El encanto de los Duendes (relato)

 

Luis Gerardo Leal

Lagunillas, junio de 2026.-


​​Obdulio nunca creyó en los cuentos de sus abuelos. Era un hombre rústico, moldeado por el sol del conuco y la terquedad de la cabra, en San Luis, un pueblo escondido en plena Sierra de Falcón. Tenía tres hijos de 2, 4 y 6 años, a los que alimentaba y vestía por pura obligación, pero a los que jamás les otorgó un abrazo, una palabra tierna o el derecho de llevar su apellido. A Matilde no la consideraba su esposa, sino la madre de los niños, su mujer y la señora de casa, aunque tal vez no llegara a los 30 años

Desde niño escuchó las narraciones de los duendes, misteriosos dueños y protectores del agua limpia en los montes, hombres del tamaño de un niño, pero con el rostro surcado de arrugas como abuelos antiguos. Visten de naturaleza, se cubren con sombreros de paja y caminan apoyados en varas de madera, vigilando silenciosamente que nadie profane lagunas, pozos, estanques, ríos y quebradas.

​Aquel año de desdichas, las lluvias ahogaron sus siembras de melón, ñame, ocumo y maíz. Con la preocupación royéndole los pensamientos, Obdulio decidió adentrarse en lo más tupido del monte. Iba con hambre de cazador, buscando un báquiro, un picure o un cachicamo que pudiera vender para superar la mala racha.

​Caminó esquivando las veredas conocidas, abriéndose paso entre el barro y las ramas secas. Al mediodía, cuando el calor se vuelve una manta pesada que se pega a la piel, el monte pareció abrirse para ofrecerle un descanso: un pozo de aguas oscuras y quietas.

​Obdulio se sentó en la orilla. Encendió una fogata y puso a asar unos topochos verdes con todo y cáscara. Comió con avidez, acompañando el bocado con queso de cabra y unos tragos de cocuy que llevaba en su totuma. Luego, encendió un tabaco. El humo comenzó a danzar entre los árboles, pero bajo esa paz edénica, Obdulio sintió un escalofrío, la incómoda certeza de estar siendo observado por miles de ojos invisibles.

​Sin darle importancia, se preparó para marchar. Lanzó las sobras de su comida al agua cristalina y, con desdén, dejó la fogata encendida, lamiendo la madera.

​Al dar los primeros pasos, el monte cambió de tono. Detrás de él, un eco exacto repetía sus pisadas. Si él avanzaba, el suelo crujía a sus espaldas; si se detenía, el silencio era absoluto. Con la escopeta en mano, Obdulio intentó burlar al acosador jugando con el ritmo de su marcha.

​-Uno, uno... dos, dos... tres, tres...

​El bosque se aclaraba, pero la compañía invisible seguía allí.

​-Nueve, nueve... diez...

​Obdulio giró sobre sus talones de golpe y disparó al aire. El estruendo rompió la calma y una bandada de pájaros huyó despavorida. No había nadie. Sin embargo, el crujido de la paja, los cactus y las pringamozas delató un galope de pasos que comenzó a rodearlo en círculos concéntricos.

​Antes de que pudiera recargar, un peso rudo y pequeño cayó sobre su lomo, apretándole el cuello con fuerza. Luego, otro bulto se aferró a su pierna, otro a sus brazos, obligándolo a soltar el arma. Eran ellos. Hombrecitos cubiertos de lianas y hojas, con sombreros de fibra seca.

​La musculatura de la que Obdulio tanto alardeaba no sirvió de nada ante la fuerza telúrica de aquellos seres. Lo derribaron boca abajo contra el suelo. En un último arranque de orgullo, Obdulio logró asir a uno por la nuca y lanzarlo lejos, pero los otros tres lo sometieron de nuevo bajo sus manos pequeñas y duras. No hablaban, solo emitían un murmullo ininteligible, como el viento colándose por las grietas de la piedra.

​Entonces comenzó el castigo. Obdulio sintió que la tierra se volvía blanda y lo engullía, la presión ejercida por sus captores lo hundía en una especie de arenas movedizas que lo empujaban hacia el fondo. El polvo entró en su boca y en sus narices, la oscuridad lo cubrió por completo. Se sintió morir, tragado por las entrañas de la Sierra.

​Pero la muerte no llegó. De repente, una brisa fresca golpeó su rostro. Abrió los ojos y se descubrió solo, tendido sobre un césped de un verde irreal. El cielo era azul y luminoso, pero no había sol. A unos metros, una pequeña cascada vertía hilos de plata en una laguna cristalina. Era un paraíso solitario.

​Recordó entonces, con una puntada de temor, los relatos de los abuelos que siempre consideró "cosas de viejos para asustar". Murmuró la advertencia de los viejos: “Si dañas el ambiente, ellos te castigarán”.

​Buscando una salida de aquel limbo, Obdulio vio una bandada de golondrinas cruzar el cielo. Caminó en esa dirección. Marchó durante largo rato, pero se topó de nuevo con la misma cascada y la misma laguna. Corrió en dirección contraria, corrió en línea recta, siguió el curso de la quebrada, marcó el camino... pero todo intento lo devolvía al punto de partida. En ese lugar, el tiempo estaba congelado; no había cansancio, no había sed, no atardecía. Los caminos solo iban del punto A al punto A. Y Obdulio se esforzaba por comprender su situación.

​Desesperado, se sentó en una roca. Buscó en su bolsillo y encontró su tabaco. Con el último fósforo que le quedaba, lo encendió, tratando de recobrar la calma.

​Fue su peor error. En aquel cubículo de ensueño, el humo blanco no se disipó. Se quedó suspendido en el aire, espeso y gris, extendiéndose como una plaga. De pronto, la soledad se rompió. Desde los rincones invisibles del prado, comenzó a escucharse una tos seca, múltiple, que aumentaba en intensidad. Decenas, cientos de gargantas invisibles tosían ahogadas por el humo que él había provocado.

​Aturdido y asustado por el coro de espasmos que aumentaba en todas las direcciones, Obdulio se lanzó a la laguna buscando refugio. Pero su cuerpo se hundió como un plomo. Sus brazos no lograron elevarlo y comenzó a descender hacia un abismo sin fondo hasta que perdió la consciencia.

​Un golpe de aire frío en los pulmones lo devolvió a la vida. Despertó tiritando, empapado de pies a cabeza. Era de noche. A su alrededor reconoció el pozo oscuro donde había comido antes del ataque. No estaban los restos de los topochos, ni la totuma o la fogata.

​El terror activó su adrenalina. Corrió colina abajo, tropezando con los matorrales, temiendo que la bajada fuera otro círculo eterno de los duendes. Solo cuando vio las luces titilantes de San Luis en el fondo del valle, el aire regresó a su pecho. Sin embargo, al pisar el camino de los viajeros, sintió un cansancio atroz, una pesadez en las piernas y una dificultad para respirar que nunca antes había padecido.

​Llegó a su hogar buscando a su padre, pero solo encontró ruinas. Su casa estaba deshabitada y el conuco que con tanto esmero cultivó se había convertido en un matorral espeso, devorado por el olvido.

​ Era medianoche, cuando decidió caminar hacia la casa de la mujer que alguna vez llamó suya. La vivienda parecía la misma, pero a la vez distinta.

​—¡Matilde! —gritó con un hilo de voz desde el portón.

​Una luz se encendió en el interior. Tras un murmullo de voces extrañas y desconfiadas, la puerta se abrió tímidamente. Salió una anciana de andar pausado, con el rostro labrado por los años y las penas, escoltada por tres hombres corpulentos.

​La anciana se acercó al portón, entornando los ojos para enfocar la vista bajo la luz de la luna. Miró minuciosamente aquel rostro cansado, incapaz de dar crédito a lo que veía.

​—¿Obdulio?... —preguntó la anciana, con una voz gastada por años de súplicas y rezos, aunque para él, solo fue una tarde.


​FIN


--Relato basado en las narraciones orales de Victoreano Camacaro­­­­--



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