Lagunillas y la identidad perdida en el fuego

 

De cómo la memoria indígena de un pueblo fue borrada y sustituida por elementos culturales extranjeros que no representan a sus habitantes.

Luis Gerardo Leal, septiembre de 2026.-

Lagunillas nació en el agua como se puede intuir en su nombre. Pero curiosamente ese detalle no parece formar parte de la identidad cultural preponderante en esta población ubicada en la Costa Oriental del Lago de Maracaibo, estado Zulia. Parece más común encontrar elementos asociados a Europa y los conquistadores europeos, invisibilizando las raíces indígenas añú, lacustres, matriarcal, respetuosos de la naturaleza y de resistencia.



Nada de esto ocurrió por azar. Tanto la colonización española, como el desarrollo de la industria petrolera de origen estadounidense han implantado una falsa identidad que muestra lo europeo como progreso y lo indígena es visto como primitivo, pobre y retrasado.

Esta transformación se consolidó en 1937, con la fundación de Ciudad Ojeda por decreto del presidente Eleazar López Contreras, rindiendo un inmerecido homenaje al conquistador, exterminador y esclavista de indígenas, saqueador de pueblos originarios, entre otros vergonzosos méritos. Alonso de Ojeda se convirtió en el personaje más importante de la nueva ciudad, se crearon calles, plazas, universidades, fundaciones culturales, una parroquia, pero sobre todo, una leyenda falsa que lo enaltece como héroe civilizador y oculta su perversa trayectoria en el Caribe.

Este triunfo del eurocentrismo, el etnocentrismo europeo o la colonización cultural sigue vigente hoy en día y defendida a muerte por quienes, en su infinito complejo de inferioridad, siguen creyendo que lo extranjero es lo bueno y se avergüenzan de lo propio.

Como explica Aníbal Quijano en su Colonialidad del Poder (2000), la sociedad occidental impuso la cultura y el saber de Europa como el único modelo de conocimiento válido, moderno y racional, marginando los saberes del resto del mundo. Para muchos latinoamericanos este modelo es el único que han conocido en sus escuelas, sus libros y sus productos culturales, lo defienden porque es la realidad que le han mostrado.


 

Paraute

Cientos de años antes de la llegada de los invasores españoles al Lago de Maracaibo, ya existía el pueblo palafítico de Paraute, habitado por indígenas añú en casas de madera sobre las agua del estuario. Eran principalmente pescadores, aunque también realizaban acciones en tierra, como la siembra, recolección de insumo y cacería. Además, mantenían intercambios de bienes con otras comunidades como caquetíos y bobures.

Desde este pueblo se originaron focos de resistencia a la invasión española. El cacique Tomenguola, junto a guerreros como Camiseto y Mataguelo, se unieron a los planes subversivos de los indígenas agrupados al norte del lago y liderados por el cacique Nigale, como destaca el historiador Yldefonso Finol.

Esta “guerrilla lacustre” organizó ataques a los poblados españoles, sabotearon rutas comerciales y bloqueaban la navegación en el lago. Lamentablemente su capacidad era inferior a la de los europeos, por lo que era inevitable su derrota. “Paraute recibió los cañonazos, arcabuzazos, ballestazos, lanzazos y espadazos que destruyeron su valerosa resistencia de flechas, lanzas y macanas de madera”, relata Finol en sus publicaciones.

Los cabecillas fueron capturados en 1607 y ahorcados en una plaza en Nueva Zamora (hoy Maracaibo). De esta manera, la lucha fue desmontada y luego borrada. No existe ninguna mención en la historia oficial, en los sistemas educativos ni en las manifestaciones culturales del municipio Lagunillas.



Lagunillas castiza

Paraute fue colonizado y llamado Nuestra Señora de la Concepción de Lagunillas en 1730, sustituyendo la identidad indígena por una católica criolla pro europea, a pesar de seguir siendo un pueblo palafítico. En 1774, fue rebautizada como Nuestra Señora de la Candelaria, pero con el tiempo se consolidó el nombre popular de Lagunillas de Agua, según dejó registrado el profesor e historiador Javier Fernández.

En 1939, convenientemente dos años de la fundación de Ciudad Ojeda, ocurrió el terrible incendio de Lagunillas de Agua, el final de esta comunidad lacustre de origen ancestral. Este suceso también está rodeado de mitos y leyendas, desde supuestas maldiciones emitidas por un sacerdote, hasta el señalamiento de una prostituta como culpable de originar el fuego. Todo dudoso, difundido masivamente sin pruebas.

Desde ese día funesto se le dio vía libre a las trasnacionales petroleras para explotar hidrocarburos en el Lago. Estas empresas estaban extrayendo crudo en los alrededores del pueblo desde 1926 e insistían en la necesidad de quitar esas casas que obstaculizaban sus labores. Las cifras de fallecidos varían según las fuentes, pero sin duda los ganadores fueron los consorcios extranjeros.



El Fénix

Esta es la historia de resistencia y muerte de la cultura indígena en Lagunillas. Y se inició de la ciudad europeísta. Se instalan estatuas, se pintan murales, se escriben crónicas y se impone una nueva identidad donde los pueblos originarios no están presentes, sino las supuestas hazañas de los “descubridores-civilizadores”. Para ello se utiliza el símbolo del ave Fénix, de la mitología griega, que pasa a ilustrar el plan de borrar lo anterior y empezar de cero.

Los antiguos habitantes de Paraute no se extinguieron, se fundieron en el mestizaje mezclándose con los criollos primero y con migrantes europeos en el siglo XX. Su legado sigue vivo y latente, pero callado, porque en esta sociedad colonizada quien se atreve a contar una historia diferente a la oficial es satanizado, ridiculizado y aislado. No habrá piedad para quien se atreva a enfrentar la orgullosa cultura europeísta, aunque ésta realmente no refleje la realidad del pueblo lagunillense.

EL LAGO DE MARACAIBO EN EL BUCHE DE LOS GRANDES BUITRES DE METAL

 

Tomado del libro LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA (1971) de Eduardo Galeano.

Aunque su participación en el mercado mundial se ha reducido a la mitad en los años sesenta, Venezuela es todavía, en 1970, el mayor exportador de petróleo. De Venezuela proviene casi la mitad de las ganancias que los capitales norteamericanos sustraen a toda América Latina. Éste es uno de los países más ricos del planeta y, también, uno de los más pobres y uno de los más violentos. Ostenta el ingreso per cápita más alto de América Latina, y posee la red de carreteras más completa y ultramoderna; en proporción a la cantidad de habitantes, ninguna otra nación del mundo bebe tanto whisky escocés.

 


Las reservas de petróleo, gas y hierro que su subsuelo ofrece a la explotación inmediata podrían multiplicar por diez la riqueza de cada uno de los venezolanos; en sus vastas tierras vírgenes podría caber, entera, la población de Alemania o Inglaterra. Los taladros han extraído, en medio siglo, una renta petrolera tan fabulosa que duplica los recursos del Plan Marshall para la reconstrucción de Europa; desde que el primer pozo de petróleo reventó a torrentes, la población se ha multiplicado por tres y el presupuesto nacional por cien, pero buena parte de la población, que disputa las sobras de la minoría dominante, no se alimenta mejor que en la época en que el país dependía del cacao y del café.

 

Caracas, la capital, creció siete veces en treinta años; la ciudad patriarcal de frescos patios, plaza mayor y catedral silenciosa se ha erizado de rascacielos en la misma medida en que han brotado las torres de petróleo en el lago de Maracaibo. Ahora, es una pesadilla de aire acondicionado, supersónica y estrepitosa, un centro de la cultura del petróleo que prefiere el consumo a la creación y que multiplica las necesidades artificiales para ocultar las reales. Caracas ama los productos sintéticos y los alimentos enlatados; no camina nunca, sólo se moviliza en automóvil, y ha envenenado con los gases de los motores el aire limpio del valle; a Caracas le cuesta dormir, porque no puede apagar la ansiedad de ganar, y comprar, consumir y gastar, apoderarse de todo.

 

En las laderas de los cerros, más de medio millón de olvidados contempla, desde sus chozas armadas de basura, el derroche ajeno. Relampaguean los millares y millares de automóviles último modelo por las avenidas de la dorada capital. En vísperas de las fiestas, los barcos llegan al puerto de La Guaira atiborrados de champaña francesa, whisky de Escocia y bosques de pinos de Navidad que vienen del Canadá, mientras la mitad de los niños y los jóvenes de Venezuela quedan todavía, en 1970, según los censos, fuera de las aulas de enseñanza.

 

Tres millones y medio de barriles de petróleo producen Venezuela cada día para poner en movimiento la maquinaria industrial del mundo capitalista, pero las diversas filiales de la Standard Oil, la Shell, la Gulf y la Texaco no explotan las cuatro quintas partes de sus concesiones, que siguen siendo reservas invictas, y más de la mitad del valor de las exportaciones no vuelve nunca al país. Los folletos de propaganda de la Creole (Standard Oil) exaltan la filantropía de la corporación en Venezuela, en los mismos términos en que proclamaba virtudes, a mediados del siglo XVIII, la Real Compañía Guipuzcoana; las ganancias arrancadas a esta gran vaca lechera sólo resultan comparables, en proporción al capital invertido, con las que en el pasado obtenían los mercaderes de esclavos o los corsarios.

 

Ningún país ha producido tanto al capitalismo mundial en tan poco tiempo: Venezuela ha drenado una riqueza que, según Rangel, excede a la que los españoles usurparon a Potosí o los ingleses a la India. La primera Convención Nacional de Economistas reveló que las ganancias reales de las empresas petroleras en Venezuela habían ascendido, en 1961, al 38 por ciento, y en 1962 al 48 por ciento, aunque las tasas de beneficio que las empresas denunciaban en sus saldos eran del 15 y el 17 por ciento respectivamente. La diferencia corre por cuenta de la magia de la contabilidad y las transferencias ocultas.

 

En la complicada relojería del negocio petrolero, por lo demás, con sus Múltiples y simultáneos sistemas de precios, resulta muy difícil estimar el volumen de las ganancias que se ocultan detrás de la baja artificial de la cotización del petróleo crudo, que desde el pozo a la bomba de gasolina circula siempre por las mismas venas, y detrás del alza artificial de los gastos de producción, donde se computan sueldos de fábula y muy inflados costos de propaganda.

 


Lo cierto es que, según las cifras oficiales, en la última década Venezuela no ha registrado el ingreso de nuevas inversiones del exterior, sino, por el contrario, una desinversión sistemática. Venezuela sufre la sangría de más de setecientos millones de dólares anuales, convictos y confesos como «alquileres del capital extranjero». Las únicas inversiones nuevas provienen de las utilidades que proporciona el propio país. Mientras tanto, los costos de extracción del petróleo van bajando en línea vertical, porque cada vez las empresas ocupan menos mano de obra. Sólo entre 1959 y 1962 se redujo en más de diez mil la cantidad de obreros: quedaron poco más de treinta mil en actividad, ya multas de 1970 ya el petróleo ocupa nada más que veintitrés mil trabajadores. La producción, en cambio, ha crecido mucho en esta última década.

 

Como consecuencia de la desocupación creciente, se agudizó la crisis de los campamentos petroleros del lago de Maracaibo. El lago es un bosque de torres. Dentro de las armaszones de hierros cruzados, el implacable cabeceo de los balancines genera, desde hace medio siglo, toda la opulencia y toda la miseria de Venezuela. Junto a los balancines arden los mechurrios, quemando impunemente el gas natural que el país se da el lujo de regalar a la atmósfera. Se encuentran balancines hasta en los fondos de las casas y en las esquinas de las calles de las ciudades que brotaron a chorros, como el petróleo, en las costas del lago: allí el petróleo tiñe de negro las calles y las ropas, los alimentos y las paredes, y hasta las profesionales del amor llevan apodos petroleros, tales como «La Tubería» o «La Cuatro Válvulas», «La Cabria» o «La Remolcadora».

 

Los precios de la vestimenta y la comida son, aquí, más altos que en Caracas. Estas aldeas modernas, tristes de nacimiento pero a la vez aceleradas por la alegría del dinero fácil, han descubierto ya que no tienen destino. Cuando se mueren los pozos, la supervivencia se convierte en materia de milagro: quedan los esqueletos de las casas, las aguas aceitosas de veneno matando peces y lamiendo las zonas abandonadas.

 

La desgracia acomete también a las ciudades que viven de la explotación de los pozos en actividad, por los despidos en masa y la mecanización creciente. «Por aquí el petróleo nos pasó por encima», dijo un poblador de Lagunillas en 1966. Cabimas, que durante medio siglo fue la mayor fuente de petróleo de Venezuela, y que tanta prosperidad ha regalado a Caracas y al mundo, no tiene ni siquiera cloacas. Cuenta apenas con un par de avenidas asfaltadas.

 

La euforia se había desatado hacía muchos años. Hacia 1917, el petróleo coexistía ya, en Venezuela, con los latifundios tradicionales, los inmensos campos despoblados y de tierras ociosas, donde los hacendados vigilaban el rendimiento de su fuerza de trabajo azotando a los peones o enterrándolos vivos hasta la cintura. A fines de 1922, reventó el pozo de La Rosa, que chorreaba cien mil barriles por día, y se desató la borrasca petrolera. Brotaron los taladros y las cabrias en el lago de Maracaibo, súbitamente invadido por los aparatos extraños y los hombres con cascos de corcho; los campesinos afluían y se instalaban sobre los suelos hirvientes, entre tablones y latas de aceite, para ofrecer sus brazos al petróleo.

 

Los acentos de Oklahoma y Texas resonaban por primera vez en los llanos y en la selva, hasta en las más escondidas comarcas. Setenta y tres empresas surgieron en un santiamén. El rey del carnaval de las concesiones era el dictador Juan Vicente Gómez, un ganadero de los Andes que utilizó sus veintisiete años de gobierno (1908-35) haciendo hijos y negocios. Mientras los torrentes negros nacían a borbotones, Gómez extraía acciones petroleras de sus bolsillos repletos, y con ellas recompensaba a sus amigos, a sus parientes ya sus cortesanos, al médico que le custodiaba la próstata ya los generales que le custodiaban las espaldas, a los poetas que cantaban su gloria y al arzobispo que le otorgaba permisos especiales para comer carne los viernes santos.

 

Las grandes potencias cubrían el pecho de Gómez con lustrosas condecoraciones: era preciso alimentar los automóviles que invadían los caminos del mundo. Los favoritos del dictador vendían las concesiones a la Shell oa la Standard Oil oa la Gulf; el tráfico de influencias y de sobornos desató la especulación y el hambre de subsuelos. Las comunidades indígenas fueron despojadas de sus tierras y muchas familias de agricultores perdidas, por las buenas o por las malas, sus propiedades. La ley petrolera de 1922 fue redactada por los representantes de tres firmas de los Estados Unidos.

 

Los campos de petróleo estaban cercados y tenían policía propia. Se prohibía la entrada a quienes no portaran la ficha de inscripción de las empresas; estaba vedado hasta el tránsito por las carreteras que conducían el petróleo a los puertos. Cuando Gómez murió, en 1935, los obreros petroleros cortaron las alambradas de púas que rodeaban los campamentos y se declararon en huelga. En 1948, con la caída del gobierno de Rómulo Gallegos, se cerró el ciclo reformista inaugurado tres años antes, y los militares victoriosos rápidamente redujeron la participación del Estado sobre el petróleo extraído por las filiales del cártel.

 

La rebaja de impuestos se tradujo, en 1954, en más de trescientos millones de dólares de beneficios adicionales para la Standard Oil. En 1953, un hombre de negocios de los Estados Unidos había declarado en Caracas: «Aquí, usted tiene la libertad de hacer con su dinero lo que le plazca; para mí, esa libertad vale más que todas las libertades políticas y civiles juntas».

 

Cuando el dictador Marcos Pérez Jiménez fue derribado en 1958, Venezuela era un vasto pozo petrolero rodeado de cárceles y cámaras de torturas, que importaba todo desde los Estados Unidos: los automóviles y las heladeras, la leche condensada, los huevos, las lechugas, las leyes y los decretos. La mayor de las empresas de Rockefeller, la Creole, había declarado en 1957 utilidades que llegaban casi a la mitad de sus inversiones totales. La junta revolucionaria de gobierno levantó el impuesto a la renta de las empresas mayores, de un 25 a un 45 por ciento. En represalia, el cártel dispuso la inmediata caída del precio del petróleo venezolano y fue entonces cuando comenzó a despedir en masa a los obreros. Tan abajo se vino el precio, que a pesar del aumento de los impuestos y del mayor volumen de petróleo exportado, en 1958 el Estado recaudó sesenta millones de dólares menos que en el año anterior.

 

Los siguientes gobiernos no nacionalizaron la industria petrolera, pero tampoco han otorgado, hasta 1970, nuevas concesiones a las empresas extranjeras para la extracción de oro negro. Mientras tanto, el cártel aceleró la producción de sus yacimientos del Cercano Oriente y Canadá; en Venezuela ha cesado virtualmente la prospección de nuevos pozos y la exportación está paralizada. La política de negar nuevas concesiones perdió sentido en la medida en que la Corporación Venezolana del Petróleo, el organismo estatal, no adquirió la responsabilidad vacante.

 

La Corporación se ha limitado, en cambio a perforar unos pocos pozos aquí y allá, confirmando que su función no es otra que la que le había adjudicado el presidente Rómulo Betancourt: «No alcanzar una dimensión de gran empresa, sino servir de intermediario para las negociaciones en la nueva fórmula de concesiones». La nueva fórmula no se puso en práctica, aunque se la anunció varias veces. Mientras tanto, el fuerte impulso industrializador que había cobrado cuerpo y fuerza desde hacía dos décadas muestra ya visibles síntomas de agotamiento, y vive una impotencia muy conocida en América Latina: el mercado interno, limitado por la pobreza de las mayorías, no es capaz de sustentar el desarrollo manufacturero más allá de ciertos límites.

 

La reforma agraria, por otra parte, inaugurada por el gobierno de Acción Democrática, se ha quedado a menos de la mitad del camino que se proponía, en las promesas de sus creadores, recorrer. Venezuela compra al extranjero, y sobre todo a Estados Unidos, buena parte de los alimentos que consume. El plato nacional, por ejemplo, que es el frijol negro, llega en grandes cantidades desde el norte, en bolsas que lucen la palabra «beans».

 

Salvador Garmendia, el novelista que reinventó el infierno prefabricado de toda esta cultura de conquista, la cultura del petróleo, me escribió en una carta, a mediados del '69: «¿Has visto un balancín, el aparato que extrae el petróleo crudo? Tiene la forma de un gran pájaro negro cuya cabeza puntiaguda sube y baja pesadamente, día y noche, sin detenerse un segundo: es el único buitre que no viene mierda. ¿Qué pasará cuando oigamos el ruido característico del sorbedor al acabarse el líquido? La obertura grotesca ya empieza a escucharse en el lago de Maracaibo, donde de la noche a la mañana brotaron pueblos fabulosos con cinematógrafos, supermercados, dances, hervideros de putas y garitos, donde el dinero no tenía valor. Hace poco hice un recorrido por ahí y sentí una garra en el estómago. El olor a muerto ya chatarra es más fuerte que el del aceite. Los pueblos están semidesiertos, carcomidos, todos ulcerados por la ruina, las calles enlodadas, las tiendas en escombros. Un antiguo buzo de las empresas se sumerge a diario, armado de una segueta, para cortar trozos de tuberías abandonadas y venderlas como hierro viejo. La gente empieza a hablar de las compañías como quien evoca una fábula dorada. Se vive de un pasado mítico y funambulesco de fortunas derrochadas en un golpe de dados y borracheras de siete días. Entre tanto, los balancines siguen cabeceando y la lluvia de dólares cae en Miraflores, el palacio de gobierno, para transformarse en autopistas y demás monstruos de cemento armado. Un setenta por ciento del país vive marginado de todo. En las ciudades prospera una atolendrada clase media con altos sueldos, que se atiborra de objetos inservibles, vive aturdida por la publicidad y profesa la imbecilidad y el mal gusto en forma estridente. Hace poco el gobierno anunció con gran estruendo que había exterminado el analfabetismo. Resultado: en la pasada fiesta electoral, el censo de inscritos arrojó un millón de analfabetos entre los dieciocho y los cincuenta años de edad».

EL PUEBLO MÁGICO QUE TE ABRAZA. 45 años del Movimiento Cultural Los Arangues

 

Luis Gerardo Leal

Lagunillas, septiembre de 2026.-


Los Arangues, ese poblado sereno del municipio Torres en el árido suelo larense, nos llama cada año a su encuentro de culturas. Afortunadamente, pudimos atender el llamado que implica un reto logístico y económico, pero que como muchos cultores del país, asumimos con valentía.

Cada año, al despuntar el primer fin de semana de septiembre, este rincón bendecido por el viento del semiárido deja de ser una pequeña coordinada campesina para transformarse en el epicentro de la cultura popular más viva, pura y resistente de Venezuela. 

No se llega a Los Arangues como un turista común. Desde semanas antes, habiendo recibido la invitación de los organizadores, la travesía se prepara como una expedición hacia otro mundo: carpas, hamacas, utensilios, ropa ligera, comida compartida y las herramientas del arte —tambores, faldas, marionetas y versos— se empacan con el ritual de una peregrinación.

Este 2026 no era ningún encuentro. Del 3 al 6 de septiembre, el Movimiento Cultural y Campesino Los Arangues celebraba nada menos que su 45 aniversario. Una epopeya comunitaria que nació en 1981, cuando el fervor campesino se organizó alrededor de la defensa de la tierra, la lucha por el agua y la urgencia de rescatar la memoria ancestral de las garras del olvido y del latifundio.

 

Día 1: La marcha del fuego y la sombra del árbol de mango

Partimos muy temprano el jueves 3 de septiembre en transporte público, desde Lagunillas, llevando más equipaje del que podíamos cargar. Entre carretera y carretera, la memoria colectiva desempolvaba anécdotas de viajes anteriores, inflando las expectativas para la aventura que se avecinaba. 

 

Al llegar a Carora, nos recibió un ventarrón inusual, un remolino terroso que parecía arrastrar los chivos y que nos envolvió en polvo como dándonos un bautizo seco. De allí, abordamos el último tramo: solo 20 kilómetros para adentrarnos en Los Arangues. 

 

El pueblo nos recibió tal como vive en el recuerdo: inmune al vértigo urbano moderno, tranquilo, caluroso, detenido en el tiempo y con esa amabilidad infinita de su gente, que saluda amablemente como si nos conocieran de toda la vida. 

 

"Bienvenido, patrón", soltó con una sonrisa un hombre del pueblo, y acto seguido, con una generosidad desarmante, nos regaló una bolsa con víveres sin pedir absolutamente nada a cambio.

 

Caminamos sobre calles de arena suave hasta llegar a nuestro hogar temporal: la humilde vivienda de Luis Domoromo. Más que un anfitrión, Luis se ha convertido en nuestro padre por cuatro días cada año desde 2014. Armamos nuestro campamento en el patio, bajo la sombra protectora de un inmenso y hermoso árbol de mango. Colgamos las hamacas, encendimos el fogón de leña para preparar la primera comida colectiva y salimos a recorrer los alrededores. 

 

En cada patio vecino la escena se repite: campamentos de artistas y cultores de todo el país organizándose para ensayar, comer y convivir en comunión con sus familias receptoras. De pronto, el silencio de la tarde se rompió con el estallido colorido de los fuegos artificiales. Desde la entrada del pueblo venía avanzando la antorcha, símbolo de la energía popular encendida, transportada por glorias deportivas locales. 

 

A su paso, las familias salían de sus casas y la marcha se agigantaba, convirtiéndose en un torrente humano unido por el mismo pulso de amor. El destino final de la marea era "La Pista", el espacio dispuesto para las presentaciones. Nos acomodamos de primeros para garantizar la mejor visual, listos para registrar cada segundo y cumplir de la mejor manera nuestro oficio periodístico, una tarea nada fácil entre la multitud apretada y emocionada.

 

Era notorio que este 2026 registró una afluencia ligeramente menor de visitantes que en ediciones anteriores, quizás por las sombras de incertidumbre que atraviesan al país; pero el calor de los presentes suplía cualquier ausencia.

 

Tras el colorido desfile de las agrupaciones —un abrebocas donde cada delegación mostraba su estampa—, dio inicio la fiesta de las artes. Danza, teatro, títulos y música se sucedieron en un despliegue apasionado. Aquí nadie compite; No hay jurados ni trofeos. Todos comparten. La Pista es un aula viva para el intercambio de saberes. 

 

Nos deleitamos con la impecable investigación coreográfica de JRoch, la vibrante energía de Casa Juba, la fuerza telúrica de Yaradanz, la elegancia estilizada de Danzas Violeta, la espontaneidad contagiosa de Juventud Teatral, la belleza visual de Danzas Ezequiel Quintero y la maestría criolla de Senderos de Apure. 

 

Párrafo aparte merece la encomiable delegación del estado Portuguesa, con agrupaciones que se funden año tras año en una sola fuerza artística: Danzas América, Mis Raíces, Las Abuelas de Girasol y El Maravilloso Mundo de los Títeres.

 

Sentado sobre el suelo, en primera fila, sentí el absoluto privilegio del cronista: ni un solo paso de baile, ni una palabra, ni una nota musical se me escapó. Como dicta la hermosa tradición de cada noche, se elevó al cielo un globo de papel artesanal en señal de gratitud. Esta vez, la nave de papel y fuego llevó un matiz profundamente sobrecogedor: rindió tributo a las víctimas de los dolorosos terremotos que azotaron al país el pasado mes de junio.

 

Mientras el globo se alejaba en la profundidad del cielo estrellado, el pueblo entero permaneció en un silencio místico. Estoy seguro de que en esa penumbra cada quien musitaba una oración o una promesa, entregándole sus ruegos a Dios a través de ese mensajero de papel. Yo también lo hice.

 

Aunque la programación en escena concluyó más temprano que de costumbre, la noche se extendió en una entrañable fiesta comunitaria donde todos bailamos sin prejuicios y con alegría. La madrugada sobrevino frío y oscuro. Al alejarse de La Pista, el pueblo recuperó un silencio tan denso y misterioso que parecía el escenario de una película de suspenso. Llegamos al campamento para buscar refugio en la hamaca y arañar unas pocas horas de sueño. La aventura apenas comenzaba.

 

Día 2: El sabor de la tierra y el retumbo del cuero

La mañana del viernes nació al calor del fogón. Me correspondió la tarea de preparar las arepas en las brasas de leña, acompañadas con los cremosos aguacates que nuestro anfitrión cosechó en su propio patio.

 

Con las energías renovadas, fuimos al encuentro de los talleres de formación. Aunque este año la oferta de saberes fue más reducida, la calidad humana desbordó las expectativas: muñequería tradicional, juguetes artesanales y primeros auxiliares. Quedamos deslumbrados con la sabiduría popular del señor Franklin Vivas al explicarnos la elaboración de sus sueros artesanales, su siembra de limones y su carrera de músico en grandes orquestas.

 

El sofocante calor larense pasó un segundo plano ante la intensidad de la jornada. En cada rincón se veía a los grupos ensayar, cruzando lenguajes y fusionando coreografías a la sombra de los árboles, mientras probábamos los refrescantes helados de mamón y las delicias culinarias del chivo: asado, en sopa y en sabrosas asaduras.

 

Al caer la noche, La Pista volvió a encenderse con la segunda velada artística. Esta vez, el protagonismo absoluto lo tomó el tambor en vivo. Cueros venidos de distintas regiones retumbaron con estilos diversos pero con una sola llama ancestral que hizo arder al público. Miles de personas terminaron envueltas en gigantescas ruedas de baile donde la gente entraba, se contoneaba y celebraba la vida sin descanso.

 

La noche ofreció más danzas, teatro y títulos, pero el instante culminante fue una conmovedora actuación dedicada al dolor de los recientes terremotos. Juventud Teatral, JRoch y Danzas Ezequiel Quintero unieron sus talentos para escenificar la tragedia vivida por el país, dejando flotando en el aire una verdad sanadora: solo el amor, la empatía y la solidaridad podrán reconstruir lo que la tierra sacuda. Suspiramos, secamos las lágrimas y seguimos disfrutando.

 

La fiesta se alargó hasta bien entrada la madrugada, devolviéndonos una vez más por el sombrío y fresco camino de regreso a la casa de Luis.

 


Día 3: Memoria indígena, sones de negro y la noche interminable

El sábado despuntó como el día de mayor densidad espiritual y comunal. Tras el acostumbrado desayuno de fogón, emprendimos la caminata y subida al cerro Santo Domingo. No es un simple paseo de senderismo; es un acto de reconexión con la naturaleza y con nuestros ancestros indígenas.

 

Rodeados de rituales de fuego y palabras sagradas, la cosmovisión originaria se hizo tangible. Allí nos explicaron que esas lomas fueron territorio de asentamiento y resistencia de los indígenas Achaguas (de la gran familia Arawak), un foco histórico de dignidad cuyas vibraciones aún resuenan en la brisa.

Al descender del cerro, la historia viva nos esperaba en el Museo Arqueológico Comunitario Alfredo Almeida. Este espacio —gestionado y protegido por la propia comunidad— resguarda las vasijas de arcilla, las herramientas líticas, las piezas cerámicas y los adornos funerarios de las civilizaciones precoloniales encontradas en la zona. Los jóvenes guías comunitarios, convertidos en verdaderos maestros-pueblo, nos condujeron por las salas de exhibición con una pedagogía amorosa que le devuelve la dignidad a la arqueología popular.

 

Hacia el mediodía, tras deleitarnos con una reconfortante sopa de cabeza de cochino, un repique distante de cueros nos hizo aguzar el oído. Se trataba del grupo Sabor a Pueblo, que improvisaba un toque en el patio de una vivienda. Nos dejamos llevar por el retumbo del tambor, esa música que junto a la gaita zuliana y el joropo constituye la cédula de identidad sonora de nuestra venezolanidad.  

 

Apenas se apagó el tambor, nos trasladamos a la celebración de otra manifestación sagrada de la larensidad: el Tamunangue o Sones de Negro. Por tradición en este encuentro, los sones se ejecutan los domingos, pero este año los tamunangueros decidieron reunirse la tarde del sábado para ofrecer sus bailes y salves en memoria de los familiares y cultores fallecidos recientemente.

 

Ubicado en primera fila, fui testigo de la liturgia completa: desde la elegancia ritual de La Batalla —donde las varas de madera se cruzan en un esgrima sagrado en honor a San Antonio— pasando por la alegría de La Bella, El Yiyivamos, El Juruminga y La Perrendenga, hasta culminar en la complejidad geométrica y festiva del Seis Figureado. Una experiencia estética e identitaria que todo venezolano debería vivir al menos una vez en la vida.

 

Mientras el polvo se levantaba bajo las alpargatas y las mujeres desplegaban el vuelo de sus faldas, compartimos impresiones con el profesor Fernando Ocando, cuya generosa experiencia en el arte de la danza nos sirvió de guía para descifrar cada gesto y cada paso del Tamunangue.

 

Para la tercera noche en La Pista, la fraternidad ya era total. Los vecinos me saludaban como a un hijo del pueblo: me reservaron un puesto de honor frente al escenario, alejaban cariñosamente a los perros callejeros para no arruinar las tomas de video y organizaban a los niños para que no interrumpieran el registro periodístico.

 

Las manifestaciones se sucedieron como una ráfaga multicolor: de la irreverente Sardina trujillana a la finura musical de Al Son de Carora; del joropo recio apureño al suave polo margariteño; del ritmo contagioso del calipso a la calidez de la parranda. Pasaron por escena las agrupaciones Uyama, La Taguara Cultural, Danzas Terepaima, Negros, Canto y Ritmo, Trabuco Tambor y Tambores de San Biyán.

Día 4: El despecho de la partida y la promesa del retorno

El domingo trajo consigo la inevitable melancolía del cierre. Aunque la programación continuaba durante la noche para los locales, para muchas delegaciones —incluida la nuestra— la mañana marcaba el punto final. Había que recoger el campamento, desarmar las hamacas y emprender el viaje de regreso a la cotidianidad, dejando atrás la atmósfera mágica de Los Arangues.

 

Nos asaltó ese despecho que traen las despedidas. Caminamos despacio hacia la salida del pueblo, mirando hacia atrás a cada tanto, agradeciendo en silencio todo lo que este rincón campesino nos regaló durante cuatro días intensos de casi nada de sueño y un derroche absoluto de vida. Esto no fue un paseo turístico; fue una inmersión profunda en la reserva moral y cultural de Venezuela.

 

Volvemos distintos. Nadie que pise esta tierra mágica regresa siendo el mismo. Atesoramos nuevos rostros, saberes ancestrales y sensaciones que no caben en los cuadernos de notas. Mientras el autobús avanzaba por la carretera Panamericana alejándose del municipio Torres, ya empezábamos a planificar el viaje del próximo año. Porque la lección es clara: nosotros tenemos que marcharnos, pero Los Arangues se queda para siempre a vivir dentro de nosotros.

 

El Movimiento Cultural Los Arangues: 45 años de soberanía y resistencia ancestral

Para comprender la magnitud de lo vivido durante este aniversario, es preciso mirar la historia profunda de este fenómeno comunal. Nacido formalmente en 1981, el Movimiento Cultural y Campesino Los Arangues representa uno de los procesos de organización popular y resistencia folclórica más emblemáticos de Venezuela.

 

El movimiento no surgió por mera recreación artística, sino como una necesidad histórica de salvaguardar las tradiciones campesinas frente al olvido, el éxodo rural y los embates de la transculturalización. Campesinos, cultores, docentes, agricultores y músicos de la cuenca del río Sicarigua unieron sus fuerzas para dignificar el trabajo de la tierra y reivindicar la raíz afroindígena del territorio.

 

Uno de sus hitos más gloriosos ocurrió entre 1984 y 1986. De la mano del recordado antropólogo Alfredo Almeida y con el respaldo del Museo Antropológico de Quíbor, los pobladores descubrieron en las laderas del cerro Santo Domingo un tesoro arqueológico de tiestos y piezas cerámicas pertenecientes a la etnia Achagua.

 

Ese hallazgo no fue solo científico; Fue una poderosa herramienta política e identitaria: los campesinos comprendieron que la tierra que habitaban no pertenecía a los antiguos terratenientes de la hacienda local, sino que era territorio ancestral de sus antepasados ​​indígenas.

 

La lucha comunitaria logró decretos patrimoniales y la restitución del orgullo campesino. De allí germinó el Museo Antropológico Comunitario Alfredo Almeida, un espacio gestionado sin burocracia por el mismo pueblo para custodiar su historia prehispánica.

 

Celebrar un aniversario en Los Arangues no es rendir un culto protocolar al calendario. Es un ejercicio de soberanía cultural, alimentaria, paz y convivencia. Durante el encuentro, el pueblo entero se despoja de la condición de espectador pasivo para convertirse en anfitrión activo.

 

La suma de debates sobre la tierra, muestras de semillas locales, gastronomía tradicional, talleres artesanales y noches de música y tambor demuestra que la memoria histórica y el arte popular no son piezas estáticas de museo, sino el motor más poderoso para unir a un país y mantener de pie la dignidad de un pueblo.


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Coquivacoa y el error histórico en el lago de Maracaibo


Lagunillas, septiembre de 2026.-

Para los zulianos es común referirse al lago de Maracaibo como Coquivacoa (o Coquibacoa) porque así lo han nombrado por casi dos siglos. Pero atribuir el nombre de Coquivacoa al majestuoso estuario constituye un inocente, pero contundente, error histórico y geográfico. Intentaremos explicar este caso, aunque esto puedo ofender a más de un regionalista empedernido.



Coquivacoa es un término geográfico que se refiere a la zona árida del norte de Sudamérica, es decir la zona costera de los estados Falcón y Zulia de Venezuela y el departamento de la Guajira en Colombia. Esta extensa franja de tierra se caracteriza por ser semi desértica, con poca lluvia anual, la presencia de plantas de cují y diversas especies de cactus.

El vocablo pertenece a las lenguas originarias de la familia lingüística arawak (caquetíos y wayuu) que poblaban la zona en cuestión. Su significado filológico alude a un "lugar de piedras" o "costa pedregosa", descripción que se ajusta a la geografía litoral de la Península de La Guajira y no a las riberas del cuenco lacustre.


Cautivado por este litoral, el invasor español Alonso de Ojeda obtuvo en 1501 la capitulación real para crear la Gobernación de Coquivacoa. El 3 de mayo de 1502, Ojeda fundó el poblado de Santa Cruz en Bahía Honda, en La Guajira, consagrándose como el primer asentamiento español en la masa continental de América del Sur.

Aunque la colonia tuvo una existencia efímera de apenas unos meses, el topónimo bautizó formalmente las tierras y aguas del golfo. Con el correr de los siglos, la cartografía tomó rumbos diferentes. Mientras en Venezuela predomina el término Golfo de Venezuela, la diplomacia y cartografía de Colombia emplean la denominación Golfo de Coquivacoa para referirse a este mismo espacio marino compartido entre La Guajira y Paraguaná, apoyándose en la nomenclatura prehispánica y colonial para resaltar la condición binacional del área.


¿Cómo llegó entonces el nombre a confundirse con el Lago de Maracaibo? La trasposición germinó a finales del siglo XIX gracias al romanticismo literario de publicaciones como El Zulia Ilustrado, y se arraigó en el siglo XX mediante la difusión folclórica.

Pero las crónicas primarias son claras: los pueblos autóctonos del lago, como los añú y los zaparas, jamás llamaron Coquivacoa a su cuerpo de agua dulce. Existen investigaciones, como las del historiador Yldefonso Finol, que aseguran que la palabra Maracaibo (o una versión fonéticamente similar) ya existía cuando llegaron los europeos. Estos designaron al lago inicialmente como San Bartolomé o Nuestra Señora, pero el nombre original pudo sobrevivir.


Coquivacoa siempre perteneció al golfo exterior y a la fachada marítima caribeña, por lo que el uso de Coquivacoa como nombre alterno del lago es un error histórico que se mantiene en la literatura, en la gaita y en discursos.

Pero, ¿Qué pueden hacer los zulianos para enmendar esta confusión sin perder su identidad? La respuesta yace en la educación pedagógica y la divulgación cultural. Las escuelas e instituciones del Zulia tienen la oportunidad de actualizar sus programas de historia regional para enseñar la verdadera toponimia aborigen. 

Asimismo, los cronistas y medios pueden promover foros y contenidos que expliquen el origen del vocablo. Cantar a Coquivacoa en la gaita forma parte del acervo poético zuliano, pero saber que el gran lago es Maracaibo y que Coquivacoa es el golfo ancestral es el mayor tributo a la verdad de sus raíces.

  


INFORMACIÓN DE INTERÉS

-Coquivacoa según Wikipedia

-El Golfo según La Guía 2000

-Gobernación de Coquivacoa de 1501

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