Abuelas que bailan con pasión


Lagunillas, mayo de 2026.-


La silenciosa expectativa se rompió con un estruendoso aplauso cuando un grupo de abuelas apareció en escena. Vestían largas faldas, blusas blancas y pañuelos que se agitaban al ritmo de la gaita de tambora. Sus pasos firmes formaban cadenas humanas que se armaban y desarmaban entre sonrisas, mientras el público observaba con emoción a aquellas mujeres que, lejos de rendirse ante los años, habían decidido cumplir un sueño pendiente: bailar.



Son las integrantes del grupo de danzas Viva Venezuela del municipio Lagunillas, mujeres de la tercera edad que encontraron en el arte una nueva forma de vivir. Algunas superan los setenta años. Otras enfrentan dolores en las piernas, cansancio o achaques propios de la edad. Sin embargo, cuando comienza la música, todo parece desaparecer detrás del brillo de sus ojos.


En pocos meses de fundado, el grupo ya ha presentado gaitas de tambora, joropos y merengues caraqueños. Pero sus sueños no se detienen allí. Su meta es recorrer todos los bailes tradicionales venezolanos y demostrar que nunca es tarde para enamorarse de la danza.



Muestran sus canas y sus arrugas con orgullo, como medallas entregadas por la vida. Son mujeres que crecieron criando hijos, levantando hogares y enfrentando dificultades, muchas veces dejando sus propios sueños para después. Ahora decidieron regalarse tiempo para ellas mismas.


El grupo es dirigido por Enis Quevedo, docente y defensora de la cultura popular venezolana, quien ha dedicado gran parte de su vida a promover el arte en espacios educativos y comunitarios. "Siempre he tenido pasión por la danza y pensé en darle esta oportunidad a otras señoras, porque sé que cada una lleva ese gusanito artístico por dentro", afirma.



Quevedo rechaza la idea de que la edad sea un impedimento para bailar. "Aquí hay personas de 30, 40, 50, 60 y hasta 78 años. Me emociona verlas maquilladas, con sus vestuarios, mientras sus hijos y nietos vienen a aplaudirlas. Nunca es tarde cuando la dicha llega", dice con orgullo.


También lamenta que algunas personas consideren ridículo bailar después de cierta edad. "Eso es falso. Tenemos derecho a disfrutar la vida siempre. Yo por ejemplo, solo me acuerdo de mi edad cuando me la preguntan".



Uno de los rostros más admirados del grupo es Gladys Josefina Sánchez viuda de Salazar, de 76 años, madre de cuatro hijos y abuela de diez nietos. Pronuncia su nombre completo con dignidad y elegancia. Cuenta que el baile le recuerda los años felices junto a su esposo, con quien compartió muchas pistas de baile. "Bailar sirve para desestresarnos, salir de la casa, maquillarnos, compartir y hacer amistades. Aquí la pasamos divino", asegura sonriente.


También destaca Divina Uristieta, de 65 años y diez nietos, quien considera que el grupo representa una oportunidad para mantenerse activa física y emocionalmente. "Es mejor venir a bailar que quedarse en casa sedentaria viendo televisión o atrapada en las redes sociales. Bailar me hace feliz", sentencia.



Para Marielena Marín, de 62 años, la danza alimenta el alma. "Aquí me río, hablo, comparto y me siento viva. Hasta me gusta cuando la profesora nos regaña porque nos despabila", comenta entre carcajadas.


Por su parte, Marisela Álvarez regresó a la danza después de más de cuarenta años dedicada a sus hijos y nietos. En la presentación del Día de las Madres volvió a sentir los nervios del escenario y confirmó que la pasión nunca envejece. "Demostré que nunca es tarde para hacer lo que te apasiona, porque la edad no es un impedimento", asegura. 



Más allá del espectáculo, estas mujeres ofrecen un ejemplo admirable. La danza fortalece músculos, mejora el equilibrio, protege la densidad ósea y beneficia el sistema cardiovascular. También libera endorfinas y oxitocina, ayudando a combatir la depresión, elevar la autoestima y fortalecer la salud mental.


Pero quizá el mayor beneficio sea invisible: sentirse útiles, queridas y capaces de seguir soñando. Su derroche de ternura, belleza y talento es recompensado con un emotivo aplauso, un abrazo y una lágrima. Sus presentaciones resultan tan emotivas que ahora son las abuelas las que reciben las bendiciones de sus nietos. 


Cuando bailan, estas abuelas desafían prejuicios, derrotan la tristeza y le recuerdan al mundo que la vida no termina con las canas, porque mientras exista música, ganas de reír y fuerzas para hacer un faldeo, siempre habrá razones para seguir danzando.




Edgar Miquilena fabrica y defiende el cuatro venezolano

Lagunillas, abril de 2026.-



En el barrio Libertad del municipio Lagunillas hay un taller que es un santuario para el cuatro venezolano. Allí trabaja Edgar Miquilena, luthier nacido y criado en esta tierra petrolera, hombre amable, conversador y cargado de historias que brotan con la misma facilidad con la que de sus manos nace un instrumento nuevo.

Rodeado de máquinas, serruchos, lijas, barnices y tablas escogidas con paciencia, Edgar entra en una especie de silencio sagrado cada vez que comienza a fabricar o reparar un cuatro. Lo acompaña el apoyo firme de su esposa Igneria, compañera de vida y de jornadas, y en otros tiempos también la ayuda de su hijo Bryand. 

Entre todos han levantado un pequeño templo donde renacen cuatros, guitarras, mandolinas, violines, violas y hasta violonchelos.



Cada pieza sale con acabados finos, madera de alta calidad y una sonoridad limpia que promete larga vida. Para sus mejores trabajos utiliza palo santo en fondos y aros, pino o abeto en la tapa frontal, diapasón de ébano, puentes resistentes y clavijas de precisión.

Conoce cada veta, cada aroma y cada carácter de la madera. También ha sabido unir tradición y modernidad. Se ha especializado en cuatros eléctricos, incorporando micrófonos y afinadores digitales que permiten llevar el instrumento venezolano a nuevos escenarios sin perder su esencia.



Edgar proviene de una familia marcada por el arte. Es hijo de Otilio Miquilena, recordado patrimonio histórico cultural de los estados Zulia y Falcón. En aquella casa la música era parte de la rutina diaria. El patio familiar sirvió de ensayo para numerosos artistas que luego hicieron carrera dentro y fuera del país. “Yo crecí en ese ambiente de música”, recuerda con nostalgia, al igual que cuando evoca los consejos su madre, doña Betty Acedo.

Sus hijos Edgar, Bryand y Dalezka heredaron esa vena artística y participaron en agrupaciones gaiteras infantiles, como Los Parranderitos y Parroquianitos. 

Expresa especial emoción al recordar cuando su hija Dalezka fue reconocida como cantante de gaitas en 2011 con el tema Pura Zulianidad, de José Luis "Condorito" Vargas y Aly Ojeda. Más orgullo sintió al verla cantar acompañada por uno de los cuatros fabricados por sus manos.



El oficio de luthier lo aprendió con el maestro Gerónimo Duque, en Bachaquero. Llegó con intención de comprar un cuatro, pero terminó quedándose como aprendiz. Visitaba a diario el taller de su mentor, donde conoció sobre clasificación de maderas, humedad, curvaturas y secretos del sonido.

Su prueba final fue construir un cuatro desde cero con madera importada que compró en Caracas. Lo presentó ante Gerónimo y sus hijos, quienes serían jueces pero también terminarían juzgados por no aprender el oficio de su padre, como lo hizo este aprendiz sin parentesco.

Aquel instrumento sorprendió por su belleza y calidad. “Cuando vio mi cuatro, se le salieron las lágrimas”, cuenta Edgar. El maestro dijo entonces que podía morir tranquilo, porque alguien continuaría su camino. Aún conserva ese primer cuatro, con el cariño expresado en la foto de su familia, que guarda en la caja armónica.



Tiempo después, enfermo, Gerónimo lo llamó para entregarle materiales, maderas y trabajos inconclusos. Fue una despedida emotiva. Días más tarde falleció, dejando en Edgar una herencia mayor: la responsabilidad de preservar el cuatro venezolano.

Durante años trabajó en la industria petrolera y hoy, ya jubilado, dedica su tiempo completo al taller. Antes de fabricar un instrumento interroga al cliente: qué desea, para qué lo necesita, cuál es su presupuesto. Así entiende que ningún cuatro debe ser igual a otro, porque cada músico tiene su propia voz.



Sus creaciones han viajado a Argentina, México, Estados Unidos, Colombia y Ecuador. Pero él sigue allí, humilde entre virutas y barniz, convencido de que el cuatro tendrá cada vez más presencia en el mundo, afinando con "cambur pintón" la cultura venezolana. 


En cada instrumento que entrega viajan también su padre, su maestro, el amor de su esposa, la alegría de sus hijos y la memoria de un país entero. Porque cuando Edgar Miquilena termina un cuatro, no entrega solo madera y cuerdas: entrega un pedacito de Venezuela hecho canción.






Maestro luthier Gerónimo Duque

Otilio Miquilena

Don Otilio Miquilena


El teatro sigue vivo en Lagunillas

 

Lagunillas, marzo de 2026.-


Como cada año, los artistas del municipio Lagunillas celebraron el Día Mundial del Teatro con una programación de alta calidad, reafirmando a este pueblo como una referencia vital de las artes escénicas en el Zulia. Sobre tablas sencillas pero cargadas de pasión, la escena volvió a latir con fuerza, recordando que el teatro es una necesidad para toda la sociedad. 

El grupo Guerreros del Arte presentó “Khalilgibrando Relatos” y el Colectivo de Teatro Magisterial llevó a escena “Sueños de un Soldado” en la Casa de la Cultura. Por su parte, Tejedores de Sueños estrenó dos propuestas: “Adelita se va a casar” y “Parricidio”, en la sede de la Fundación Alas de Luz.

Como suele ocurrir, la fecha coincidió con la Semana Santa, permitiendo que escuelas e iglesias también se sumaran con viacrucis y representaciones de la crucifixión de Jesús, otra forma ancestral de hacer teatro, donde la fe entra en escena.

Cada montaje, distinto en tono y temática, dejó ver el talento histriónico que caracteriza a Lagunillas, así como el compromiso de sus creadores, quienes, pese a las limitaciones y al escaso apoyo institucional, continúan levantando el telón con dignidad.


Los relatos de Khalil

Bajo la dirección de Robert Silva, el grupo Guerreros del Arte de la Casa de la Cultura Don Otilio Miquilena presentó “Khalilgibrando Relatos”, una dramatización de textos del poeta libanés Gibrán Khalil Gibrán.


Las historias, tomadas de “El Loco” y “El Profeta”, ofrecieron reflexiones profundas sobre la fe, la verdad, el poder y el sentido de la vida. Narraciones sencillas en apariencia, pero con profundidad filosófica, que encontraron en la escena un nuevo aliento.


La puesta en escena, envuelta en una estética de inspiración árabe, se convirtió además en un sutil homenaje al pueblo libanés que hoy atraviesa tiempos difíciles por los ataques e invasión desde Israel.



Destacaron las actuaciones de los jóvenes Fabián Meléndez, Deyken Godoy, Keinnyreth Gabriela Fernández, junto al experimentado Richard Nava y el propio director.


El grito del magisterio

El Colectivo de Teatro Magisterial también hizo gala de su talento con “Sueños de un Soldado”, bajo la dirección de José Quevedo. La obra propuso un recorrido por la historia nacional, tomando como eje la figura del Libertador Simón Bolívar y el Discurso de Angostura de 1819.



Desde allí, se tejieron escenas que evocaron el nacimiento de la República y la riqueza de la cultura popular. En escena, Mayuli Marcano, Diny Gutiérrez, Neoanna Baptista, Carlos Morocoima y José Quevedo dieron vida a un montaje que mezcló palabra, cuerpo y memoria.




El matrimonio de Adelita

La risa también tuvo su espacio con Tejedores de Sueños y la comedia “Adelita se va a casar”. Esta historia costumbrista aborda, con humor y picardía, las presiones sociales que empujan a muchas mujeres a casarse a temprana edad.



El texto, escrito por Luis Gerardo Leal, marca además el debut como directora de Ziury Laguna, quien logra convertir la escena en espejo y martillo: reflejo de la realidad y herramienta para cuestionarla.


Entre rituales, prejuicios y carcajadas cómplices, la obra ofreció una mirada crítica pero ligera, tan necesaria en tiempos de incertidumbre. El elenco joven, integrado por Cristine Nuhlen, Noe Pirela, María Sánchez, Emily Acosta, Natalia Matheus, Franchesca Camacaro y Ángel Guerrero, sostuvo con frescura y energía cada momento.




El pecado del padre

El cierre de la jornada estuvo marcado por la intensidad de “Parricidio”, también de Tejedores de Sueños. Escrita por Luis Gerardo Leal y dirigida por Jhonathan Camacaro, la obra sumergió al público en un drama familiar profundo y perturbador.



La historia explora los traumas que nacen en hogares fracturados: abusos, carencias, violencia y desamor. Una propuesta dura, pero necesaria, que confronta al espectador con las consecuencias de las relaciones paternales fallidas.


Ziury Laguna, Luis Martínez y Jeremy Velásquez asumieron el reto de encarnar personajes complejos, en una puesta que, más allá del dolor, invita a la reflexión sobre el bien, el mal y la posibilidad de redención.


Así, entre risas, silencios y estremecimientos, el teatro volvió a demostrar en Lagunillas que sigue vivo, que respira, crece, evoluciona y supera cualquier obstáculo, formando parte inseparable de este pueblo.

Lagunillas: cien años de petróleo y lucha por su identidad

Luis Gerardo Leal 

Lagunillas, marzo de 2026.-



Este 11 de mayo, Lagunillas arriba oficialmente a su primer siglo de producción petrolera. Cien años han pasado desde aquel 11 de mayo de 1926, cuando se completó la perforación del pozo Lago N° 1 (AGO 0001), un hito que cambió para siempre la historia de esta tierra zuliana y del país.

Según el registro de producción de PDVSA y los memorandos de la época, la historia comenzó un año antes, el 19 de febrero de 1925, cuando la Venezuela Gulf Oil Company decidió ubicar un pozo exploratorio en la parcela Lago. Como referencia, se tomó la esquina suroeste de la iglesia del antiguo pueblo, garantizando que la perforación se mantuviera dentro de los límites establecidos. Aquella decisión marcaría el inicio de una travesía llena de desafíos técnicos y humanos.


La perforación no fue sencilla. Hubo pérdidas de circulación de lodo, fallas en calderas, problemas con válvulas y escasez de insumos. Las lluvias y tormentas retrasaban los trabajos, mientras los obreros, con paciencia y coraje, insistían en arrancarle al subsuelo su secreto más preciado. En septiembre de 1925, a más de dos mil pies de profundidad, aparecieron las primeras arenas de alquitrán. Era la señal de que el petróleo estaba allí.

Años antes, se había descubierto el potencial comercial petrolero de la Costa Oriental del Lago. En 1914, se había activado el icónico pozo Zumaque I (MG 01) en Mene Grande y en 1922 ocurrió el histórico reventón del pozo Barroso II, en Cabimas. 


A pesar de incidentes graves, como la rotura de la tubería de revestimiento en febrero de 1926, los trabajos continuaron. El 11 de mayo, finalmente, el pozo fue completado. Días después, el 18 de mayo, la prueba de producción confirmó el éxito: el pozo fluyó con fuerza, alcanzando más de mil quinientos barriles diarios de crudo pesado de 18,3 grados API. No hubo reventón, no hubo caos. Hubo control, conocimiento y la mano firme de trabajadores que supieron dominar la energía de la tierra.

Así nació la industria petrolera en Lagunillas, impulsando la construcción de tanques, muelles, líneas de carga y toda una infraestructura que transformó el paisaje. Pronto, otras empresas como Standard Oil of California (hoy Chevron Corporation), junto a compañías como la Venezuela Oil Concession (hoy Shell) y la Creole (hoy ExxonMobil), expandieron la explotación en el rico Campo Costanero Bolívar.



Pero antes del petróleo, Lagunillas era otra. Era un pueblo de agua, palafítico, heredero del ancestral Paraute (comunidad indígena añú), donde la vida giraba en torno a la pesca y el intercambio entre pueblos del Lago de Maracaibo. Con el crudo llegó un crecimiento vertiginoso, a veces desordenado, que trajo consigo carreteras, urbanizaciones y campos petroleros. 

Nació Lagunillas en tierra firme, con barrios populares (Turiacas, Parateahi, Altagracia, Tacovén, Tasajeras, Cabeza de Toro, etc,) y los campos residenciales (Alegría, Zulima, Rojo, Bella Vista, El Milagro, Delicias, Carabobo, Terminal, Grande, Puerto Nuevo, Florida, Las Palmas, etc) que evidenciaban profundas diferencias sociales.

El progreso también dejó huellas complejas. La explotación generó subsidencia, un lento hundimiento del suelo que obligó a construir un dique para contener las aguas del lago. A lo largo de las décadas, muchas comunidades han debido reubicarse, dejando atrás espacios cargados de historia.



Hoy, cien años después, Lagunillas sigue siendo un territorio marcado por el petróleo. Con cerca de 300 mil habitantes, gran parte de su población depende directa o indirectamente de esta industria. Desde el histórico pozo AGO-1 (clausurado en 1991) hasta la actualidad, el municipio ha sido fuente constante de energía para Venezuela, incidiendo contundentemente en el desarrollo nacional.

Pero más allá de cifras y barriles, Lagunillas es memoria viva. Es la historia de un pueblo que se reinventó sobre el agua y la tierra, y de una identidad que mezclaba las raíces indígenas añú, los criollos autóctonos, los coreanos, margariteños, andinos, caroreños, así como italianos, españoles, portugueses, holandeses y estadounidenses. 

En este encuentro multicultural, se evidenciaron también flagelos como la discriminación, racismo y exclusión social, donde los trabajadores petroleros de la época eran personas privilegiadas y los extranjeros con poder económico imponían sus costumbres como bandera, invisibilizando a la mayoría de los habitantes del pueblo. 

De ahí que se impusiera un nombre europeo para Ciudad Ojeda (fundada en 1937), apartando los nombres originales. Algo similar ocurrió con la imposición de Santa Lucía como patrona católica municipal, a pesar de la antiquísima Virgen del Paraute, advocación mariana aparecida en 1651.

A cien años de aquel primer pozo, el petróleo sigue latiendo en el subsuelo, pero también en la memoria colectiva de un pueblo que aprendió a crecer entre luces y sombras, con la esperanza intacta de seguir escribiendo su historia.


Fuentes consultadas:

-Documentos oficiales de PDVSA 

-Memorandos de la empresa Venezuela Gulf Oil Company.

-Cronología del Petróleo venezolano, volumen I, de Aníbal Martínez.

Infraestructura petrolera de Venezuela, de Alfredo Cilento Sarli.




Samir Radi y el juego como esperanza

Lagunillas, marzo de 2026.-



En las calles de Las Morochas, municipio Lagunillas, hay un hombre que dibuja rayuelas (avioncitos, pisé) en el suelo, reparte metras (canicas, bolitas), enseña a elaborar volantines (cometas, papagayos) e invita a jugar trompo, como quien profesa una nueva fe. 

Se llama Samir Radi, profesor jubilado de educación física, entrenador deportivo y promotor incansable de los juegos tradicionales venezolanos. Hombre sencillo, de conversación pausada y sabiduría popular incuestionable, Radi habla del juego con la misma seriedad con la que otros hablan del futuro.



Durante treinta años trabajó en la escuela Juan XXIII de Fe y Alegría, donde rompió paradigmas al incorporar los juegos tradicionales en su programa de educación física. En tiempos donde la planificación se centraba casi exclusivamente en disciplinas formales, él apostó por el trompo, la zaranda, las metras y el emboque (perinola, balero).  

“Los juegos tradicionales son parte de nuestra cultura, que permiten desarrollar la motricidad desde niños”, afirma convencido. No lo dice como teoría, sino como experiencia. Cada jornada escolar era para él un laboratorio de aprendizaje donde el desarrollo motriz, cognitivo y social caminaban juntos. Con la práctica diaria, los niños mejoraban el equilibrio, el cálculo de fuerza, la puntería y la paciencia. Aprendían a respetar reglas, a trabajar en equipo y a planificar estrategias.



Incluso defendió juegos poco aceptados en algunas escuelas, como las cartas y el dominó. “Les enseñé a jugar sin vicios, promoviendo estos juegos por los beneficios que aportan en habilidades matemáticas y en la creación de estrategias”, explica.  

Su amor por estas prácticas nació cuando era muy joven, participando en actividades del Centro Cultural y Deportivo Las Morochas (CECUDELMO). Allí entendió que el juego es una herramienta pedagógica poderosa. Más tarde, esa semilla germinó en su carrera docente.



Samir guarda especial cariño por el papagayo, también llamado volantín o cometa. Ha construido decenas, de todos los tamaños y colores, con diferentes mensajes y alegorías. “La elaboración del papagayo exige conocimiento empírico de geometría, creatividad y sentido de pertenencia porque es el único juego donde el niño fabrica su propio juguete, explica. 

Durante su labor como docente organizó doce festivales del volantín en el marco del Día del Padre. Poco a poco fue ganando el respaldo de colegas y representantes, conquistando espacios para estas actividades que hoy recuerda con orgullo.



También habla con entusiasmo del origami. “Construir aviones o barquitos de papel ayuda a comprender las figuras geométricas y a alimentar la imaginación”, dice. 

Radi está convencido de que los niños de hoy se sienten atraídos por estos juegos, aunque le preocupa la crianza de “niños cibernéticos” y el avance del sedentarismo en perjuicio de la salud. Recuerda que la falta de actividad física reduce la calidad y el tiempo de vida. “Con los juegos estamos salvando vidas”, asegura con firmeza.



Promueve además disciplinas como el pimpón, la pelotica de goma, el atletismo y el ajedrez. Cuenta que siendo niño llegó a un campeonato de ajedrez sin saber jugar; aprendió preguntando y terminó ganando. Esa experiencia le mostró que siempre es posible aprender si hay curiosidad y voluntad.

Sueña con una sede para su fundación Las Morochas Presente (LASMOPRE), un movimiento sin fines de lucro que busca formar una nueva generación de deportistas y alejar a los niños de las calles y los malos hábitos. Le preocupa la privatización de las canchas deportivas comunitarias, que limita el acceso de los niños de sectores populares a la práctica deportiva.



Cuando encuentra un piso libre, dibuja una rayuela o avioncito. Observa cómo niños y adultos se animan a saltarla. En esos saltos ve coordinación, equilibrio, cálculo de distancias y compañerismo. Pero también la posibilidad de reconstruir comunidad desde lo sencillo.

Samir Radi enseña a jugar, a convivir, a pensar, a moverse con propósito. En cada trompo que gira, en cada papagayo que se eleva, late su convicción de que el juego es cultura, salud y esperanza. En Las Morochas, su legado ya camina con los niños que juegan sin saber que en cada movimiento están creando un mundo mejor. 





El Oso de San Benito de Las Morochas


Lagunillas, febrero de 2026.-



En el pueblo de Las Morochas, en el municipio Lagunillas, los tambores resuenan con fuerza en honor a San Benito de Palermo, una fervorosa devoción que une a la comunidad con una carga de historia, identidad y espiritualidad. 

Esta tradición, patrimonio cultural del estado Zulia, se mantiene gracias a personalidades como Carlos “Oso” Gutiérrez, primer capitán de los Vasallos de las Morochas, defensor de esta manifestación y formador de varias generaciones de chimbagueleros. 



 Trabajador petrolero y zapatero por vocación, Oso Gutiérrez es también un devoto del “Santo Negro” que lleva la fe en la sangre. Ha dedicado buena parte de su vida a mantener viva una herencia espiritual y cultural que supera el siglo de historia. Desde el año 2000 asumió la responsabilidad de conducir a los Vasallos de San Benito de Las Morochas, un grupo nacido en la antigua Lagunillas de Agua y fundado por la familia Estrada, cuyos ecos todavía resuenan en cada toque de tambor.

Entre las reliquias más preciadas que resguarda el grupo está la imagen centenaria del santo, salvada milagrosamente del incendio que consumió el pueblo palafítico en 1939. Esa figura, marcada por el tiempo, representa la historia y el valor de estos vasallos, ícono de la cultura del municipio. 



Oso recuerda con respeto a quienes abrieron el camino. Nombra a José del Carmen Estrada, “Checame”, quien durante años fue primer capitán del grupo. También evoca a Luis “Totillo” Bencomo, defensor incansable de la cultura popular, cuyo ejemplo sigue iluminando a muchos cultores del municipio. Son nombres que para él viven en cada toque, en cada canto, en cada promesa cumplida.

“Es una devoción inculcada por mis padres”, afirma recordando a su progenitor, Andrés Gutiérrez, quien fue un vasallo ejemplar y cuya memoria honra incluso en el nombre de una de las escuelas de chimbangueles que ha impulsado. 



En más de dos décadas de liderazgo ha organizado veinticuatro encuentros de chimbangueles en Las Morochas y ha llevado a sus vasallos a participar en innumerables celebraciones culturales en distintos rincones del país, siendo recibidos con respeto y admiración. 

El grupo está integrado por veinticuatro personas, entre ellas cuatro mujeres, y mantiene una estructura tradicional que refleja la organización de los antiguos vasallos: el primer capitán como máxima autoridad, el mayordomo encargado de coordinar a los participantes, el capitán de plaza responsable de las rutas y espacios de los toques, además de músicos, cantores y respondones. Los tambores que dan vida a la celebración incluyen el arriero o tambor mayor, tres requintas, el medio golpe y las voces que entonan las letanías.



Cuando suenan los toques de Ajé, Cantica, Chimbanguelero vaya, Misericordia Señor, Al Chocho o San Gorongome, el pueblo entero parece moverse al ritmo de una memoria antigua.  

En Las Morochas, los vasallos suelen sumar más tambores de lo habitual para lograr un sonido más potente y profundo, una marca propia que distingue su forma de honrar al santo. La procesión se vuelve entonces un río de fe donde conviven el fervor religioso, el baile ritual y la alegría compartida.



La tradición de San Benito, presente también en los estados Trujillo y Mérida, nació del encuentro entre dos mundos. Del catolicismo llegaron las misas, las procesiones y las promesas; de África, los tambores, los cantos responsoriales y el espíritu festivo de una espiritualidad que sobrevivió al dolor de la esclavitud. 

En esa mezcla se reconocen también ecos de deidades como Changó, símbolo de fuerza y tambor en la tradición yoruba. Todo esto combinado en una manifestación formada del sincretismo religioso.



Las celebraciones principales se realizan cada 27 de diciembre y el 6 de enero, cuando las calles se llenan de música, baile y fervor. Son días en que Las Morochas se transforma en un escenario de devoción multitudinaria donde cada golpe de tambor parece despertar la memoria colectiva.

Con los años, Oso Gutiérrez también ha promovido cambios dentro de la celebración. Uno de los más significativos ha sido erradicar la costumbre de arrojar ron a la imagen del santo, una práctica que en otros tiempos simbolizaba la ofrenda del fruto del trabajo en los cañaverales. Para él, el respeto a la imagen debe prevalecer sobre cualquier gesto que pueda desvirtuar la esencia espiritual de la devoción.



Quienes lo conocen hablan de un hombre sencillo, de carácter firme y mirada franca. Pero también destacan su vocación social y su manera casi paternal de guiar a los jóvenes que aprenden el arte del tambor. Ha creado varias escuelas de chimbangueles —entre ellas la Fundación San Benito de Las Morochas, Servidores del Paraute y la escuela Mamá Rosa— con la esperanza de que las nuevas generaciones continúen el camino.

Admira profundamente al cantor popular Alí Primera, a quien recuerda por su visita al pueblo y por su capacidad de cantar la vida de la gente sencilla. Quizás por eso Oso siente que la tradición sanbenitera también es una forma de cantar al pueblo.



“Ser primer capitán es un orgullo y una gran responsabilidad”, dice. En su voz no hay arrogancia, sino compromiso. Sabe que la tradición no pertenece a un solo hombre, sino a toda una comunidad que la sostiene con fe y memoria.

Su mayor sueño es que los muchachos que hoy aprenden a tocar los chimbangueles sigan llevando esta devoción con respeto, amor y unidad. Que el tambor no se apague. Que la promesa continúe.

Mientras tanto, cada vez que el arriero marca el primer golpe y la procesión avanza entre cantos, Carlos “Oso” Gutiérrez vuelve a confirmar que la devoción a San Benito más que una tradición, es una forma de vivir.





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