Abuelas que bailan con pasión


Lagunillas, mayo de 2026.-


La silenciosa expectativa se rompió con un estruendoso aplauso cuando un grupo de abuelas apareció en escena. Vestían largas faldas, blusas blancas y pañuelos que se agitaban al ritmo de la gaita de tambora. Sus pasos firmes formaban cadenas humanas que se armaban y desarmaban entre sonrisas, mientras el público observaba con emoción a aquellas mujeres que, lejos de rendirse ante los años, habían decidido cumplir un sueño pendiente: bailar.



Son las integrantes del grupo de danzas Viva Venezuela del municipio Lagunillas, mujeres de la tercera edad que encontraron en el arte una nueva forma de vivir. Algunas superan los setenta años. Otras enfrentan dolores en las piernas, cansancio o achaques propios de la edad. Sin embargo, cuando comienza la música, todo parece desaparecer detrás del brillo de sus ojos.


En pocos meses de fundado, el grupo ya ha presentado gaitas de tambora, joropos y merengues caraqueños. Pero sus sueños no se detienen allí. Su meta es recorrer todos los bailes tradicionales venezolanos y demostrar que nunca es tarde para enamorarse de la danza.



Muestran sus canas y sus arrugas con orgullo, como medallas entregadas por la vida. Son mujeres que crecieron criando hijos, levantando hogares y enfrentando dificultades, muchas veces dejando sus propios sueños para después. Ahora decidieron regalarse tiempo para ellas mismas.


El grupo es dirigido por Enis Quevedo, docente y defensora de la cultura popular venezolana, quien ha dedicado gran parte de su vida a promover el arte en espacios educativos y comunitarios. "Siempre he tenido pasión por la danza y pensé en darle esta oportunidad a otras señoras, porque sé que cada una lleva ese gusanito artístico por dentro", afirma.



Quevedo rechaza la idea de que la edad sea un impedimento para bailar. "Aquí hay personas de 30, 40, 50, 60 y hasta 78 años. Me emociona verlas maquilladas, con sus vestuarios, mientras sus hijos y nietos vienen a aplaudirlas. Nunca es tarde cuando la dicha llega", dice con orgullo.


También lamenta que algunas personas consideren ridículo bailar después de cierta edad. "Eso es falso. Tenemos derecho a disfrutar la vida siempre. Yo por ejemplo, solo me acuerdo de mi edad cuando me la preguntan".



Uno de los rostros más admirados del grupo es Gladys Josefina Sánchez viuda de Salazar, de 76 años, madre de cuatro hijos y abuela de diez nietos. Pronuncia su nombre completo con dignidad y elegancia. Cuenta que el baile le recuerda los años felices junto a su esposo, con quien compartió muchas pistas de baile. "Bailar sirve para desestresarnos, salir de la casa, maquillarnos, compartir y hacer amistades. Aquí la pasamos divino", asegura sonriente.


También destaca Divina Uristieta, de 65 años y diez nietos, quien considera que el grupo representa una oportunidad para mantenerse activa física y emocionalmente. "Es mejor venir a bailar que quedarse en casa sedentaria viendo televisión o atrapada en las redes sociales. Bailar me hace feliz", sentencia.



Para Marielena Marín, de 62 años, la danza alimenta el alma. "Aquí me río, hablo, comparto y me siento viva. Hasta me gusta cuando la profesora nos regaña porque nos despabila", comenta entre carcajadas.


Por su parte, Marisela Álvarez regresó a la danza después de más de cuarenta años dedicada a sus hijos y nietos. En la presentación del Día de las Madres volvió a sentir los nervios del escenario y confirmó que la pasión nunca envejece. "Demostré que nunca es tarde para hacer lo que te apasiona, porque la edad no es un impedimento", asegura. 



Más allá del espectáculo, estas mujeres ofrecen un ejemplo admirable. La danza fortalece músculos, mejora el equilibrio, protege la densidad ósea y beneficia el sistema cardiovascular. También libera endorfinas y oxitocina, ayudando a combatir la depresión, elevar la autoestima y fortalecer la salud mental.


Pero quizá el mayor beneficio sea invisible: sentirse útiles, queridas y capaces de seguir soñando. Su derroche de ternura, belleza y talento es recompensado con un emotivo aplauso, un abrazo y una lágrima. Sus presentaciones resultan tan emotivas que ahora son las abuelas las que reciben las bendiciones de sus nietos. 


Cuando bailan, estas abuelas desafían prejuicios, derrotan la tristeza y le recuerdan al mundo que la vida no termina con las canas, porque mientras exista música, ganas de reír y fuerzas para hacer un faldeo, siempre habrá razones para seguir danzando.




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