EL PUEBLO MÁGICO QUE TE ABRAZA. 45 años del Movimiento Cultural Los Arangues

 

Luis Gerardo Leal

Lagunillas, septiembre de 2026.-


Los Arangues, ese poblado sereno del municipio Torres en el árido suelo larense, nos llama cada año a su encuentro de culturas. Afortunadamente, pudimos atender el llamado que implica un reto logístico y económico, pero que como muchos cultores del país, asumimos con valentía.

Cada año, al despuntar el primer fin de semana de septiembre, este rincón bendecido por el viento del semiárido deja de ser una pequeña coordenada campesina para transformarse en el epicentro de la cultura popular más viva, pura y resistente de Venezuela. 

No se llega a Los Arangues como un turista común. Desde semanas antes, habiendo recibido la invitación de los organizadores, la travesía se prepara como una expedición hacia otro mundo: carpas, hamacas, utensilios, ropa ligera, comida compartida y las herramientas del arte —tambores, faldas, marionetas y versos— se empacan con el ritual de una peregrinación.

Este 2026 no era cualquier encuentro. Del 3 al 6 de septiembre, el Movimiento Cultural y Campesino Los Arangues celebraba nada menos que su 45 aniversario. Una epopeya comunitaria que nació en 1981, cuando el fervor campesino se organizó alrededor de la defensa de la tierra, la lucha por el agua y la urgencia de rescatar la memoria ancestral de las garras del olvido y del latifundio.

 

Día 1: La marcha del fuego y la sombra del árbol de mango

Partimos muy temprano el jueves 3 de septiembre en transporte público, desde Lagunillas, llevando más equipaje del que podíamos cargar. Entre carretera y carretera, la memoria colectiva desempolvaba anécdotas de viajes anteriores, inflando las expectativas para la aventura que se avecinaba. 

 

Al llegar a Carora, nos recibió un ventarrón inusual, un remolino terroso que parecía arrastrar los chivos y que nos envolvió en polvo como dándonos un bautizo seco. De allí, abordamos el último tramo: solo 20 kilómetros para adentrarnos en Los Arangues. 

 

El pueblo nos recibió tal como vive en el recuerdo: inmune al vértigo urbano moderno, tranquilo, caluroso, detenido en el tiempo y con esa amabilidad infinita de su gente, que saluda amablemente como si nos conocieran de toda la vida. 

 

"Bienvenido, patrón", soltó con una sonrisa un hombre del pueblo, y acto seguido, con una generosidad desarmante, nos regaló una bolsa con víveres sin pedir absolutamente nada a cambio.

 

Caminamos sobre calles de arena suave hasta llegar a nuestro hogar temporal: la humilde vivienda de Luis Domoromo. Más que un anfitrión, Luis se ha convertido en nuestro padre por cuatro días cada año desde 2014. Armamos nuestro campamento en el patio, bajo la sombra protectora de un inmenso y hermoso árbol de mango. Colgamos las hamacas, encendimos el fogón de leña para preparar la primera comida colectiva y salimos a recorrer los alrededores. 

 

En cada patio vecino la escena se repite: campamentos de artistas y cultores de todo el país organizándose para ensayar, comer y convivir en comunión con sus familias receptoras. De pronto, el silencio de la tarde se rompió con el estallido colorido de los fuegos artificiales. Desde la entrada del pueblo venía avanzando la antorcha, símbolo de la energía popular encendida, transportada por glorias deportivas locales. 

 

A su paso, las familias salían de sus casas y la marcha se agigantaba, convirtiéndose en un torrente humano unido por el mismo pulso de amor. El destino final de la marea era "La Pista", el espacio dispuesto para las presentaciones. Nos acomodamos de primeros para garantizar la mejor visual, listos para registrar cada segundo y cumplir de la mejor manera nuestro oficio periodístico, una tarea nada fácil entre la multitud apretada y emocionada.

 

Era notorio que este 2026 registró una afluencia ligeramente menor de visitantes que en ediciones anteriores, quizás por las sombras de incertidumbre que atraviesan al país; pero el calor de los presentes suplía cualquier ausencia.

 

Tras el colorido desfile de las agrupaciones —un abrebocas donde cada delegación mostraba su estampa—, dio inicio la fiesta de las artes. Danza, teatro, títeres y música se sucedieron en un despliegue apasionado. Aquí nadie compite; no hay jurados ni trofeos. Todos comparten. La Pista es un aula viva para el intercambio de saberes. 

 

Nos deleitamos con la impecable investigación coreográfica de JRoch, la vibrante energía de Casa Juba, la fuerza telúrica de Yaradanz, la elegancia estilizada de Danzas Violeta, la espontaneidad contagiosa de Juventud Teatral, la belleza visual de Danzas Ezequiel Quintero y la maestría criolla de Senderos de Apure. 

 

Párrafo aparte merece la encomiable delegación del estado Portuguesa, con agrupaciones que se funden año tras año en una sola fuerza artística: Danzas América, Mis Raíces, Las Abuelas de Girasol y El Maravilloso Mundo de los Títeres.

 

Sentado sobre el suelo, en primera fila, sentí el privilegio absoluto del cronista: ni un solo paso de baile, ni una palabra, ni una nota musical se me escapaba. Como dicta la hermosa tradición de cada noche, se elevó al cielo un globo de papel artesanal en señal de gratitud. Esta vez, la nave de papel y fuego llevó un matiz profundamente sobrecogedor: rindió tributo a las víctimas de los dolorosos terremotos que azotaron al país el pasado mes de junio.

 

Mientras el globo se alejaba en la profundidad del cielo estrellado, el pueblo entero permaneció en un silencio místico. Estoy seguro de que en esa penumbra cada quien musitaba una oración o una promesa, entregándole sus ruegos a Dios a través de ese mensajero de papel. Yo también lo hice.

 

Aunque la programación en escena concluyó más temprano que de costumbre, la noche se extendió en una entrañable fiesta comunitaria donde todos bailamos sin prejuicios y con alegría. La madrugada sobrevino fría y oscura. Al alejarse de La Pista, el pueblo recuperaba un silencio tan denso y misterioso que parecía el escenario de una película de suspenso. Llegamos al campamento para buscar refugio en la hamaca y arañar unas pocas horas de sueño. La aventura apenas comenzaba.

 

Día 2: El sabor de la tierra y el retumbo del cuero

La mañana del viernes nació al calor del fogón. Me correspondió la tarea de preparar las arepas en las brasas de leña, acompañadas con los cremosos aguacates que nuestro anfitrión cosechó en su propio patio.

 

Con las energías renovadas, fuimos al encuentro de los talleres de formación. Aunque este año la oferta de saberes fue más reducida, la calidad humana desbordó las expectativas: muñequería tradicional, juguetes artesanales y primeros auxilios. Quedamos deslumbrados con la sabiduría popular del señor Franklin Vivas al explicarnos la elaboración de sus sueros artesanales, su siembra de limones y su carrera de músico en grandes orquestas.

 

El sofocante calor larense pasó a segundo plano ante la intensidad de la jornada. En cada rincón se veía a los grupos ensayar, cruzando lenguajes y fusionando coreografías a la sombra de los árboles, mientras probábamos los refrescantes helados de mamón y las delicias culinarias del chivo: asado, en sopa y en sabrosas asaduras.

 

Al caer la noche, La Pista volvió a encenderse con la segunda velada artística. Esta vez, el protagonismo absoluto lo tomó el tambor en vivo. Cueros venidos de distintas regiones retumbaron con estilos diversos pero con una sola llama ancestral que hizo arder al público. Miles de personas terminaron envueltas en gigantescas ruedas de baile donde la gente entraba, se contoneaba y celebraba la vida sin descanso.

 

La noche ofreció más danzas, teatro y títeres, pero el instante culminante fue una conmovedora performance dedicada al dolor de los recientes terremotos. Juventud Teatral, JRoch y Danzas Ezequiel Quintero unieron sus talentos para escenificar la tragedia vivida por el país, dejando flotando en el aire una verdad sanadora: solo el amor, la empatía y la solidaridad podrán reconstruir lo que la tierra sacuda. Suspiramos, secamos las lágrimas y continuamos disfrutando.

 

La fiesta se alargó hasta bien entrada la madrugada, devolviéndonos una vez más por el sombrío y fresco camino de regreso a la casa de Luis.

 


Día 3: Memoria indígena, sones de negro y la noche interminable

El sábado despuntó como el día de mayor densidad espiritual y comunal. Tras el acostumbrado desayuno de fogón, emprendimos la caminata y subida al cerro Santo Domingo. No es un simple paseo de senderismo; es un acto de reconexión con la naturaleza y con nuestros ancestros indígenas.

 

Rodeados de rituales de fuego y palabras sagradas, la cosmovisión originaria se hizo tangible. Allí nos explicaron que esas lomas fueron territorio de asentamiento y resistencia de los indígenas Achaguas (de la gran familia Arawak), un foco histórico de dignidad cuyas vibraciones aún resuenan en la brisa.

Al descender del cerro, la historia viva nos esperaba en el Museo Arqueológico Comunitario Alfredo Almeida. Este espacio —gestionado y protegido por la propia comunidad— resguarda las vasijas de arcilla, las herramientas líticas, las piezas cerámicas y los adornos funerarios de las civilizaciones precoloniales encontradas en la zona. Los jóvenes guías comunitarios, convertidos en verdaderos maestros-pueblo, nos condujeron por las salas de exhibición con una pedagogía amorosa que le devuelve la dignidad a la arqueología popular.

 

Hacia el mediodía, tras deleitarnos con una reconfortante sopa de cabeza de cochino, un repique distante de cueros nos hizo aguzar el oído. Se trataba del grupo Sabor a Pueblo, que improvisaba un toque en el patio de una vivienda. Nos dejamos llevar por el retumbo del tambor, esa música que junto a la gaita zuliana y el joropo constituye la cédula de identidad sonora de nuestra venezolanidad.  

 

Apenas se apagó el tambor, nos trasladamos a la celebración de otra manifestación sagrada de la larensidad: el Tamunangue o Sones de Negro. Por tradición en este encuentro, los sones se ejecutan los domingos, pero este año los tamunangueros decidieron reunirse la tarde del sábado para ofrecer sus bailes y salves en memoria de los familiares y cultores fallecidos recientemente.

 

Ubicado en primera fila, fui testigo de la liturgia completa: desde la elegancia ritual de La Batalla —donde las varas de madera se cruzan en un esgrima sagrado en honor a San Antonio— pasando por la alegría de La Bella, El Yiyivamos, El Juruminga y La Perrendenga, hasta culminar en la complejidad geométrica y festiva del Seis Figureado. Una experiencia estética e identitaria que todo venezolano debería vivir al menos una vez en la vida.

 

Mientras el polvo se levantaba bajo las alpargatas y las mujeres desplegaban el vuelo de sus faldas, compartimos impresiones con el profesor Fernando Ocando, cuya generosa experiencia en el arte de la danza nos sirvió de guía para descifrar cada gesto y cada paso del Tamunangue.

 

Para la tercera noche en La Pista, la fraternidad ya era total. Los vecinos me saludaban como a un hijo del pueblo: me reservaron un puesto de honor frente al escenario, alejaban cariñosamente a los perros callejeros para no arruinar las tomas de video y organizaban a los niños para que no interrumpieran el registro periodístico.

 

Las manifestaciones se sucedieron como una ráfaga multicolor: de la irreverente Sardina trujillana a la finura musical de Al Son de Carora; del joropo recio apureño al suave polo margariteño; del ritmo contagioso del calipso a la calidez de la parranda. Pasaron por escena las agrupaciones Uyama, La Taguara Cultural, Danzas Terepaima, Negros, Canto y Ritmo, Trabuco Tambor y Tambores de San Biyán.

Día 4: El despecho de la partida y la promesa del retorno

El domingo trajo consigo la inevitable melancolía del cierre. Aunque la programación continuaba durante la noche para los locales, para muchas delegaciones —incluida la nuestra— la mañana marcaba el punto final. Había que recoger el campamento, desarmar las hamacas y emprender el viaje de regreso a la cotidianidad, dejando atrás la atmósfera mágica de Los Arangues.

 

Nos asaltó ese despecho que traen las despedidas. Caminamos despacio hacia la salida del pueblo, mirando hacia atrás a cada tanto, agradeciendo en silencio todo lo que este rincón campesino nos regaló durante cuatro días intensos de casi nada de sueño y un derroche absoluto de vida. Esto no fue un paseo turístico; fue una inmersión profunda en la reserva moral y cultural de Venezuela.

 

Volvemos distintos. Nadie que pise esta tierra mágica regresa siendo el mismo. Atesoramos nuevos rostros, saberes ancestrales y sensaciones que no caben en los cuadernos de notas. Mientras el autobús avanzaba por la carretera Panamericana alejándose del municipio Torres, ya empezábamos a planificar el viaje del próximo año. Porque la lección es clara: nosotros tenemos que marcharnos, pero Los Arangues se queda para siempre a vivir dentro de nosotros.

 

El Movimiento Cultural Los Arangues: 45 años de soberanía y resistencia ancestral

Para comprender la magnitud de lo vivido durante este aniversario, es preciso mirar la historia profunda de este fenómeno comunal. Nacido formalmente en 1981, el Movimiento Cultural y Campesino Los Arangues representa uno de los procesos de organización popular y resistencia folclórica más emblemáticos de Venezuela.

 

El movimiento no surgió por mera recreación artística, sino como una necesidad histórica de salvaguardar las tradiciones campesinas frente al olvido, el éxodo rural y los embates de la transculturalización. Campesinos, cultores, docentes, agricultores y músicos de la cuenca del río Sicarigua unieron sus fuerzas para dignificar el trabajo de la tierra y reivindicar la raíz afroindígena del territorio.

 

Uno de sus hitos más gloriosos ocurrió entre 1984 y 1986. De la mano del recordado antropólogo Alfredo Almeida y con el respaldo del Museo Antropológico de Quíbor, los pobladores descubrieron en las laderas del cerro Santo Domingo un tesoro arqueológico de tiestos y piezas cerámicas pertenecientes a la etnia Achagua.

 

Ese hallazgo no fue solo científico; fue una poderosa herramienta política e identitaria: los campesinos comprendieron que la tierra que habitaban no pertenecía a los antiguos terratenientes de la hacienda local, sino que era territorio ancestral de sus antepasados indígenas.

 

La lucha comunitaria logró decretos patrimoniales y la restitución del orgullo campesino. De allí germinó el Museo Antropológico Comunitario Alfredo Almeida, un espacio gestionado sin burocracia por el mismo pueblo para custodiar su historia prehispánica.

 

Celebrar un aniversario en Los Arangues no es rendir un culto protocolar al calendario. Es un ejercicio de soberanía cultural, alimentaria, paz y convivencia. Durante el encuentro, el pueblo entero se despoja de la condición de espectador pasivo para convertirse en anfitrión activo.

 

La suma de debates sobre la tierra, muestras de semillas locales, gastronomía tradicional, talleres artesanales y noches de música y tambor demuestra que la memoria histórica y el arte popular no son piezas estáticas de museo, sino el motor más poderoso para unir a un país y mantener de pie la dignidad de un pueblo.


PUBLICACIONES ANTERIORES:

¿Qué es Los Arangues?


Coquivacoa y el error histórico en el lago de Maracaibo


Lagunillas, septiembre de 2026.-

Para los zulianos es común referirse al lago de Maracaibo como Coquivacoa (o Coquibacoa) porque así lo han nombrado por casi dos siglos. Pero atribuir el nombre de Coquivacoa al majestuoso estuario constituye un inocente, pero contundente, error histórico y geográfico. Intentaremos explicar este caso, aunque esto puedo ofender a más de un regionalista empedernido.



Coquivacoa es un término geográfico que se refiere a la zona árida del norte de Sudamérica, es decir la zona costera de los estados Falcón y Zulia de Venezuela y el departamento de la Guajira en Colombia. Esta extensa franja de tierra se caracteriza por ser semi desértica, con poca lluvia anual, la presencia de plantas de cují y diversas especies de cactus.

El vocablo pertenece a las lenguas originarias de la familia lingüística arawak (caquetíos y wayuu) que poblaban la zona en cuestión. Su significado filológico alude a un "lugar de piedras" o "costa pedregosa", descripción que se ajusta a la geografía litoral de la Península de La Guajira y no a las riberas del cuenco lacustre.


Cautivado por este litoral, el invasor español Alonso de Ojeda obtuvo en 1501 la capitulación real para crear la Gobernación de Coquivacoa. El 3 de mayo de 1502, Ojeda fundó el poblado de Santa Cruz en Bahía Honda, en La Guajira, consagrándose como el primer asentamiento español en la masa continental de América del Sur.

Aunque la colonia tuvo una existencia efímera de apenas unos meses, el topónimo bautizó formalmente las tierras y aguas del golfo. Con el correr de los siglos, la cartografía tomó rumbos diferentes. Mientras en Venezuela predomina el término Golfo de Venezuela, la diplomacia y cartografía de Colombia emplean la denominación Golfo de Coquivacoa para referirse a este mismo espacio marino compartido entre La Guajira y Paraguaná, apoyándose en la nomenclatura prehispánica y colonial para resaltar la condición binacional del área.


¿Cómo llegó entonces el nombre a confundirse con el Lago de Maracaibo? La trasposición germinó a finales del siglo XIX gracias al romanticismo literario de publicaciones como El Zulia Ilustrado, y se arraigó en el siglo XX mediante la difusión folclórica.

Pero las crónicas primarias son claras: los pueblos autóctonos del lago, como los añú y los zaparas, jamás llamaron Coquivacoa a su cuerpo de agua dulce. Existen investigaciones, como las del historiador Yldefonso Finol, que aseguran que la palabra Maracaibo (o una versión fonéticamente similar) ya existía cuando llegaron los europeos. Estos designaron al lago inicialmente como San Bartolomé o Nuestra Señora, pero el nombre original pudo sobrevivir.


Coquivacoa siempre perteneció al golfo exterior y a la fachada marítima caribeña, por lo que el uso de Coquivacoa como nombre alterno del lago es un error histórico que se mantiene en la literatura, en la gaita y en discursos.

Pero, ¿Qué pueden hacer los zulianos para enmendar esta confusión sin perder su identidad? La respuesta yace en la educación pedagógica y la divulgación cultural. Las escuelas e instituciones del Zulia tienen la oportunidad de actualizar sus programas de historia regional para enseñar la verdadera toponimia aborigen. 

Asimismo, los cronistas y medios pueden promover foros y contenidos que expliquen el origen del vocablo. Cantar a Coquivacoa en la gaita forma parte del acervo poético zuliano, pero saber que el gran lago es Maracaibo y que Coquivacoa es el golfo ancestral es el mayor tributo a la verdad de sus raíces.

  


INFORMACIÓN DE INTERÉS

-Coquivacoa según Wikipedia

-El Golfo según La Guía 2000

-Gobernación de Coquivacoa de 1501

El encanto de los Duendes (relato)

 

Luis Gerardo Leal

Lagunillas, junio de 2026.-


​​Obdulio nunca creyó en los cuentos de sus abuelos. Era un hombre rústico, moldeado por el sol del conuco y la terquedad de la cabra, en San Luis, un pueblo escondido en plena Sierra de Falcón. Tenía tres hijos de 2, 4 y 6 años, a los que alimentaba y vestía por pura obligación, pero a los que jamás les otorgó un abrazo, una palabra tierna o el derecho de llevar su apellido. A Matilde no la consideraba su esposa, sino la madre de los niños, su mujer y la señora de casa, aunque tal vez no llegara a los 30 años

Desde niño escuchó las narraciones de los duendes, misteriosos dueños y protectores del agua limpia en los montes, hombres del tamaño de un niño, pero con el rostro surcado de arrugas como abuelos antiguos. Visten de naturaleza, se cubren con sombreros de paja y caminan apoyados en varas de madera, vigilando silenciosamente que nadie profane lagunas, pozos, estanques, ríos y quebradas.

​Aquel año de desdichas, las lluvias ahogaron sus siembras de melón, ñame, ocumo y maíz. Con la preocupación royéndole los pensamientos, Obdulio decidió adentrarse en lo más tupido del monte. Iba con hambre de cazador, buscando un báquiro, un picure o un cachicamo que pudiera vender para superar la mala racha.

​Caminó esquivando las veredas conocidas, abriéndose paso entre el barro y las ramas secas. Al mediodía, cuando el calor se vuelve una manta pesada que se pega a la piel, el monte pareció abrirse para ofrecerle un descanso: un pozo de aguas oscuras y quietas.

​Obdulio se sentó en la orilla. Encendió una fogata y puso a asar unos topochos verdes con todo y cáscara. Comió con avidez, acompañando el bocado con queso de cabra y unos tragos de cocuy que llevaba en su totuma. Luego, encendió un tabaco. El humo comenzó a danzar entre los árboles, pero bajo esa paz edénica, Obdulio sintió un escalofrío, la incómoda certeza de estar siendo observado por miles de ojos invisibles.

​Sin darle importancia, se preparó para marchar. Lanzó las sobras de su comida al agua cristalina y, con desdén, dejó la fogata encendida, lamiendo la madera.

​Al dar los primeros pasos, el monte cambió de tono. Detrás de él, un eco exacto repetía sus pisadas. Si él avanzaba, el suelo crujía a sus espaldas; si se detenía, el silencio era absoluto. Con la escopeta en mano, Obdulio intentó burlar al acosador jugando con el ritmo de su marcha.

​-Uno, uno... dos, dos... tres, tres...

​El bosque se aclaraba, pero la compañía invisible seguía allí.

​-Nueve, nueve... diez...

​Obdulio giró sobre sus talones de golpe y disparó al aire. El estruendo rompió la calma y una bandada de pájaros huyó despavorida. No había nadie. Sin embargo, el crujido de la paja, las tunas y las pringamozas delató un galope de pasos que comenzó a rodearlo en círculos concéntricos.

​Antes de que pudiera recargar, un peso rudo y pequeño cayó sobre su lomo, apretándole el cuello con fuerza. Luego, otro bulto se aferró a su pierna, otro a sus brazos, obligándolo a soltar el arma. Eran ellos. Hombrecitos cubiertos de lianas y hojas, con sombreros de fibra seca.

​La musculatura de la que Obdulio tanto alardeaba no sirvió de nada ante la fuerza telúrica de aquellos seres. Lo derribaron boca abajo contra el suelo. En un último arranque de orgullo, Obdulio logró asir a uno por la nuca y lanzarlo lejos, pero los otros tres lo sometieron de nuevo bajo sus manos pequeñas y duras. No hablaban, solo emitían un murmullo ininteligible, como el viento colándose por las grietas de la piedra.

​Entonces comenzó el castigo. Obdulio sintió que la tierra se volvía blanda y lo engullía, la presión ejercida por sus captores lo hundía en una especie de arenas movedizas que lo empujaban hacia el fondo. El polvo entró en su boca y en sus narices, la oscuridad lo cubrió por completo. Se sintió morir, tragado por las entrañas de la Sierra.

​Pero la muerte no llegó. De repente, una brisa fresca golpeó su rostro. Abrió los ojos y se descubrió solo, tendido sobre un césped de un verde irreal. El cielo era azul y luminoso, pero no había sol. A unos metros, una pequeña cascada vertía hilos de plata en una laguna cristalina. Era un paraíso solitario.

​Recordó entonces, con una puntada de temor, los relatos de los abuelos que siempre consideró "cosas de viejos para asustar". Murmuró la advertencia de los viejos: “Si dañas el ambiente, ellos te castigarán”.

​Buscando una salida de aquel limbo, Obdulio vio una bandada de golondrinas cruzar el cielo. Caminó en esa dirección. Marchó durante largo rato, pero se topó de nuevo con la misma cascada y la misma laguna. Corrió en dirección contraria, corrió en línea recta, siguió el curso de la quebrada, marcó el camino... pero todo intento lo devolvía al punto de partida. En ese lugar, el tiempo estaba congelado; no había cansancio, no había sed, no atardecía. Los caminos solo iban del punto A al punto A. Y Obdulio se esforzaba por comprender su situación.

​Desesperado, se sentó en una roca. Buscó en su bolsillo y encontró su tabaco. Con el último fósforo que le quedaba, lo encendió, tratando de recobrar la calma.

​Fue su peor error. En aquel cubículo de ensueño, el humo blanco no se disipó. Se quedó suspendido en el aire, espeso y gris, extendiéndose como una plaga. De pronto, la soledad se rompió. Desde los rincones invisibles del prado, comenzó a escucharse una tos seca, múltiple, que aumentaba en intensidad. Decenas, cientos de gargantas invisibles tosían ahogadas por el humo que él había provocado.

​Aturdido y asustado por el coro de espasmos que aumentaba en todas las direcciones, Obdulio se lanzó a la laguna buscando refugio. Pero su cuerpo se hundió como un plomo. Sus brazos no lograron elevarlo y comenzó a descender hacia un abismo sin fondo hasta que perdió la consciencia.

​Un golpe de aire frío en los pulmones lo devolvió a la vida. Despertó tiritando, empapado de pies a cabeza. Era de noche. A su alrededor reconoció el pozo oscuro donde había comido antes del ataque. No estaban los restos de los topochos, ni la totuma o la fogata.

​El terror activó su adrenalina. Corrió colina abajo, tropezando con los matorrales, temiendo que la bajada fuera otro círculo eterno de los duendes. Solo cuando vio las luces titilantes de San Luis en el fondo del valle, el aire regresó a su pecho. Sin embargo, al pisar el camino de los viajeros, sintió un cansancio atroz, una pesadez en las piernas y una dificultad para respirar que nunca antes había padecido.

​Llegó a su hogar buscando a su padre, pero solo encontró ruinas. Su casa estaba deshabitada y el conuco que con tanto esmero cultivó se había convertido en un matorral espeso, devorado por el olvido.

​ Era medianoche, cuando decidió caminar hacia la casa de la mujer que alguna vez llamó suya. La vivienda parecía la misma, pero a la vez distinta.

​—¡Matilde! —gritó con un hilo de voz desde el portón.

​Una luz se encendió en el interior. Tras un murmullo de voces extrañas y desconfiadas, la puerta se abrió tímidamente. Salió una anciana de andar pausado, con el rostro labrado por los años y las penas, escoltada por tres hombres corpulentos.

​La anciana se acercó al portón, entornando los ojos para enfocar la vista bajo la luz de la luna. Miró minuciosamente aquel rostro cansado, incapaz de dar crédito a lo que veía.

​—¿Obdulio?... —preguntó la anciana, con una voz gastada por años de súplicas y rezos, aunque para él, solo fue una tarde.


​FIN


--Relato basado en las narraciones orales de Victoreano Camacaro­­­­--



Abuelas que bailan con pasión


Lagunillas, mayo de 2026.-


La silenciosa expectativa se rompió con un estruendoso aplauso cuando un grupo de abuelas apareció en escena. Vestían largas faldas, blusas blancas y pañuelos que se agitaban al ritmo de la gaita de tambora. Sus pasos firmes formaban cadenas humanas que se armaban y desarmaban entre sonrisas, mientras el público observaba con emoción a aquellas mujeres que, lejos de rendirse ante los años, habían decidido cumplir un sueño pendiente: bailar.

Son las integrantes del grupo de danzas Viva Venezuela del municipio Lagunillas, mujeres de la tercera edad que encontraron en el arte una nueva forma de vivir. Algunas superan los setenta años. Otras enfrentan dolores en las piernas, cansancio o achaques propios de la edad. Sin embargo, cuando comienza la música, todo parece desaparecer detrás del brillo de sus ojos.

En pocos meses de fundado, el grupo ya ha presentado gaitas de tambora, joropos y merengues caraqueños. Pero sus sueños no se detienen allí. Su meta es recorrer todos los bailes tradicionales venezolanos y demostrar que nunca es tarde para enamorarse de la danza.

Muestran sus canas y sus arrugas con orgullo, como medallas entregadas por la vida. Son mujeres que crecieron criando hijos, levantando hogares y enfrentando dificultades, muchas veces dejando sus propios sueños para después. Ahora decidieron regalarse tiempo para ellas mismas.

El grupo es dirigido por Enis Quevedo, docente y defensora de la cultura popular venezolana, quien ha dedicado gran parte de su vida a promover el arte en espacios educativos y comunitarios. "Siempre he tenido pasión por la danza y pensé en darle esta oportunidad a otras señoras, porque sé que cada una lleva ese gusanito artístico por dentro", afirma.

Quevedo rechaza la idea de que la edad sea un impedimento para bailar. "Aquí hay personas de 30, 40, 50, 60 y hasta 78 años. Me emociona verlas maquilladas, con sus vestuarios, mientras sus hijos y nietos vienen a aplaudirlas. Nunca es tarde cuando la dicha llega", dice con orgullo.

También lamenta que algunas personas consideren ridículo bailar después de cierta edad. "Eso es falso. Tenemos derecho a disfrutar la vida siempre. Yo por ejemplo, solo me acuerdo de mi edad cuando me la preguntan".

Uno de los rostros más admirados del grupo es Gladys Josefina Sánchez viuda de Salazar, de 76 años, madre de cuatro hijos y abuela de diez nietos. Pronuncia su nombre completo con dignidad y elegancia. Cuenta que el baile le recuerda los años felices junto a su esposo, con quien compartió muchas pistas de baile. "Bailar sirve para desestresarnos, salir de la casa, maquillarnos, compartir y hacer amistades. Aquí la pasamos divino", asegura sonriente.

También destaca Divina Uristieta, de 65 años y diez nietos, quien considera que el grupo representa una oportunidad para mantenerse activa física y emocionalmente. "Es mejor venir a bailar que quedarse en casa sedentaria viendo televisión o atrapada en las redes sociales. Bailar me hace feliz", sentencia.

Para Marielena Marín, de 62 años, la danza alimenta el alma. "Aquí me río, hablo, comparto y me siento viva. Hasta me gusta cuando la profesora nos regaña porque nos despabila", comenta entre carcajadas.

Por su parte, Marisela Álvarez regresó a la danza después de más de cuarenta años dedicada a sus hijos y nietos. En la presentación del Día de las Madres volvió a sentir los nervios del escenario y confirmó que la pasión nunca envejece. "Demostré que nunca es tarde para hacer lo que te apasiona, porque la edad no es un impedimento", asegura. 



Más allá del espectáculo, estas mujeres ofrecen un ejemplo admirable. La danza fortalece músculos, mejora el equilibrio, protege la densidad ósea y beneficia el sistema cardiovascular. También libera endorfinas y oxitocina, ayudando a combatir la depresión, elevar la autoestima y fortalecer la salud mental.


Pero quizá el mayor beneficio sea invisible: sentirse útiles, queridas y capaces de seguir soñando. Su derroche de ternura, belleza y talento es recompensado con un emotivo aplauso, un abrazo y una lágrima. Sus presentaciones resultan tan emotivas que ahora son las abuelas las que reciben las bendiciones de sus nietos. 


Cuando bailan, estas abuelas desafían prejuicios, derrotan la tristeza y le recuerdan al mundo que la vida no termina con las canas, porque mientras exista música, ganas de reír y fuerzas para hacer un faldeo, siempre habrá razones para seguir danzando.




Edgar Miquilena fabrica y defiende el cuatro venezolano

Lagunillas, abril de 2026.-



En el barrio Libertad del municipio Lagunillas hay un taller que es un santuario para el cuatro venezolano. Allí trabaja Edgar Miquilena, luthier nacido y criado en esta tierra petrolera, hombre amable, conversador y cargado de historias que brotan con la misma facilidad con la que de sus manos nace un instrumento nuevo.

Rodeado de máquinas, serruchos, lijas, barnices y tablas escogidas con paciencia, Edgar entra en una especie de silencio sagrado cada vez que comienza a fabricar o reparar un cuatro. Lo acompaña el apoyo firme de su esposa Igneria, compañera de vida y de jornadas, y en otros tiempos también la ayuda de su hijo Bryand. 

Entre todos han levantado un pequeño templo donde renacen cuatros, guitarras, mandolinas, violines, violas y hasta violonchelos.



Cada pieza sale con acabados finos, madera de alta calidad y una sonoridad limpia que promete larga vida. Para sus mejores trabajos utiliza palo santo en fondos y aros, pino o abeto en la tapa frontal, diapasón de ébano, puentes resistentes y clavijas de precisión.

Conoce cada veta, cada aroma y cada carácter de la madera. También ha sabido unir tradición y modernidad. Se ha especializado en cuatros eléctricos, incorporando micrófonos y afinadores digitales que permiten llevar el instrumento venezolano a nuevos escenarios sin perder su esencia.



Edgar proviene de una familia marcada por el arte. Es hijo de Otilio Miquilena, recordado patrimonio histórico cultural de los estados Zulia y Falcón. En aquella casa la música era parte de la rutina diaria. El patio familiar sirvió de ensayo para numerosos artistas que luego hicieron carrera dentro y fuera del país. “Yo crecí en ese ambiente de música”, recuerda con nostalgia, al igual que cuando evoca los consejos su madre, doña Betty Acedo.

Sus hijos Edgar, Bryand y Dalezka heredaron esa vena artística y participaron en agrupaciones gaiteras infantiles, como Los Parranderitos y Parroquianitos. 

Expresa especial emoción al recordar cuando su hija Dalezka fue reconocida como cantante de gaitas en 2011 con el tema Pura Zulianidad, de José Luis "Condorito" Vargas y Aly Ojeda. Más orgullo sintió al verla cantar acompañada por uno de los cuatros fabricados por sus manos.



El oficio de luthier lo aprendió con el maestro Gerónimo Duque, en Bachaquero. Llegó con intención de comprar un cuatro, pero terminó quedándose como aprendiz. Visitaba a diario el taller de su mentor, donde conoció sobre clasificación de maderas, humedad, curvaturas y secretos del sonido.

Su prueba final fue construir un cuatro desde cero con madera importada que compró en Caracas. Lo presentó ante Gerónimo y sus hijos, quienes serían jueces pero también terminarían juzgados por no aprender el oficio de su padre, como lo hizo este aprendiz sin parentesco.

Aquel instrumento sorprendió por su belleza y calidad. “Cuando vio mi cuatro, se le salieron las lágrimas”, cuenta Edgar. El maestro dijo entonces que podía morir tranquilo, porque alguien continuaría su camino. Aún conserva ese primer cuatro, con el cariño expresado en la foto de su familia, que guarda en la caja armónica.



Tiempo después, enfermo, Gerónimo lo llamó para entregarle materiales, maderas y trabajos inconclusos. Fue una despedida emotiva. Días más tarde falleció, dejando en Edgar una herencia mayor: la responsabilidad de preservar el cuatro venezolano.

Durante años trabajó en la industria petrolera y hoy, ya jubilado, dedica su tiempo completo al taller. Antes de fabricar un instrumento interroga al cliente: qué desea, para qué lo necesita, cuál es su presupuesto. Así entiende que ningún cuatro debe ser igual a otro, porque cada músico tiene su propia voz.



Sus creaciones han viajado a Argentina, México, Estados Unidos, Colombia y Ecuador. Pero él sigue allí, humilde entre virutas y barniz, convencido de que el cuatro tendrá cada vez más presencia en el mundo, afinando con "cambur pintón" la cultura venezolana. 


En cada instrumento que entrega viajan también su padre, su maestro, el amor de su esposa, la alegría de sus hijos y la memoria de un país entero. Porque cuando Edgar Miquilena termina un cuatro, no entrega solo madera y cuerdas: entrega un pedacito de Venezuela hecho canción.






Maestro luthier Gerónimo Duque

Otilio Miquilena

Don Otilio Miquilena


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