Lagunillas, enero de 2026.-
Por casi un siglo, se ha repetido hasta el cansancio que Alicia Mendoza causó el brutal incendio de Lagunillas de Agua, el 13 de noviembre de 1939, una afirmación sin pruebas y sin sentido, que ha servido para librar de culpas a las trasnacionales petroleras y al gobierno del momento.
Pero en los últimos años, han surgido voces que cuestionan las historias oficiales y ponen en evidencia que gran parte de la historia local se basa en mentiras. Estos cuestionamientos han ido aumentando, hasta el punto de que personas -tradicionalmente defensoras de los mitos- se han unido a estas discusiones.
Se nos dijo que una noche de noviembre, en 1939, el descuido de una mujer y una lámpara de queroseno condenaron a las llamas al pueblo erigido sobre las aguas. El caso de Alicia no es aislado, forma parte de un ecosistema de falsedades que sirvieron para borrar a un pueblo, su historia y su cultura y al mismo tiempo para entregarle a la industria petrolera esa parte del Lago de Maracaibo.
Hoy, gracias a la terquedad de historiadores, cultores y docentes, empieza a revelarse una verdad dolorosa: el incendio de Lagunillas de Agua no fue un accidente doméstico, sino el sacrificio de un pueblo ante la avaricia petrolera. Las empresas necesitaban el espacio donde se encontraba el pueblo, para explotar los yacimientos que estaban bajo el suelo; el incendio fue una herramienta para sus ambiciones.
Antes de que los mapas lo llamaran Lagunillas de Agua, aquel laberinto de madera se llamaba Paraute. Para el pueblo Añú, los verdaderos dueños del estuario zuliano, Paraute significaba "ser de aguas", casas sobre estacas y una cosmovisión que llevaba más de tres mil años resistiendo.
Sin embargo, la historia oficial decidió borrar el nombre ancestral y sustituirlo por una cultura europeísta, basados en personajes, nombres, santos, etc. Implantaron una identidad cultural ajena, pero que los poderes políticos y económicos consideraban mejor.
El incendio de Lagunillas fue planificado y justificado previamente con un relato de precariedad e insalubridad. Como plantea el cronista del municipio Lagunillas, Francisco Chávez, el decreto de fundación de Ciudad Ojeda en 1937 —firmado dos años antes de la tragedia— ya preparaba el terreno para el desalojo forzoso, pintando a los habitantes de los palafitos como personas que vivían en un peligro inminente por su propia culpa.
En el centro de esta gran mentira se colocó a Alicia Mendoza, conocida como "La Caraqueña". Sobre sus hombros cayó el estigma de ser la "incendiaria". El economista y escritor Edinson Martínez nos invita hoy a dejarla descansar en paz, denunciando que su culpabilidad fue una "fábula de factura vernácula con una clara impronta machista".
Durante la sesión especial del Concejo Municipal de Lagunillas, con motivo del 89 aniversario de la fundación de Ciudad Ojeda, Martínez, quien sirvió de orador de orden, explicó que esta es una “infeliz leyenda”, “cuento mitológico”, y pidió “dejemos tranquila a la malograda Alicia Mendoza”.
Alicia fue el chivo expiatorio perfecto para una sociedad patriarcal que necesitaba una villana a quien señalar mientras las transnacionales se lavaban las manos. La investigación de la propia empresa Coleman, citada por Chávez, demostró que ninguna de sus lámparas tuvo nada que ver con el siniestro. Alicia fue, en realidad, una víctima más de un relato diseñado para ocultar un crimen industrial.
La verdadera chispa no salió de un bar, sino de un oleoducto roto. El dirigente social Jesús Farías, testigo presencial de la catástrofe, dejó un testimonio desgarrador que el profesor Yldefonso Finol ha rescatado con valentía. Farías relató cómo, horas antes del incendio, un tubo de la empresa Gulf estalló, cubriendo el lago con una capa de petróleo "vivo" y altamente inflamable. A pesar de los gritos de auxilio y los reclamos de los habitantes, la empresa se negó a cerrar las válvulas.
El antropólogo Nicanor Cifuentes añade una pieza clave: el contexto de la Segunda Guerra Mundial. La sed de crudo para la maquinaria bélica internacional convirtió a Paraute en un obstáculo que debía ser eliminado de la manera más rápida y barata posible. El fuego fue la herramienta perfecta.
Lo que ocurrió en 1939 fue lo que Finol denomina un etnocidio. Se quemó la identidad de un pueblo. Por eso, gran parte de la historia de Ciudad Ojeda y del municipio Lagunillas está cimentada sobre mitos y tergiversaciones que han intentado adormecer nuestra conciencia. Se nos enseñó a agradecer una ciudad que nació de las cenizas de una masacre, ocultando que las cifras de muertos, que el gobierno de López Contreras fijó en trescientos, fueron en realidad miles de almas que el lago se tragó.
Este rescate de la verdad no ha sido fácil. Durante años, investigadores y cultores como Javier Fernández, Dionisio Brito, Johnny Salcedo, Ferkys Romero, Ramón Herrera, entre otros, han sostenido esta versión a contracorriente. Muchos de ellos sufrieron el rechazo, la ofensa y hasta la humillación de quienes, aferrados a la comodidad de la historia oficial, los tildaban de locos o resentidos.
Pero el tiempo les ha dado la razón. El hecho de que ahora se discuta y se reconozca la inocencia de Alicia Mendoza es una victoria de la identidad cultural. Es un logro significativo, dentro de una enorme batalla por desmontar las mentiras históricas.
Falta seguir abordando otros temas como la cuestionada idoneidad de rendir homenaje al español Alonso de Ojeda, la existencia ancestral de Paraute, en verdadero significado de la palabra Coquivacoa, la brutalidad de conquistadores europeos y colonialistas posteriores, la inhumanidad de la industria petrolera de la primera mitad del siglo XX y un largo etcétera.
El trabajo es lento, pero indetenible. Porque toca enfrentarse con pruebas científicas a muchos años de mentiras oficializadas. También es necesario hacerle frente a ciudadanos con mentalidades colonizadas, que se resisten a cualquier cuestionamiento de la historia que ellos no saben defender, limitándose a alusiones vacías sobre idiosincrasia o mestizaje.
Reivindicar a Paraute es devolverle la dignidad a nuestros ancestros y entender que nuestra historia no comenzó con un incendio, ni con la llegada de inmigrantes, ni con la industria petrolera, ni con la fundación de Ciudad Ojeda. Nuestra historia es milenaria y ni el fuego la podrá consumir.
Algunas Fuentes:
- Edinson Martínez, Discurso de orden con motivo del 89 aniversario de Ciudad Ojeda.
-Yldefonso Finol, 76 años del "Incendio de Lagunillas": el olvidado etnocidio de Paraute Añú
- Nicanor Cifuentes Gil, ¿Incendio en Lagunillas o Lagunillas incendiada?
- Francisco Chávez, Una Tragedia Olvidada: El Incendio de Lagunillas de Agua
- Francisco Chávez, 13 de noviembre de 1939: Lagunillas incendiada
- Yennys Rojas, En el incendio de Lagunillas “se incurrió en delitos de Iesa Humanidad”







