aprendió preguntando y terminó ganando. Esa experiencia le mostró que siempre es posible aprender si hay curiosidad y voluntad.

Sueña con una sede para su fundación Las Morochas Presente (LASMOPRE), un movimiento sin fines de lucro que busca formar una nueva generación de deportistas y alejar a los niños de las calles y los malos hábitos. Le preocupa la privatización de las canchas deportivas comunitarias, que limita el acceso de los niños de sectores populares a la práctica deportiva.



Cuando encuentra un piso libre, dibuja una rayuela o avioncito. Observa cómo niños y adultos se animan a saltarla. En esos saltos ve coordinación, equilibrio, cálculo de distancias y compañerismo. Pero también la posibilidad de reconstruir comunidad desde lo sencillo.

Samir Radi enseña a jugar, a convivir, a pensar, a moverse con propósito. En cada trompo que gira, en cada papagayo que se eleva, late su convicción de que el juego es cultura, salud y esperanza. En Las Morochas, su legado ya camina con los niños que juegan sin saber que en cada movimiento están creando un mundo mejor. 





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