El Oso de San Benito de Las Morochas


Lagunillas, febrero de 2026.-



En el pueblo de Las Morochas, en el municipio Lagunillas, los tambores resuenan con fuerza en honor a San Benito de Palermo, una fervorosa devoción que une a la comunidad con una carga de historia, identidad y espiritualidad. 

Esta tradición, patrimonio cultural del estado Zulia, se mantiene gracias a personalidades como Carlos “Oso” Gutiérrez, primer capitán de los Vasallos de las Morochas, defensor de esta manifestación y formador de varias generaciones de chimbagueleros. 



 Trabajador petrolero y zapatero por vocación, Oso Gutiérrez es también un devoto del “Santo Negro” que lleva la fe en la sangre. Ha dedicado buena parte de su vida a mantener viva una herencia espiritual y cultural que supera el siglo de historia. Desde el año 2000 asumió la responsabilidad de conducir a los Vasallos de San Benito de Las Morochas, un grupo nacido en la antigua Lagunillas de Agua y fundado por la familia Estrada, cuyos ecos todavía resuenan en cada toque de tambor.

Entre las reliquias más preciadas que resguarda el grupo está la imagen centenaria del santo, salvada milagrosamente del incendio que consumió el pueblo palafítico en 1939. Esa figura, marcada por el tiempo, representa la historia y el valor de estos vasallos, ícono de la cultura del municipio. 



Oso recuerda con respeto a quienes abrieron el camino. Nombra a José del Carmen Estrada, “Checame”, quien durante años fue primer capitán del grupo. También evoca a Luis “Totillo” Bencomo, defensor incansable de la cultura popular, cuyo ejemplo sigue iluminando a muchos cultores del municipio. Son nombres que para él viven en cada toque, en cada canto, en cada promesa cumplida.

“Es una devoción inculcada por mis padres”, afirma recordando a su progenitor, Andrés Gutiérrez, quien fue un vasallo ejemplar y cuya memoria honra incluso en el nombre de una de las escuelas de chimbangueles que ha impulsado. 



En más de dos décadas de liderazgo ha organizado veinticuatro encuentros de chimbangueles en Las Morochas y ha llevado a sus vasallos a participar en innumerables celebraciones culturales en distintos rincones del país, siendo recibidos con respeto y admiración. 

El grupo está integrado por veinticuatro personas, entre ellas cuatro mujeres, y mantiene una estructura tradicional que refleja la organización de los antiguos vasallos: el primer capitán como máxima autoridad, el mayordomo encargado de coordinar a los participantes, el capitán de plaza responsable de las rutas y espacios de los toques, además de músicos, cantores y respondones. Los tambores que dan vida a la celebración incluyen el arriero o tambor mayor, tres requintas, el medio golpe y las voces que entonan las letanías.



Cuando suenan los toques de Ajé, Cantica, Chimbanguelero vaya, Misericordia Señor, Al Chocho o San Gorongome, el pueblo entero parece moverse al ritmo de una memoria antigua.  

En Las Morochas, los vasallos suelen sumar más tambores de lo habitual para lograr un sonido más potente y profundo, una marca propia que distingue su forma de honrar al santo. La procesión se vuelve entonces un río de fe donde conviven el fervor religioso, el baile ritual y la alegría compartida.



La tradición de San Benito, presente también en los estados Trujillo y Mérida, nació del encuentro entre dos mundos. Del catolicismo llegaron las misas, las procesiones y las promesas; de África, los tambores, los cantos responsoriales y el espíritu festivo de una espiritualidad que sobrevivió al dolor de la esclavitud. 

En esa mezcla se reconocen también ecos de deidades como Changó, símbolo de fuerza y tambor en la tradición yoruba. Todo esto combinado en una manifestación formada del sincretismo religioso.



Las celebraciones principales se realizan cada 27 de diciembre y el 6 de enero, cuando las calles se llenan de música, baile y fervor. Son días en que Las Morochas se transforma en un escenario de devoción multitudinaria donde cada golpe de tambor parece despertar la memoria colectiva.

Con los años, Oso Gutiérrez también ha promovido cambios dentro de la celebración. Uno de los más significativos ha sido erradicar la costumbre de arrojar ron a la imagen del santo, una práctica que en otros tiempos simbolizaba la ofrenda del fruto del trabajo en los cañaverales. Para él, el respeto a la imagen debe prevalecer sobre cualquier gesto que pueda desvirtuar la esencia espiritual de la devoción.



Quienes lo conocen hablan de un hombre sencillo, de carácter firme y mirada franca. Pero también destacan su vocación social y su manera casi paternal de guiar a los jóvenes que aprenden el arte del tambor. Ha creado varias escuelas de chimbangueles —entre ellas la Fundación San Benito de Las Morochas, Servidores del Paraute y la escuela Mamá Rosa— con la esperanza de que las nuevas generaciones continúen el camino.

Admira profundamente al cantor popular Alí Primera, a quien recuerda por su visita al pueblo y por su capacidad de cantar la vida de la gente sencilla. Quizás por eso Oso siente que la tradición sanbenitera también es una forma de cantar al pueblo.



“Ser primer capitán es un orgullo y una gran responsabilidad”, dice. En su voz no hay arrogancia, sino compromiso. Sabe que la tradición no pertenece a un solo hombre, sino a toda una comunidad que la sostiene con fe y memoria.

Su mayor sueño es que los muchachos que hoy aprenden a tocar los chimbangueles sigan llevando esta devoción con respeto, amor y unidad. Que el tambor no se apague. Que la promesa continúe.

Mientras tanto, cada vez que el arriero marca el primer golpe y la procesión avanza entre cantos, Carlos “Oso” Gutiérrez vuelve a confirmar que la devoción a San Benito más que una tradición, es una forma de vivir.





Paloma y el ceretón

Lagunillas, febrero de 2026.-


Relato oral narrado por Victoreano Camacaro, transcrito por Luis Gerardo Leal. Se basa en una creencia mitológica de los pueblos del estado Falcón (Venezuela) y que se ha difundido a otros lugares por medio de los migrantes. Es importante aclarar que un ceretón no es un fantasma, ni un duende como se ha descrito en otras páginas.



Una de esas noches de brisas frías, se vio a Dianicio adentrarse en el monte a las afueras de Churuguara. Era un hombre flaco, de piel pegada al hueso, alto, con hombros vencidos y mirada apagada como si siempre estuviera pidiendo perdón por existir. Nadie sabía con certeza cuántos años tenía. Él tampoco. Pasó los sesenta hacía rato, o eso creía.

Mientras caminaba entre piedra y matorral, recordaba que había hecho ese recorrido muchas veces, aunque eso no había cambiado su destino. La suerte nunca lo acompañó. No conoció mujer que lo quisiera ni familia que lo aceptara. Vivía solo, con la tristeza y el silencio.

Con los años, la amargura le fue hablando bajito, prometiéndole lo que la vida le negó. Voces que fueron convenciéndolo hasta llevarlo por primera vez a aquel monte, subiendo la Sierra hasta un espacio despejado donde la luna llena iluminaba a plenitud. 

Repitió con movimientos casi mecánicos el mismo ritual. Encendió un fuego, dejó que el humo le cubriera la cara, recitó palabras viejas y mezcló sangre con hierbas y licor. No sabía a quién llamaba, solo que ya no quería ser él. Cuando el cántico terminó, su cuerpo se volvió aire: invisible, etéreo, sin olor, pero con tacto, con deseo, con maldad. Así nacía el ceretón.

Esa noche llegó a la casa de Paloma. La hija del vecino tenía veinte años, piel morena y ojos limpios. Vivía con su padre, Eleuterio, entre la cochinera y el conuco. Esa noche, Paloma dormía cuando la sombra sin sombra se metió en su cuarto. Nadie oyó nada. A las tres de la madrugada, el mal se aprovechó del sueño y de la inocencia.

Al amanecer, Paloma despertó con el cuerpo adolorido, moretones en el cuello y los brazos, y una angustia espesa en el pecho. Se lo contó a su padre, al cura, a las mujeres del río mientras restregaban ropa contra las piedras. Todos escucharon. Nadie creyó. Alguno bromeó diciendo que lo que necesitaba era un marido.

Las noches siguientes fueron iguales. El miedo y los moretones crecían. Eleuterio en una de sus visitas a su madre en el pueblo de San Luis, le contó a la anciana la ocurrencia de Paloma. La abuela no se rio. Preparó una busaca de hierbas para enviar a su nieta.  

Una mañana, mientras se untaba en los hematomas la pomada hecha con hierbabuena, llantén, cenizas y cera de abeja —la receta de su abuela de San Luis—, Paloma miró hacia la casa del vecino, más allá de los cerdos y el sembradío de topochos. Dianicio estaba allí, quieto, mirándola desde su patio. La distancia no permitía ver su rostro, pero algo en esa inmovilidad le heló la sangre.

El papel con los ingredientes terminaba con una frase escrita torpemente: “cuídate del ceretón”. Lo leyó en voz alta y la frase llegó a oídos de un señor que estaba en su casa vendiendo como cada semana, leche de cabra, queso y nata. 

—El ceretón no es un juego. Es muy real, mija. –dijo el viejo como si regañara a la joven. 

— ¿Es un fantasma? –preguntó tímidamente Paloma.

—No es un muerto –respondió-. Es un hombre vivo que hace pacto y se pierde. Puede dañar, pero siempre paga. No hay paz para los impíos, dicen las sagradas escrituras.

La última noche de luna llena, Paloma ya había agotado su paciencia. Estaba determinada a acabar con aquellos tormentos. Tomó el cuchillo grande y filoso que su padre utilizaba para despellejar puercos. Lo guardó bajo su almohada e intentó dormir. 

Como las veces anteriores, poco después de la media noche, los perros ladraron, los cochinos gruñeron y el miedo llegó con la brisa colados por la ventana. Algunos pasos sobre las tejas terminaron de alertar a Paloma, quien seguía insomne murmurando un padrenuestro. 

Se hizo el silencio y un escalofrío recorrió su cuerpo. Paloma sintió una respiración ajena pero fingió dormir. Unas manos frías tocaron sus piernas, su cadera, su pecho. Percibió un aliento que caía sobre su rostro y todo el peso de un hombre sobre ella. Abrió los ojos, pero no había nada qué ver. Metió la mano bajo su almohada, sacó el puñal y comenzó a atacar al aire, puñaladas al vacío, con fuerza, con desesperación.

Sintió carne, resistencia, jadeo. Frente a ella no se veía nada, pero sentía cómo el cuchillo penetraba una y otra vez en algo. De repente, nada. De nuevo silencio, se sintió aliviada y se dejó caer en su cama hasta que se desvanecieron sus pensamientos.

Al día siguiente, el pueblo corrió alarmado hacia la casa de Eleuterio. Dianicio veía a la gente pasar por la vereda, mientras él curaba sus heridas. Tenía cortes en el pecho, los costados, la espalda y una mano. Lloraba como un niño. Dolor del cuerpo, dolor del desamor, dolor del castigo. 

Alguien gritó desde lejos:

—¡La hija de Eleuterio se clavó un cuchillo en el vientre!

Dianicio cayó de rodillas. La culpa lo devoró. Comprendió, demasiado tarde, que no hay amor ni descanso para quien se entrega al mal. Solo remordimiento, como un monte oscuro del que no se regresa.

No hay paz para los impíos.

-Fin-


Publicaciones recomendadas:

- El Perverso Ceretón

- Canción del Ceretón


DÉCIMA: Lagunillas incendiada (Ramón Herrera)


1

Fue incendiada Lagunillas

aquel trece de noviembre,

sucumbiendo para siempre

la histórica maravilla,

que enclavada en una orilla

de nuestra costa oriental

nunca le quiso aceptar

la propuesta inoportuna

que le hacía con su fortuna

la empresa transnacional.


2

Todo comenzó en la orilla

donde estaba acumulado

el petróleo derramado

que originó la rencilla,

donde cayó la cerilla

pagada por Rockefeller

¡Y hoy nosotros y ustedes

sabemos de corazón

que la única razón

fue borrarnos para siempre!


3

¡Todo se volvió un infierno

devorando la candela

las casitas de madera

en aquel voraz incendio!

¡¡Todo se fue consumiendo

en cuestiones de minutos!!

¡¡¡Solo quedaba el reducto

de un pueblo de palafitos

donde se aunaron los gritos

de un centenar de difuntos!!!




Alicia Mendoza y los mitos del incendio de Lagunillas de Agua

Lagunillas, enero de 2026.-



Por casi un siglo, se ha repetido hasta el cansancio que Alicia Mendoza causó el brutal incendio de Lagunillas de Agua, el 13 de noviembre de 1939, una afirmación sin pruebas y sin sentido, que ha servido para librar de culpas a las trasnacionales petroleras y al gobierno del momento. 

Pero en los últimos años, han surgido voces que cuestionan las historias oficiales y ponen en evidencia que gran parte de la historia local se basa en mentiras. Estos cuestionamientos han ido aumentando, hasta el punto de que personas -tradicionalmente defensoras de los mitos- se han unido a estas discusiones.



​Se nos dijo que una noche de noviembre, en 1939, el descuido de una mujer y una lámpara de queroseno condenaron a las llamas al pueblo erigido sobre las aguas. El caso de Alicia no es aislado, forma parte de un ecosistema de falsedades que sirvieron para borrar a un pueblo, su historia y su cultura y al mismo tiempo para entregarle a la industria petrolera esa parte del Lago de Maracaibo.

Hoy, gracias a la terquedad de historiadores, cultores y docentes, empieza a revelarse una verdad dolorosa: el incendio de Lagunillas de Agua no fue un accidente doméstico, sino el sacrificio de un pueblo ante la avaricia petrolera. Las empresas necesitaban el espacio donde se encontraba el pueblo, para explotar los yacimientos que estaban bajo el suelo; el incendio fue una herramienta para sus ambiciones. 



​Antes de que los mapas lo llamaran Lagunillas de Agua, aquel laberinto de madera se llamaba Paraute. Para el pueblo Añú, los verdaderos dueños del estuario zuliano, Paraute significaba "ser de aguas", casas sobre estacas y una cosmovisión que llevaba más de tres mil años resistiendo. 

Sin embargo, la historia oficial decidió borrar el nombre ancestral y sustituirlo por una cultura europeísta, basados en personajes, nombres, santos, etc. Implantaron una identidad cultural ajena, pero que los poderes políticos y económicos consideraban mejor.



El incendio de Lagunillas fue planificado y justificado previamente con un relato de precariedad e insalubridad. Como plantea el cronista del municipio Lagunillas, Francisco Chávez, el decreto de fundación de Ciudad Ojeda en 1937 —firmado dos años antes de la tragedia— ya preparaba el terreno para el desalojo forzoso, pintando a los habitantes de los palafitos como personas que vivían en un peligro inminente por su propia culpa.

​En el centro de esta gran mentira se colocó a Alicia Mendoza, conocida como "La Caraqueña". Sobre sus hombros cayó el estigma de ser la "incendiaria". El economista y escritor Edinson Martínez nos invita hoy a dejarla descansar en paz, denunciando que su culpabilidad fue una "fábula de factura vernácula con una clara impronta machista". 



Durante la sesión especial del Concejo Municipal de Lagunillas, con motivo del 89 aniversario de la fundación de Ciudad Ojeda, Martínez, quien sirvió de orador de orden, explicó que esta es una “infeliz leyenda”, “cuento mitológico”, y pidió “dejemos tranquila a la malograda Alicia Mendoza”.

Alicia fue el chivo expiatorio perfecto para una sociedad patriarcal que necesitaba una villana a quien señalar mientras las transnacionales se lavaban las manos. La investigación de la propia empresa Coleman, citada por Chávez, demostró que ninguna de sus lámparas tuvo nada que ver con el siniestro. Alicia fue, en realidad, una víctima más de un relato diseñado para ocultar un crimen industrial.



​La verdadera chispa no salió de un bar, sino de un oleoducto roto. El dirigente social Jesús Farías, testigo presencial de la catástrofe, dejó un testimonio desgarrador que el profesor Yldefonso Finol ha rescatado con valentía. Farías relató cómo, horas antes del incendio, un tubo de la empresa Gulf estalló, cubriendo el lago con una capa de petróleo "vivo" y altamente inflamable. A pesar de los gritos de auxilio y los reclamos de los habitantes, la empresa se negó a cerrar las válvulas. 

El antropólogo Nicanor Cifuentes añade una pieza clave: el contexto de la Segunda Guerra Mundial. La sed de crudo para la maquinaria bélica internacional convirtió a Paraute en un obstáculo que debía ser eliminado de la manera más rápida y barata posible. El fuego fue la herramienta perfecta.



​Lo que ocurrió en 1939 fue lo que Finol denomina un etnocidio. Se quemó la identidad de un pueblo. Por eso, gran parte de la historia de Ciudad Ojeda y del municipio Lagunillas está cimentada sobre mitos y tergiversaciones que han intentado adormecer nuestra conciencia. Se nos enseñó a agradecer una ciudad que nació de las cenizas de una masacre, ocultando que las cifras de muertos, que el gobierno de López Contreras fijó en trescientos, fueron en realidad miles de almas que el lago se tragó.

​Este rescate de la verdad no ha sido fácil. Durante años, investigadores y cultores como Javier Fernández, Dionisio Brito, Johnny Salcedo, Ferkys Romero, Ramón Herrera, Sara Yelitza Álvarez, entre otros, han sostenido esta versión a contracorriente. Muchos de ellos sufrieron el rechazo, la ofensa y hasta la humillación de quienes, aferrados a la comodidad de la historia oficial, los tildaban de locos o resentidos. 

Pero el tiempo les ha dado la razón. El hecho de que ahora se discuta y se reconozca la inocencia de Alicia Mendoza es una victoria de la identidad cultural. Es un logro significativo, dentro de una enorme batalla por desmontar las mentiras históricas. 



Falta seguir abordando otros temas como la cuestionada idoneidad de rendir homenaje al español Alonso de Ojeda, la existencia ancestral de Paraute, en verdadero significado de la palabra Coquivacoa, la brutalidad de conquistadores europeos y colonialistas posteriores, la inhumanidad de la industria petrolera de la primera mitad del siglo XX y un largo etcétera. 

El trabajo es lento, pero indetenible. Porque toca enfrentarse con pruebas científicas a muchos años de mentiras oficializadas. También es necesario hacerle frente a ciudadanos con mentalidades colonizadas, que se resisten a cualquier cuestionamiento de la historia que ellos no saben defender, limitándose a alusiones vacías sobre idiosincrasia o mestizaje. 

​Reivindicar a Paraute es devolverle la dignidad a nuestros ancestros y entender que nuestra historia no comenzó con un incendio, ni con la llegada de inmigrantes, ni con la industria petrolera, ni con la fundación de Ciudad Ojeda. Nuestra historia es milenaria y ni el fuego la podrá consumir.


Algunas Fuentes:

- Edinson Martínez, Discurso de orden con motivo del 89 aniversario de Ciudad Ojeda

-Yldefonso Finol, 76 años del "Incendio de Lagunillas": el olvidado etnocidio de Paraute Añú

- Nicanor Cifuentes Gil, ¿Incendio en Lagunillas o Lagunillas incendiada?

- Francisco Chávez, Una Tragedia Olvidada: El Incendio de Lagunillas de Agua

- Francisco Chávez, 13 de noviembre de 1939: Lagunillas incendiada

- Yennys Rojas, En el incendio de Lagunillas “se incurrió en delitos de Iesa Humanidad”


Guillermo Silva deslumbra con arte en madera

 Lagunillas, diciembre de 2025.-



En Lagunillas, existe un taller repleto de camiones, carros clásicos y animales, con olor a caoba, cedro, nostalgia y anécdotas. 

En el taller El Álamo, trabaja Guillermo Silva, carpintero y artesano de 70 años, hijo de larenses, padre de dos hijas y guardián silencioso de un oficio que se resiste a desaparecer.

Guillermo ha dedicado su vida a la carpintería, la ebanistería y la creación de piezas artesanales en madera. En sus manos cada tabla tiene una segunda oportunidad y cada retazo guarda una historia por contar. De los sobrantes que quedan tras fabricar mesas, sillas, puertas o gabinetes, nacen sus obras más queridas: juguetes de colección, especialmente vehículos y camiones antiguos, réplicas elegantes que despiertan asombro y admiración.



Sus camiones no son simples juguetes. Son homenajes a una época, a una memoria colectiva. Guillermo los construye a partir de la observación minuciosa de vehículos reales, fotografías antiguas, revistas, escenas de películas o imágenes encontradas en Internet. Uno de sus modelos más admirados lo descubrió viendo una película rusa ambientada en la era soviética. A partir de esa imagen fugaz, su imaginación y sus manos hicieron el resto.

Trabaja con caoba, cedro, pardillo (cordia alliodora), pino, roble y hasta nim (neem o margosa). Conoce cada madera como si fuera una persona: sabe cómo se deja cortar, cómo responde al barniz, qué tono revela cuando se pule con paciencia. “Nada se pierde, todo se transforma”, dice con convicción, mientras une piezas, resalta vetas y deja que el color natural hable por sí solo.



Además de los vehículos clásicos, su sello personal, Guillermo crea perritos y elefantes de madera que funcionan como soporte para teléfonos celulares. Pequeñas esculturas utilitarias que combinan ternura, ingenio y precisión.

También sorprenden sus trabajos de taraceado: mesas, bandejas y otras piezas tipo mosaico donde distintas maderas, de colores y texturas diversas, se integran con una exactitud admirable.



Elocuente y conversador, Guillermo guarda un sinfín de anécdotas. En especial aquellas historias en las que un pequeño gesto de su parte puede trasformar la vida de otras personas.

Recuerda, con especial emoción, cuando un niño le pidió que reparara su camión de juguete, ya muy deteriorado, pero cargado de afecto. En lugar de arreglarlo, decidió reproducirlo completamente en madera. El resultado fue una pieza excepcional, y un recuerdo imborrable para ese pequeño. 

También habla de la vez que regaló un camión a un niño para que dejara a un lado su arma de juguete, o cuando fabricó un bate con madera sobrante para obsequiárselo a otro muchacho del barrio.



Sus creaciones han viajado a distintos rincones del país y son altamente valoradas por coleccionistas, quienes reconocen en cada pieza su acabado perfecto, su resistencia y su elegancia.

Para Guillermo, una obra bien hecha debe durar, acompañar la vida de las personas y convertirse en parte de su historia cotidiana.

Hombre amable y solidario, cree profundamente en el poder transformador del oficio. Sueña con formar a otros creadores, transmitir lo aprendido y lograr que “los alumnos superen al maestro y lleven este arte mucho más lejos”. 

En cada corte, en cada ensamble, en cada juguete nacido del reciclaje, Guillermo Silva demuestra que la madera, como la vida, siempre puede renacer en algo bello e inolvidable.










La pasarela que me robó (Obra de teatro breve)

 Ejercicio teatral para una actriz adolescente en formación 

Autor: Luis Gerardo Leal

Lagunillas, septiembre de 2025.-



(La protagonista entra caminando como en una pasarela. Se mueve con elegancia. Hace una vuelta, posa. Habla mientras camina. Durante el monólogo se va despojando de prendas como aros, cadenas, bolso, zapatos, etc)


ADOLESCENTE:

¡Postura recta! ¡Mirada al frente! ¡Caderas firmes!

Uno, dos, giro, sonrisa.

Otra vez.

Uno, dos… otra vez. ¡Siempre otra vez! Hasta que te duelan las batatas, hasta que se te acalambren los cachetes de tanto sonreír. Mirada al frente, uno, dos, giro, tres, cuatro, giro...


(Tropieza un poco, se detiene. La sonrisa se borra.)


Tenía seis… ¿o cinco? Ya no me acuerdo.


(Vuelve a intentar la caminata. Más rápido y cae el suelo. Grita de rabia y llora)


Mientras otras niñas jugaban en la tierra, yo aprendía a caminar como si flotara. Las modelos no se caen.


(Se levanta y posa)


Siempre la reinita, saluda, saluda...


(Camina con una mano en la cabeza como sosteniendo una corona y saludando con la otra mano)


¡No te encorves! ¡No pestañees! ¡No hables mucho!

¿Sabes lo que pesa un vestido de lentejuelas en el cuerpo de una niña?

Más que una mochila llena de cuentos.


(Se quita el vestido, lo aprueta con rabia y lo tira al suelo)


Me enseñaron a ser bonita antes que libre.

A competir antes que abrazar.

A ser perfecta… antes que feliz.

Planchándome el pelo cada dia ¿Por qué? Porque tengo pelo malo decían.

Quién decidió cuál es el pelo bueno y cuál el malo... y qué tiene de malo... a mí me gusta... pero no... 


Hay que se guapa, blanca, pelo lacio, sonrisa de muñeca, pestañas, extensiones, tacones, uñas, ...un maniquí, sin humanidad, una niña falsa como un halago. 


(Se le rompe la voz. Luego se endurece. Toma el vestido)


¿Y mi infancia? ¿Dónde quedó mi infancia?

¡No quiero más tacones! ¡Ni peinados! ¡Ni etiquetas!


(Golpea el vestido. Lo rompe con furia.)


¡NUNCA MÁS! 

Quiero ser libre, quiero ser humana... nunca más una pasarela, nunca más un vestido caro, nunca más una mentira. Nunca más...


(Silencio. Respira agitada. Recoge los retazos del vestido, prendas, tacones, bolsos)


Con todo esto haré una muñeca...


 (Sale. Oscuro.)


FIN

El Emperador y la semilla de la verdad (obra de teatro infantil)

Basado en el cuento de Joaquina Fernández. 

Adaptación de Luis Gerardo Leal

Marzo de 2022-.



Escena 1

(Palacio del Emperador. Entran cuatro personajes: hombre 1, hombre 2, Carmen y Tiby)


Hombre 1: Hemos llegado al palacio del Emperador.

Carmen: ¡Qué bonito! ¡Cuánta elegancia! 

Tiby: Alguien sabe ¿para qué nos mandó a llamar el emperador?

Hombre 2: Debe ser para algo muy importante, porque invitó a todo el reino, miren (mirando al público) ahí están todos. 

Hombre 1: Mira, allá está la niña bonita que canta como los ángeles…

Todos: Ohhh

Carmen: Y allá está el niño más valiente del reino

Todos: Ahhh

Hombre 2: Y esa de allá, es la maestra más buena del mundo

Todos: Waaooo.

Tiby: Pero todavía no sabemos para qué nos trajeron para acá. 

Hombre 1: Seguro va a premiarme porque siempre estoy hablando bien de él, a todo el mundo, todo el tiempo digo cosas maravillosas de su majestad, aunque sean puras mentiras. 

Carmen: O quizás me va a recompensar por tener mi calle siempre limpia, todos los días la limpio para que se vea bonita, siempre estoy barriendo por aquí, barriendo por allá aunque le tiro la basura al vecino, pero eso es su problema. 

Hombre 2: Yo pienso que el Emperador va a darme un premio por curar a los enfermos del reino. A todos los cuido, les doy medicinas y los dejo como nuevos. A los que paguen en dólares por supuesto. 

Tiby: ¿Y a mí por qué me invitaría? Yo no soy importante, solo soy una humilde campesina, paso todo el día sembrando plantas, cuidándolas y cosechando, no tengo tiempo para hacer esas cosas que ustedes hacen. 

Hombre 1: ¡Silencio! Ahí viene el Emperador. 


Voz en off: Honorables habitantes del reino, reciban a su majestad real de los reales, el emperador.

 

(Entra el Emperador, todo lo saludan con una reverencia)


Emperador: Mis amados súbditos, os he reunido aquí hoy, porque tengo un importante anuncio. Como saben yo no tengo hijos que hereden el trono real, y ya estoy muy viejo, así que he decidido buscar a mi sucesor entre vosotros, los habitantes del reino. Prestad atención. Yo os daré una semilla a cada uno, su misión será sembrarla y cuidarla. En un mes exactamente, deberéis volver acá con la plata que nazca de esta semilla. El que tenga la mejor planta se convertirá en el nuevo emperador ¿Entendieron?


Todos: Sí, su alteza. 


(Reparten las semillas y todos salen)


Escena 2


(Casa de Tiby. A mitad del diálogo Carmen y los dos hombres se asomarán para copiar lo que hace Tiby)


Tiby: No lo puedo creer. ¿Niños, escucharon? Si siembro esta semilla y logro que florezca, seré el emperador. O la emperadora o ¿cómo se dice? Ah, la emperatriz, Tiby la emperatriz, suena bien o la emperatiby., uf, mucho mejor. ¿Me ayudan a sembrar? Es muy fácil, tomamos un matero, hacemos un hoyito, ponemos la semillita, la arropamos y echamos agua. A ver, todos tomamos un matero (usando el puño), hacemos un hoyito, ponemos la semillita, la arropamos y echamos agua muy bien, ustedes son unos grandes agricultores. Bueno, ahora solo queda cuidarla, regarla todos los días, dejar que la alumbre el sol y así hasta que crezca. 


(Sale Tiby, deja el matero)


Hombre 1: No es justo, Tiby sabe sembrar plantas, porque es campesina. Así nos va a ganar. 

Carmen: Eso es trampa, una injusticia. No podemos permitir que ella gane. 

Hombre 2: Claro que no, porque una campesina no puede ser emperatriz de este reino. 

Hombre 1: Ya sé. Vamos a llevarnos la semilla que sembró. Así no tendrá ninguna planta. 

Carmen: Ay, no. Eso es una maldad. No debemos ser tan malos. 

Hombre 2: Claro que sí, para algo somos los villanos de esta historia. 

Carmen: ¿Dónde dice que somos los villanos?

Hombre 1: Aquí en el libreto. 

Carmen: Ah, sí, verdad. 

Hombre 2: Bueno, entonces a hacer maldades.

Hombre 1: Pero tenemos que reírnos como los villanos, así (falsa risa de villano)

Carmen: Así no, es así (falsa risa de villanos)

Hombre 2: Ustedes no saben a ver niños, ayúdennos, ¿Cómo se ríen los villanos? (Los niños se ríen, los hombre los imitan)

Hombre 1: Ahora sí, tomamos el matero. 

Carmen: Hacemos un hoyito.

Hombre 2: Sacamos la semillita.

Hombre 1: Metemos una piedra.

Carmen: Y la arropamos con tierra 

Hombre 2: Wao, sí que somos malos (Salen riendo como villanos)


Escena 3


(Entra Tiby a regar el matero)


Tiby: No sé qué pasa, la semilla tiene tierra, agua, sol, pero no germina ¿Qué estará pasando? ¿Será que hice algo mal?  


(Entran los tres villanos con sus materos enormes, con plantas florecientes)


Hombre 1: Miren mi planta, es hermosa, roja como el cardenal.

Carmen: La mía es más bonita, amarilla como el turpial. 

Hombre 2: La mía es mejor, es morada como, como como el pájaro guarandol. 

Hombre 1: ¿Pero qué es esto? (mirando el matero de Tiby)

Carmen: Aquí no hay nada, es solo tierra. 

Hombre 2: Hey, Tiby, ¿Dónde está tu planta? Es acaso una planta invisible (se ríen)

Tiby: Mi planta no creció. No lo entiendo, hice todo lo que hago cuando siembro en el conuco.

Hombre 1: Bueno, ya no serás emperatriz.

Carmen: El emperador estará muy decepcionado de ti. 

Hombre 2: Esas cosas pasan. Qué se le va a hacer. Bueno, adelante, vamos al castillo a mostrarle nuestras creaciones al emperador. 

Tiby: No, yo mejor no voy. 

Hombre 1: ¿Cómo qué no? El emperador te está esperando.

Tiby: pero, pero 

Los tres hombres: Al castillo, a ver al emperador (Llevan a Tiby a empujones. Salen)


Escena 4


(Palacio del emperador)


Emperador: Damas y caballeros, ha llegado el momento de elegir al nuevo emperador. Pasad adelante los que recibieron una semilla. 

(Entran los tres villanos y Tiby al final. El Emperador inspecciona las plantas)


Emperador: Usted, el último ¿cómo se llama?

Tiby: Soy Tiby.

Emperador: Es decir que te llamas Tibisay.

Tiby: No su majestad.

Emperador: Eh ¿Tiburcia?

Tiby: No su majestad.

Emperador: ¿Nepomucena?

Tiby: No su alteza, solo Tiby. 

Emperador: Tuvo, tovo, Tiby. Te declaro nueva emperatriz de este reino. 


(Los tres villanos se asombran y se molestan)


Emperador: ¡Silencio! Ella es la nueva heredera del trono. 


Hombre 1: Pero si su planta no creció. 

Carmen: Una persona que no sabe sembrar una simple semilla, no puede gobernar un reino. 

Hombre 2: Exijo una revisión, rectificación, conteo manual 

Emperador: Silencio, insolentes, Os di una semilla infértil, era imposible que floreciera. Era una semilla muerta (todos se asombran) ustedes, mentirosos, habéis tratado de engañarme plantando otras plantas. Esta joven tuvo el valor de presentarse y mostrar su matero vacío, siendo sincera, realista y valiente, cualidades que un futuro rey debe tener. Las mentiras siempre se descubren, por eso debemos decir la verdad siempre. Que viva la emperatriz Tiby, la honesta… 


Todos: Qué viva...


FIN


 




El fantasma travieso (obra de teatro breve infantil)

Ejercicio teatral para niños.

Autor Luis Gerardo Leal 

Diciembre de 2025.-



Personajes:

Lucía (la hermana menor, asustadiza pero valiente al final)

Tomás (el hermano mayor, bromista y travieso)



Escena única

(Un cuarto sencillo, puede ser la sala de una casa).


Lucía (entra corriendo, gritando): ¡¡¡Aaaayyyyyyy!!! ¡Un fantasma! ¡Yo lo vi, yo lo vi! ¡Tomás, Tomás!


(Tomás llega sin que Lucía lo vea)


Tomás: (gritando) ¿Qué?


(Lucía se asusta)


Lucía: No me asustes, ¿no ves que hay un fantasma?


Tomás (riendo): ¿Fantasma? ¡Jajaja! Lucía, tú siempre creyendo en esos cuentos de abuelitas. ¡Los fantasmas no existen!


Lucía (asustada): ¡Sí existen! Estaba allí, lo juro, con una sábana blanca que flotaba y hacia buuuu...

 

Tomás: ¿Buuu? ¿Qué significa buuu?


Lucía: No sé, no hablo fantasñol.


Tomás: no deberías creer en esas cosas. Pero si tienes miedo solo tienes que decir el Padre Nuestro al revés.


Lucía: ¿El Padre Nuestro al revés? ¿Así? (Se pone de cabeza y comienza a decir el Padre Nuestro)


Tomás: no, así no es. (La ayuda a ponerse de pie) mejor, si ves a un fantasma, sacas la biblia.


Lucía: pero y ¿si los fantasmas no saben leer?


Tomás: No sé... pero esto no puede ser verdad. Los fantasmas no existen. No seas tonta. 


Lucía: Te digo que si existen. Yo lo vi, lo escuché, lo olí.


Tomás: entonces quédate aquí sola, con tu fantasma. (Sale)


Lucía: No, no tr vayas, no me dejes sola. (Escucha un ruido) ay, ¿Qué fue eso? ¿Fuiste tú, fantasmas? (Sale buscando el fanstasma)


Tomás (entra sonriendo pícaro): Ajá, así que a mi hermanita le dan miedo los fantasmas. Pues ahora va a conocer uno.


(Tomás se coloca una manta encima y sale haciendo “¡Buuuuh!”).


Lucía (entra asustada): ay no, el fantasma está por aquí. 


Tomás-Fantasma: ¡Soy el fantasma de... (decir el lugar en que se realiza la función)! ¡Vengo a asustar a Lucía!


Lucía (grita y corre): ¡Ay noooo! ¡No me comas! (Se da una persecución de correr y esconderse, finalmente queda solo Lucía en escena)


(Se queda pensativa. Sale de su escondite, toma una soga).


Lucía (decidida, al público): ¡Ya me cansé! Voy a atrapar a este fantasma. Pero necesito su ayuda. (Alza la soga). Niños, cuando lo vean, griten bien fuerte: ¡Allí está!


(El fantasma aparece caminando. Los niños del público gritan. Lucía mira hacia el lado contrario).


Lucía: ¿Dónde? ¿Dónde? (El público señala, ella no lo ve, se da un juego de asomarse el fantasma, los niños del público gritan pero Lucia no lo ve)


Lucía: niños, me voy a esconder por aquí, por favor llamen al fantasma y cuando salga, zaz, lo atrapo ¿me ayudan? ¿Sí? Bueno, me escondo por aquí. Ahora llámenlo. 


Público; !Fantasma¡ ¡Fantasma! (Entra Tomás con manta)


Tomás-Fantasma: ¡Buuuuhhh! ¿Quién me llama?


(Lucía finalmente logra tirarle la soga y atraparlo).


Lucía: ¡Te atrapé, fantasma! Bravo, niños, fue gracias a ustedes. Ahora vamos a ver quién eres de verdad.


(Le quita la manta y descubre a Tomás).


Lucía (furiosa): ¡Tomás! ¡Era tú! ¡Te voy a acusar con mamá!


Tomás (quitándose la manta, arrepentido): Perdón, hermanita. Era jugando. Solo quería que veas que los fantasmas no existen, y que no hay que tener miedo de cuentos inventados.


Lucía (pensativa, luego sonríe): Está bien… yo también me equivoqué. Creí en fantasmas y me asusté mucho. Te perdono.


(Se abrazan).


Tomás: Eso sí, nunca más vuelvas a gritar por fantasmas.


Lucía (riendo): ya entendí


(Se escucha un ruido) 


Ambos: ¡Un fastaaaaasma!


(Salen asustados).


FIN

Ladrido Valiente (obra de teatro de títeres)


Obra de títeres de Luis Gerardo Leal

Julio de 2025.-



(Son cuatro personajes: Tío Matías, Mamá y Mataperros el bravucón. El cachorro es un peluche pequeño) 


(Música suave. Se escuchan ladridos de cachorro. Entra Matías interesado en ese sonido y comienza a buscarlo. Cuando busca por la derecha, suena por la izquierda, cuando busca hacia abajo, suena hacia arriba y así sucesivamente. Les pide ayuda a los niños del público)

 

MATÍAS: Niños, escucharon eso. Suena como… como… no sé… ¿Qué animal hace ese sonido?... ¿Un perro? ¿En Serio? Yo quiero mucho a los animales y quiero un perrito… vamos a buscarlo ¿Me ayudan? 


(Matías busca al perro en la parte de atrás del escenario)


Aquí no está… aquí tampoco… ¿dónde se habrá metido?


(El cachorro se asoma justo en frente, en el medio del escenario, mientras Matías sigue buscando en el fondo)


Ven perrito, perrito, perrito… ven acá… 


(Es importante hacer que los niños del público griten intentando decirle a Matías dónde está el perro. Matías habla con el público desde los extremos izquierdo y derecho sin notar al perro en el centro)


Niños, no griten tanto, que no puedo escuchar al perrito… Si, Si, lo estoy buscando… ven, perrito, perrito, perrito… 


(Finalmente lo ve, con asombro, grita de felicidad)


¡Un perrito! ¡Pobrecito! Estás flaco… y solo ¿Dónde está tu familia?


 (Lo abraza)


No te preocupes, te llamaré “Chispa”, o mejor “Firuláis”, no mejor “Campeón”, no, ya sé “Kali”, “Maylon Kali”… eso, Maylon Kali… Vas a estar bien, te lo prometo.


(Mira hacia los lados)


Solo tengo que… convencer a mamá.


(Se escucha el grito de la mamá)


MAMÁ: (en Off) Matíííías… Matííííías.

MATÍAS: (Asustado) Es mi mamá... escóndete, que no te vea… y no digas ni guau. 


(Comienza un juego de búsqueda y persecución, entre Matías y su mamá, ambos personajes entran, salen, se esconden, hasta que finalmente se encuentran)


MAMÁ: Ajá, ahí estás ¿Dónde te habías metido?


MATÍAS: En ninguna parte. Yo estaba en (se escucha un ladrido). 


MAMÁ: ¿Qué fue eso? ¿Fue un… ladrido?


MATÍAS: No, no… es que… ah, es que estoy enseñándoles a los niños a ladrar como perrito… a ver amiguitos, todos ladren como perro… así… más fuerte… ¿ves?


(Cuando cesan los ladridos del público, siguen sonando los ladridos del cachorro)


MAMÁ: ¿Y ese perro? ¡Matías! ¿De dónde sacaste ese perro?


MATÍAS: Lo encontré. Estaba solo, hambriento… No podía dejarlo. Solo necesito un poco de tiempo para cuidarlo, educarlo… ¡Te juro que me haré responsable!


MAMÁ: (Suspira) No, hijo. Llévalo de vuelta al sitio donde lo encontraste.


MATÍAS: Pero, pero… 


MAMÁ: Ningún perro, digo, ningún pero… ve a llevarlo a donde estaba.


(Sale la mamá, Matías se queda triste, se escucha el chillido del perrito)


MATÍAS: Lo siento, Maylon. Quería ser tu familia. Quise protegerte…


MATAPERRO: ¡Ey, niño! ¡Ese chucho es mío! Yo lo encontré primero… ¡y me sirve para entrenar las peleas!


MATÍAS: ¿Y tú quien eres?


MATAPERROS: Yo soy Ángel Santísimo de Jesús, pero me dicen “Mataperros”. Y voy a usar ese perrito como saco de boxear.


MATÍAS: ¡No! ¡No puedes hacerle daño! ¡Él no es tuyo! ¡Es un ser vivo!


MATAPERRO: ¿Y tú qué harás, enanito?


MATÍAS: (Habla con firmeza) Haré lo que sea para protegerlo. Si tienes golpear a alguien, golpéame a mí… ¡pero a él no lo tocas!


(Ambos se miran y se gruñen mutuamente como perros, los gruñidos van subiendo de intensidad y luego pasan a ladrarse. Matías pide ayuda)


MATÍAS: Niños, ayúdenme a espantar al Mataperros. Ladren con fuerza. 


(Matías, el cachorro y el público ladran hasta que atormentan a Mataperros)


MATAPERROS: ¡Ya Cállense! (Se tapa los oídos, corre de un lado a otro hasta que sale) 


(Entra la mamá)


MAMÁ: (Conmovida) ¡Matías! Arriesgaste tu vida por defender a ese perrito. Estoy orgullosa de lo valiente que fuiste. 

 

MATÍAS: No podía dejarlo solo… sé que soy un niño, pero también puedo cuidar y amar a los animales ¿puedo quedármelo? ¿Síííí?


MAMÁ: (piensa) A ver, niños ¿Qué dicen ustedes? ¿Sí o no? (El público dice sí)… Bueno, hijo, me has demostrado que tienes un gran corazón. Está bien… el cachorro puede venir a casa. Pero tú serás su dueño y su protector. Deberás hacerte responsable de su comida, su salud y sacarlo a pasear a diario ¿De acuerdo? 


MATÍAS: (Emocionado) ¡Gracias, mamá! ¡Gracias!


(El cachorro salta y ladra con alegría. Todos se abrazan)


(Música alegre.)

FIN

SÚPER PERRO (Teatro infantil breve)

(Ejercicio de teatro para niños)

Autor: Luis Gerardo Leal 

Lagunillas, diciembre de 2025.-



(Entra niño corriendo y da vueltas por el escenario, lleva capa, antifaz oscuro y orejas de perro. Se detiene con pose de héroe)


Niño1: Malandros temblad, aquí estoy yo, el ladrador de la justicia y mordedor de la maldad. Con el mejor olfato para oler crímenes a distancia y el mejor oído para escuchar todos los brollos, soy Súper Perro, el mejor amigo de la ley.


(Entra niño2 mira lo que hace el niño1 y va a buscar a sus amigos, los tres miran al niño 1)


Niño1: (oliendo hacia el público) por aquí huele a trampa, por allá huele a travesuras y por acá huele a pastel, allá voy… (Sale en dirección al olor de pastel).


Niño2: No puede ser, se volvió loco…


Niño3: ¿Pero qué le pasó? ¿Por qué está así?


Niño4: Yo sé que le pasó: de tanto ver películas de superhéroes ahora se cree uno…


Niño2: Siiii, eso es... se cree un Súper Perro.


Niño3: No es tan malo, peor sería que se creyera súper loro, Ruua!


Niño4: O súper Chivo, beee!


Niño2: O súper iguana… (Mueve la cabeza como las iguanas).


Niño3: ¿Y qué vamos a hacer? Tenemos que ayudarlo.


Niño4: ya sé qué vamos a hacer, vengan… (Se abrazan en círculo y cuchichean. Chocan las manos y salen).


(Entra Niño1, olfateando, gruñe, aúlla, levanta una pata para orinar)


Niño1: Percibo la maldad… percibo la mentira… percibo una arepa con jamón y queso…


(Entran niño2, niño3 y niño4, con antifaces)


Niño1: Ajá! Los olí desde ayer… ¿quiénes son ustedes?


Niño2: Somos pulga…


Niño3: Garrapata…


Niño4: y Sarna…


Niño1: Los enemigos mortales del perro… (Les gruñe. Los tres villanos lo van rodeando)


Niño2: Vamos a destruirte Súper Perro.


Niño3: Te pondremos un collar y te amarraremos al sol, sin agua ni comida…


Niño4: Un niño sin cuidados y sin amor, se muere lentamente…


Niño1: Son tres malvados villanos contra mí… pero no les tengo miedo…


Niño2: ¡Ataquen!


(Comienza una pelea en cámara lenta, con golpes de mentira. Súper Perro gana, los tres quedan en el suelo).


Niño1: (Con pose de superhéroe) Otra victoria para Súper Perro…


Niño2: Ya cálmate, somos nosotros… (Se quitan los antifaces)


Niño3: No somos malvados, solo queríamos ayudarte.


Niño1: ¿Cómo que ayudarme? Yo no necesito ayuda…


Niño4: Claro que sí, si te volviste loco, ahora te crees un súper héroe.


Niño2: Eso te pasa por ver tantas películas de Súperman…


Niño3: de Batman…


Niño4: del capitán América…


Niño2: de Spiderman…


Niño3: O el Chapulín Colorado.


Niño1: Yo no estoy loco, ni nada de eso… Yo decidí convertirme en súper perro para salvar a los perritos, a los que están en las calles, a los que son maltratados, los que están enfermos… solo eso…


Niño4: Ahhh… nosotros creíamos que estabas mal de la cabeza.


Niño1: Ustedes lo que deben hacer es ayudarme a rescatar perritos…


Niño2: Siii, vamos a ayudar a las mascotas…


Niño3: ¿Y cuánto hay pa eso?


Niño4: Nada. Vamos a ayudar y punto…


Niño1: ¡Eso! Vamos… (Caminan como héroes y salen)


FIN

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