El Oso de San Benito de Las Morochas


Lagunillas, febrero de 2026.-



En el pueblo de Las Morochas, en el municipio Lagunillas, los tambores resuenan con fuerza en honor a San Benito de Palermo, una fervorosa devoción que une a la comunidad con una carga de historia, identidad y espiritualidad. 

Esta tradición, patrimonio cultural del estado Zulia, se mantiene gracias a personalidades como Carlos “Oso” Gutiérrez, primer capitán de los Vasallos de las Morochas, defensor de esta manifestación y formador de varias generaciones de chimbagueleros. 



 Trabajador petrolero y zapatero por vocación, Oso Gutiérrez es también un devoto del “Santo Negro” que lleva la fe en la sangre. Ha dedicado buena parte de su vida a mantener viva una herencia espiritual y cultural que supera el siglo de historia. Desde el año 2000 asumió la responsabilidad de conducir a los Vasallos de San Benito de Las Morochas, un grupo nacido en la antigua Lagunillas de Agua y fundado por la familia Estrada, cuyos ecos todavía resuenan en cada toque de tambor.

Entre las reliquias más preciadas que resguarda el grupo está la imagen centenaria del santo, salvada milagrosamente del incendio que consumió el pueblo palafítico en 1939. Esa figura, marcada por el tiempo, representa la historia y el valor de estos vasallos, ícono de la cultura del municipio. 



Oso recuerda con respeto a quienes abrieron el camino. Nombra a José del Carmen Estrada, “Checame”, quien durante años fue primer capitán del grupo. También evoca a Luis “Totillo” Bencomo, defensor incansable de la cultura popular, cuyo ejemplo sigue iluminando a muchos cultores del municipio. Son nombres que para él viven en cada toque, en cada canto, en cada promesa cumplida.

“Es una devoción inculcada por mis padres”, afirma recordando a su progenitor, Andrés Gutiérrez, quien fue un vasallo ejemplar y cuya memoria honra incluso en el nombre de una de las escuelas de chimbangueles que ha impulsado. 



En más de dos décadas de liderazgo ha organizado veinticuatro encuentros de chimbangueles en Las Morochas y ha llevado a sus vasallos a participar en innumerables celebraciones culturales en distintos rincones del país, siendo recibidos con respeto y admiración. 

El grupo está integrado por veinticuatro personas, entre ellas cuatro mujeres, y mantiene una estructura tradicional que refleja la organización de los antiguos vasallos: el primer capitán como máxima autoridad, el mayordomo encargado de coordinar a los participantes, el capitán de plaza responsable de las rutas y espacios de los toques, además de músicos, cantores y respondones. Los tambores que dan vida a la celebración incluyen el arriero o tambor mayor, tres requintas, el medio golpe y las voces que entonan las letanías.



Cuando suenan los toques de Ajé, Cantica, Chimbanguelero vaya, Misericordia Señor, Al Chocho o San Gorongome, el pueblo entero parece moverse al ritmo de una memoria antigua.  

En Las Morochas, los vasallos suelen sumar más tambores de lo habitual para lograr un sonido más potente y profundo, una marca propia que distingue su forma de honrar al santo. La procesión se vuelve entonces un río de fe donde conviven el fervor religioso, el baile ritual y la alegría compartida.



La tradición de San Benito, presente también en los estados Trujillo y Mérida, nació del encuentro entre dos mundos. Del catolicismo llegaron las misas, las procesiones y las promesas; de África, los tambores, los cantos responsoriales y el espíritu festivo de una espiritualidad que sobrevivió al dolor de la esclavitud. 

En esa mezcla se reconocen también ecos de deidades como Changó, símbolo de fuerza y tambor en la tradición yoruba. Todo esto combinado en una manifestación formada del sincretismo religioso.



Las celebraciones principales se realizan cada 27 de diciembre y el 6 de enero, cuando las calles se llenan de música, baile y fervor. Son días en que Las Morochas se transforma en un escenario de devoción multitudinaria donde cada golpe de tambor parece despertar la memoria colectiva.

Con los años, Oso Gutiérrez también ha promovido cambios dentro de la celebración. Uno de los más significativos ha sido erradicar la costumbre de arrojar ron a la imagen del santo, una práctica que en otros tiempos simbolizaba la ofrenda del fruto del trabajo en los cañaverales. Para él, el respeto a la imagen debe prevalecer sobre cualquier gesto que pueda desvirtuar la esencia espiritual de la devoción.



Quienes lo conocen hablan de un hombre sencillo, de carácter firme y mirada franca. Pero también destacan su vocación social y su manera casi paternal de guiar a los jóvenes que aprenden el arte del tambor. Ha creado varias escuelas de chimbangueles —entre ellas la Fundación San Benito de Las Morochas, Servidores del Paraute y la escuela Mamá Rosa— con la esperanza de que las nuevas generaciones continúen el camino.

Admira profundamente al cantor popular Alí Primera, a quien recuerda por su visita al pueblo y por su capacidad de cantar la vida de la gente sencilla. Quizás por eso Oso siente que la tradición sanbenitera también es una forma de cantar al pueblo.



“Ser primer capitán es un orgullo y una gran responsabilidad”, dice. En su voz no hay arrogancia, sino compromiso. Sabe que la tradición no pertenece a un solo hombre, sino a toda una comunidad que la sostiene con fe y memoria.

Su mayor sueño es que los muchachos que hoy aprenden a tocar los chimbangueles sigan llevando esta devoción con respeto, amor y unidad. Que el tambor no se apague. Que la promesa continúe.

Mientras tanto, cada vez que el arriero marca el primer golpe y la procesión avanza entre cantos, Carlos “Oso” Gutiérrez vuelve a confirmar que la devoción a San Benito más que una tradición, es una forma de vivir.





No hay comentarios:

Buscar este blog