Samir Radi y el juego como esperanza

Lagunillas, marzo de 2026.-



En las calles de Las Morochas, municipio Lagunillas, hay un hombre que dibuja rayuelas (avioncitos, pisé) en el suelo, reparte metras (canicas, bolitas), enseña a elaborar volantines (cometas, papagayos) e invita a jugar trompo, como quien profesa una nueva fe. 

Se llama Samir Radi, profesor jubilado de educación física, entrenador deportivo y promotor incansable de los juegos tradicionales venezolanos. Hombre sencillo, de conversación pausada y sabiduría popular incuestionable, Radi habla del juego con la misma seriedad con la que otros hablan del futuro.



Durante treinta años trabajó en la escuela Juan XXIII de Fe y Alegría, donde rompió paradigmas al incorporar los juegos tradicionales en su programa de educación física. En tiempos donde la planificación se centraba casi exclusivamente en disciplinas formales, él apostó por el trompo, la zaranda, las metras y el emboque (perinola, balero).  

“Los juegos tradicionales son parte de nuestra cultura, que permiten desarrollar la motricidad desde niños”, afirma convencido. No lo dice como teoría, sino como experiencia. Cada jornada escolar era para él un laboratorio de aprendizaje donde el desarrollo motriz, cognitivo y social caminaban juntos. Con la práctica diaria, los niños mejoraban el equilibrio, el cálculo de fuerza, la puntería y la paciencia. Aprendían a respetar reglas, a trabajar en equipo y a planificar estrategias.



Incluso defendió juegos poco aceptados en algunas escuelas, como las cartas y el dominó. “Les enseñé a jugar sin vicios, promoviendo estos juegos por los beneficios que aportan en habilidades matemáticas y en la creación de estrategias”, explica.  

Su amor por estas prácticas nació cuando era muy joven, participando en actividades del Centro Cultural y Deportivo Las Morochas (CECUDELMO). Allí entendió que el juego es una herramienta pedagógica poderosa. Más tarde, esa semilla germinó en su carrera docente.



Samir guarda especial cariño por el papagayo, también llamado volantín o cometa. Ha construido decenas, de todos los tamaños y colores, con diferentes mensajes y alegorías. “La elaboración del papagayo exige conocimiento empírico de geometría, creatividad y sentido de pertenencia porque es el único juego donde el niño fabrica su propio juguete, explica. 

Durante su labor como docente organizó doce festivales del volantín en el marco del Día del Padre. Poco a poco fue ganando el respaldo de colegas y representantes, conquistando espacios para estas actividades que hoy recuerda con orgullo.



También habla con entusiasmo del origami. “Construir aviones o barquitos de papel ayuda a comprender las figuras geométricas y a alimentar la imaginación”, dice. 

Radi está convencido de que los niños de hoy se sienten atraídos por estos juegos, aunque le preocupa la crianza de “niños cibernéticos” y el avance del sedentarismo en perjuicio de la salud. Recuerda que la falta de actividad física reduce la calidad y el tiempo de vida. “Con los juegos estamos salvando vidas”, asegura con firmeza.



Promueve además disciplinas como el pimpón, la pelotica de goma, el atletismo y el ajedrez. Cuenta que siendo niño llegó a un campeonato de ajedrez sin saber jugar; aprendió preguntando y terminó ganando. Esa experiencia le mostró que siempre es posible aprender si hay curiosidad y voluntad.

Sueña con una sede para su fundación Las Morochas Presente (LASMOPRE), un movimiento sin fines de lucro que busca formar una nueva generación de deportistas y alejar a los niños de las calles y los malos hábitos. Le preocupa la privatización de las canchas deportivas comunitarias, que limita el acceso de los niños de sectores populares a la práctica deportiva.



Cuando encuentra un piso libre, dibuja una rayuela o avioncito. Observa cómo niños y adultos se animan a saltarla. En esos saltos ve coordinación, equilibrio, cálculo de distancias y compañerismo. Pero también la posibilidad de reconstruir comunidad desde lo sencillo.

Samir Radi enseña a jugar, a convivir, a pensar, a moverse con propósito. En cada trompo que gira, en cada papagayo que se eleva, late su convicción de que el juego es cultura, salud y esperanza. En Las Morochas, su legado ya camina con los niños que juegan sin saber que en cada movimiento están creando un mundo mejor. 





El Oso de San Benito de Las Morochas


Lagunillas, febrero de 2026.-



En el pueblo de Las Morochas, en el municipio Lagunillas, los tambores resuenan con fuerza en honor a San Benito de Palermo, una fervorosa devoción que une a la comunidad con una carga de historia, identidad y espiritualidad. 

Esta tradición, patrimonio cultural del estado Zulia, se mantiene gracias a personalidades como Carlos “Oso” Gutiérrez, primer capitán de los Vasallos de las Morochas, defensor de esta manifestación y formador de varias generaciones de chimbagueleros. 



 Trabajador petrolero y zapatero por vocación, Oso Gutiérrez es también un devoto del “Santo Negro” que lleva la fe en la sangre. Ha dedicado buena parte de su vida a mantener viva una herencia espiritual y cultural que supera el siglo de historia. Desde el año 2000 asumió la responsabilidad de conducir a los Vasallos de San Benito de Las Morochas, un grupo nacido en la antigua Lagunillas de Agua y fundado por la familia Estrada, cuyos ecos todavía resuenan en cada toque de tambor.

Entre las reliquias más preciadas que resguarda el grupo está la imagen centenaria del santo, salvada milagrosamente del incendio que consumió el pueblo palafítico en 1939. Esa figura, marcada por el tiempo, representa la historia y el valor de estos vasallos, ícono de la cultura del municipio. 



Oso recuerda con respeto a quienes abrieron el camino. Nombra a José del Carmen Estrada, “Checame”, quien durante años fue primer capitán del grupo. También evoca a Luis “Totillo” Bencomo, defensor incansable de la cultura popular, cuyo ejemplo sigue iluminando a muchos cultores del municipio. Son nombres que para él viven en cada toque, en cada canto, en cada promesa cumplida.

“Es una devoción inculcada por mis padres”, afirma recordando a su progenitor, Andrés Gutiérrez, quien fue un vasallo ejemplar y cuya memoria honra incluso en el nombre de una de las escuelas de chimbangueles que ha impulsado. 



En más de dos décadas de liderazgo ha organizado veinticuatro encuentros de chimbangueles en Las Morochas y ha llevado a sus vasallos a participar en innumerables celebraciones culturales en distintos rincones del país, siendo recibidos con respeto y admiración. 

El grupo está integrado por veinticuatro personas, entre ellas cuatro mujeres, y mantiene una estructura tradicional que refleja la organización de los antiguos vasallos: el primer capitán como máxima autoridad, el mayordomo encargado de coordinar a los participantes, el capitán de plaza responsable de las rutas y espacios de los toques, además de músicos, cantores y respondones. Los tambores que dan vida a la celebración incluyen el arriero o tambor mayor, tres requintas, el medio golpe y las voces que entonan las letanías.



Cuando suenan los toques de Ajé, Cantica, Chimbanguelero vaya, Misericordia Señor, Al Chocho o San Gorongome, el pueblo entero parece moverse al ritmo de una memoria antigua.  

En Las Morochas, los vasallos suelen sumar más tambores de lo habitual para lograr un sonido más potente y profundo, una marca propia que distingue su forma de honrar al santo. La procesión se vuelve entonces un río de fe donde conviven el fervor religioso, el baile ritual y la alegría compartida.



La tradición de San Benito, presente también en los estados Trujillo y Mérida, nació del encuentro entre dos mundos. Del catolicismo llegaron las misas, las procesiones y las promesas; de África, los tambores, los cantos responsoriales y el espíritu festivo de una espiritualidad que sobrevivió al dolor de la esclavitud. 

En esa mezcla se reconocen también ecos de deidades como Changó, símbolo de fuerza y tambor en la tradición yoruba. Todo esto combinado en una manifestación formada del sincretismo religioso.



Las celebraciones principales se realizan cada 27 de diciembre y el 6 de enero, cuando las calles se llenan de música, baile y fervor. Son días en que Las Morochas se transforma en un escenario de devoción multitudinaria donde cada golpe de tambor parece despertar la memoria colectiva.

Con los años, Oso Gutiérrez también ha promovido cambios dentro de la celebración. Uno de los más significativos ha sido erradicar la costumbre de arrojar ron a la imagen del santo, una práctica que en otros tiempos simbolizaba la ofrenda del fruto del trabajo en los cañaverales. Para él, el respeto a la imagen debe prevalecer sobre cualquier gesto que pueda desvirtuar la esencia espiritual de la devoción.



Quienes lo conocen hablan de un hombre sencillo, de carácter firme y mirada franca. Pero también destacan su vocación social y su manera casi paternal de guiar a los jóvenes que aprenden el arte del tambor. Ha creado varias escuelas de chimbangueles —entre ellas la Fundación San Benito de Las Morochas, Servidores del Paraute y la escuela Mamá Rosa— con la esperanza de que las nuevas generaciones continúen el camino.

Admira profundamente al cantor popular Alí Primera, a quien recuerda por su visita al pueblo y por su capacidad de cantar la vida de la gente sencilla. Quizás por eso Oso siente que la tradición sanbenitera también es una forma de cantar al pueblo.



“Ser primer capitán es un orgullo y una gran responsabilidad”, dice. En su voz no hay arrogancia, sino compromiso. Sabe que la tradición no pertenece a un solo hombre, sino a toda una comunidad que la sostiene con fe y memoria.

Su mayor sueño es que los muchachos que hoy aprenden a tocar los chimbangueles sigan llevando esta devoción con respeto, amor y unidad. Que el tambor no se apague. Que la promesa continúe.

Mientras tanto, cada vez que el arriero marca el primer golpe y la procesión avanza entre cantos, Carlos “Oso” Gutiérrez vuelve a confirmar que la devoción a San Benito más que una tradición, es una forma de vivir.





Paloma y el ceretón

Lagunillas, febrero de 2026.-


Relato oral narrado por Victoreano Camacaro, transcrito por Luis Gerardo Leal. Se basa en una creencia mitológica de los pueblos del estado Falcón (Venezuela) y que se ha difundido a otros lugares por medio de los migrantes. Es importante aclarar que un ceretón no es un fantasma, ni un duende como se ha descrito en otras páginas.



Una de esas noches de brisas frías, se vio a Dianicio adentrarse en el monte a las afueras de Churuguara. Era un hombre flaco, de piel pegada al hueso, alto, con hombros vencidos y mirada apagada como si siempre estuviera pidiendo perdón por existir. Nadie sabía con certeza cuántos años tenía. Él tampoco. Pasó los sesenta hacía rato, o eso creía.

Mientras caminaba entre piedra y matorral, recordaba que había hecho ese recorrido muchas veces, aunque eso no había cambiado su destino. La suerte nunca lo acompañó. No conoció mujer que lo quisiera ni familia que lo aceptara. Vivía solo, con la tristeza y el silencio.

Con los años, la amargura le fue hablando bajito, prometiéndole lo que la vida le negó. Voces que fueron convenciéndolo hasta llevarlo por primera vez a aquel monte, subiendo la Sierra hasta un espacio despejado donde la luna llena iluminaba a plenitud. 

Repitió con movimientos casi mecánicos el mismo ritual. Encendió un fuego, dejó que el humo le cubriera la cara, recitó palabras viejas y mezcló sangre con hierbas y licor. No sabía a quién llamaba, solo que ya no quería ser él. Cuando el cántico terminó, su cuerpo se volvió aire: invisible, etéreo, sin olor, pero con tacto, con deseo, con maldad. Así nacía el ceretón.

Esa noche llegó a la casa de Paloma. La hija del vecino tenía veinte años, piel morena y ojos limpios. Vivía con su padre, Eleuterio, entre la cochinera y el conuco. Esa noche, Paloma dormía cuando la sombra sin sombra se metió en su cuarto. Nadie oyó nada. A las tres de la madrugada, el mal se aprovechó del sueño y de la inocencia.

Al amanecer, Paloma despertó con el cuerpo adolorido, moretones en el cuello y los brazos, y una angustia espesa en el pecho. Se lo contó a su padre, al cura, a las mujeres del río mientras restregaban ropa contra las piedras. Todos escucharon. Nadie creyó. Alguno bromeó diciendo que lo que necesitaba era un marido.

Las noches siguientes fueron iguales. El miedo y los moretones crecían. Eleuterio en una de sus visitas a su madre en el pueblo de San Luis, le contó a la anciana la ocurrencia de Paloma. La abuela no se rio. Preparó una busaca de hierbas para enviar a su nieta.  

Una mañana, mientras se untaba en los hematomas la pomada hecha con hierbabuena, llantén, cenizas y cera de abeja —la receta de su abuela de San Luis—, Paloma miró hacia la casa del vecino, más allá de los cerdos y el sembradío de topochos. Dianicio estaba allí, quieto, mirándola desde su patio. La distancia no permitía ver su rostro, pero algo en esa inmovilidad le heló la sangre.

El papel con los ingredientes terminaba con una frase escrita torpemente: “cuídate del ceretón”. Lo leyó en voz alta y la frase llegó a oídos de un señor que estaba en su casa vendiendo como cada semana, leche de cabra, queso y nata. 

—El ceretón no es un juego. Es muy real, mija. –dijo el viejo como si regañara a la joven. 

— ¿Es un fantasma? –preguntó tímidamente Paloma.

—No es un muerto –respondió-. Es un hombre vivo que hace pacto y se pierde. Puede dañar, pero siempre paga. No hay paz para los impíos, dicen las sagradas escrituras.

La última noche de luna llena, Paloma ya había agotado su paciencia. Estaba determinada a acabar con aquellos tormentos. Tomó el cuchillo grande y filoso que su padre utilizaba para despellejar puercos. Lo guardó bajo su almohada e intentó dormir. 

Como las veces anteriores, poco después de la media noche, los perros ladraron, los cochinos gruñeron y el miedo llegó con la brisa colados por la ventana. Algunos pasos sobre las tejas terminaron de alertar a Paloma, quien seguía insomne murmurando un padrenuestro. 

Se hizo el silencio y un escalofrío recorrió su cuerpo. Paloma sintió una respiración ajena pero fingió dormir. Unas manos frías tocaron sus piernas, su cadera, su pecho. Percibió un aliento que caía sobre su rostro y todo el peso de un hombre sobre ella. Abrió los ojos, pero no había nada qué ver. Metió la mano bajo su almohada, sacó el puñal y comenzó a atacar al aire, puñaladas al vacío, con fuerza, con desesperación.

Sintió carne, resistencia, jadeo. Frente a ella no se veía nada, pero sentía cómo el cuchillo penetraba una y otra vez en algo. De repente, nada. De nuevo silencio, se sintió aliviada y se dejó caer en su cama hasta que se desvanecieron sus pensamientos.

Al día siguiente, el pueblo corrió alarmado hacia la casa de Eleuterio. Dianicio veía a la gente pasar por la vereda, mientras él curaba sus heridas. Tenía cortes en el pecho, los costados, la espalda y una mano. Lloraba como un niño. Dolor del cuerpo, dolor del desamor, dolor del castigo. 

Alguien gritó desde lejos:

—¡La hija de Eleuterio se clavó un cuchillo en el vientre!

Dianicio cayó de rodillas. La culpa lo devoró. Comprendió, demasiado tarde, que no hay amor ni descanso para quien se entrega al mal. Solo remordimiento, como un monte oscuro del que no se regresa.

No hay paz para los impíos.

-Fin-


Publicaciones recomendadas:

- El Perverso Ceretón

- Canción del Ceretón


DÉCIMA: Lagunillas incendiada (Ramón Herrera)


1

Fue incendiada Lagunillas

aquel trece de noviembre,

sucumbiendo para siempre

la histórica maravilla,

que enclavada en una orilla

de nuestra costa oriental

nunca le quiso aceptar

la propuesta inoportuna

que le hacía con su fortuna

la empresa transnacional.


2

Todo comenzó en la orilla

donde estaba acumulado

el petróleo derramado

que originó la rencilla,

donde cayó la cerilla

pagada por Rockefeller

¡Y hoy nosotros y ustedes

sabemos de corazón

que la única razón

fue borrarnos para siempre!


3

¡Todo se volvió un infierno

devorando la candela

las casitas de madera

en aquel voraz incendio!

¡¡Todo se fue consumiendo

en cuestiones de minutos!!

¡¡¡Solo quedaba el reducto

de un pueblo de palafitos

donde se aunaron los gritos

de un centenar de difuntos!!!




Alicia Mendoza y los mitos del incendio de Lagunillas de Agua

Lagunillas, enero de 2026.-



Por casi un siglo, se ha repetido hasta el cansancio que Alicia Mendoza causó el brutal incendio de Lagunillas de Agua, el 13 de noviembre de 1939, una afirmación sin pruebas y sin sentido, que ha servido para librar de culpas a las trasnacionales petroleras y al gobierno del momento. 

Pero en los últimos años, han surgido voces que cuestionan las historias oficiales y ponen en evidencia que gran parte de la historia local se basa en mentiras. Estos cuestionamientos han ido aumentando, hasta el punto de que personas -tradicionalmente defensoras de los mitos- se han unido a estas discusiones.



​Se nos dijo que una noche de noviembre, en 1939, el descuido de una mujer y una lámpara de queroseno condenaron a las llamas al pueblo erigido sobre las aguas. El caso de Alicia no es aislado, forma parte de un ecosistema de falsedades que sirvieron para borrar a un pueblo, su historia y su cultura y al mismo tiempo para entregarle a la industria petrolera esa parte del Lago de Maracaibo.

Hoy, gracias a la terquedad de historiadores, cultores y docentes, empieza a revelarse una verdad dolorosa: el incendio de Lagunillas de Agua no fue un accidente doméstico, sino el sacrificio de un pueblo ante la avaricia petrolera. Las empresas necesitaban el espacio donde se encontraba el pueblo, para explotar los yacimientos que estaban bajo el suelo; el incendio fue una herramienta para sus ambiciones. 



​Antes de que los mapas lo llamaran Lagunillas de Agua, aquel laberinto de madera se llamaba Paraute. Para el pueblo Añú, los verdaderos dueños del estuario zuliano, Paraute significaba "ser de aguas", casas sobre estacas y una cosmovisión que llevaba más de tres mil años resistiendo. 

Sin embargo, la historia oficial decidió borrar el nombre ancestral y sustituirlo por una cultura europeísta, basados en personajes, nombres, santos, etc. Implantaron una identidad cultural ajena, pero que los poderes políticos y económicos consideraban mejor.



El incendio de Lagunillas fue planificado y justificado previamente con un relato de precariedad e insalubridad. Como plantea el cronista del municipio Lagunillas, Francisco Chávez, el decreto de fundación de Ciudad Ojeda en 1937 —firmado dos años antes de la tragedia— ya preparaba el terreno para el desalojo forzoso, pintando a los habitantes de los palafitos como personas que vivían en un peligro inminente por su propia culpa.

​En el centro de esta gran mentira se colocó a Alicia Mendoza, conocida como "La Caraqueña". Sobre sus hombros cayó el estigma de ser la "incendiaria". El economista y escritor Edinson Martínez nos invita hoy a dejarla descansar en paz, denunciando que su culpabilidad fue una "fábula de factura vernácula con una clara impronta machista". 



Durante la sesión especial del Concejo Municipal de Lagunillas, con motivo del 89 aniversario de la fundación de Ciudad Ojeda, Martínez, quien sirvió de orador de orden, explicó que esta es una “infeliz leyenda”, “cuento mitológico”, y pidió “dejemos tranquila a la malograda Alicia Mendoza”.

Alicia fue el chivo expiatorio perfecto para una sociedad patriarcal que necesitaba una villana a quien señalar mientras las transnacionales se lavaban las manos. La investigación de la propia empresa Coleman, citada por Chávez, demostró que ninguna de sus lámparas tuvo nada que ver con el siniestro. Alicia fue, en realidad, una víctima más de un relato diseñado para ocultar un crimen industrial.



​La verdadera chispa no salió de un bar, sino de un oleoducto roto. El dirigente social Jesús Farías, testigo presencial de la catástrofe, dejó un testimonio desgarrador que el profesor Yldefonso Finol ha rescatado con valentía. Farías relató cómo, horas antes del incendio, un tubo de la empresa Gulf estalló, cubriendo el lago con una capa de petróleo "vivo" y altamente inflamable. A pesar de los gritos de auxilio y los reclamos de los habitantes, la empresa se negó a cerrar las válvulas. 

El antropólogo Nicanor Cifuentes añade una pieza clave: el contexto de la Segunda Guerra Mundial. La sed de crudo para la maquinaria bélica internacional convirtió a Paraute en un obstáculo que debía ser eliminado de la manera más rápida y barata posible. El fuego fue la herramienta perfecta.



​Lo que ocurrió en 1939 fue lo que Finol denomina un etnocidio. Se quemó la identidad de un pueblo. Por eso, gran parte de la historia de Ciudad Ojeda y del municipio Lagunillas está cimentada sobre mitos y tergiversaciones que han intentado adormecer nuestra conciencia. Se nos enseñó a agradecer una ciudad que nació de las cenizas de una masacre, ocultando que las cifras de muertos, que el gobierno de López Contreras fijó en trescientos, fueron en realidad miles de almas que el lago se tragó.

​Este rescate de la verdad no ha sido fácil. Durante años, investigadores y cultores como Javier Fernández, Dionisio Brito, Johnny Salcedo, Ferkys Romero, Ramón Herrera, Sara Yelitza Álvarez, entre otros, han sostenido esta versión a contracorriente. Muchos de ellos sufrieron el rechazo, la ofensa y hasta la humillación de quienes, aferrados a la comodidad de la historia oficial, los tildaban de locos o resentidos. 

Pero el tiempo les ha dado la razón. El hecho de que ahora se discuta y se reconozca la inocencia de Alicia Mendoza es una victoria de la identidad cultural. Es un logro significativo, dentro de una enorme batalla por desmontar las mentiras históricas. 



Falta seguir abordando otros temas como la cuestionada idoneidad de rendir homenaje al español Alonso de Ojeda, la existencia ancestral de Paraute, en verdadero significado de la palabra Coquivacoa, la brutalidad de conquistadores europeos y colonialistas posteriores, la inhumanidad de la industria petrolera de la primera mitad del siglo XX y un largo etcétera. 

El trabajo es lento, pero indetenible. Porque toca enfrentarse con pruebas científicas a muchos años de mentiras oficializadas. También es necesario hacerle frente a ciudadanos con mentalidades colonizadas, que se resisten a cualquier cuestionamiento de la historia que ellos no saben defender, limitándose a alusiones vacías sobre idiosincrasia o mestizaje. 

​Reivindicar a Paraute es devolverle la dignidad a nuestros ancestros y entender que nuestra historia no comenzó con un incendio, ni con la llegada de inmigrantes, ni con la industria petrolera, ni con la fundación de Ciudad Ojeda. Nuestra historia es milenaria y ni el fuego la podrá consumir.


Algunas Fuentes:

- Edinson Martínez, Discurso de orden con motivo del 89 aniversario de Ciudad Ojeda

-Yldefonso Finol, 76 años del "Incendio de Lagunillas": el olvidado etnocidio de Paraute Añú

- Nicanor Cifuentes Gil, ¿Incendio en Lagunillas o Lagunillas incendiada?

- Francisco Chávez, Una Tragedia Olvidada: El Incendio de Lagunillas de Agua

- Francisco Chávez, 13 de noviembre de 1939: Lagunillas incendiada

- Yennys Rojas, En el incendio de Lagunillas “se incurrió en delitos de Iesa Humanidad”


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