De cómo la memoria indígena de un pueblo fue borrada y
sustituida por elementos culturales extranjeros que no representan a sus
habitantes.
Luis Gerardo Leal, septiembre de 2026.-
Lagunillas nació en el agua como se puede intuir en su
nombre. Pero curiosamente ese detalle no parece formar parte de la identidad
cultural preponderante en esta población ubicada en la Costa Oriental del Lago
de Maracaibo, estado Zulia. Parece más común encontrar elementos asociados a
Europa y los conquistadores europeos, invisibilizando las raíces indígenas añú,
lacustres, matriarcal, respetuosos de la naturaleza y de resistencia.
Nada de esto ocurrió por azar. Tanto la colonización
española, como el desarrollo de la industria petrolera de origen estadounidense
han implantado una falsa identidad que muestra lo europeo como progreso y lo
indígena es visto como primitivo, pobre y retrasado.
Esta transformación se consolidó en 1937, con la fundación
de Ciudad Ojeda por decreto del presidente Eleazar López Contreras, rindiendo
un inmerecido homenaje al conquistador, exterminador y esclavista de indígenas,
saqueador de pueblos originarios, entre otros vergonzosos méritos. Alonso de
Ojeda se convirtió en el personaje más importante de la nueva ciudad, se
crearon calles, plazas, universidades, fundaciones culturales, una parroquia,
pero sobre todo, una leyenda falsa que lo enaltece como héroe civilizador y
oculta su perversa trayectoria en el Caribe.
Este triunfo del eurocentrismo, el etnocentrismo europeo o la
colonización cultural sigue vigente hoy en día y defendida a muerte por quienes,
en su infinito complejo de inferioridad, siguen creyendo que lo extranjero es
lo bueno y se avergüenzan de lo propio.
Como explica Aníbal Quijano en su Colonialidad del Poder (2000),
la sociedad occidental impuso la cultura y el saber de Europa como el único
modelo de conocimiento válido, moderno y racional, marginando los saberes del
resto del mundo. Para muchos latinoamericanos este modelo es el único que han
conocido en sus escuelas, sus libros y sus productos culturales, lo defienden
porque es la realidad que le han mostrado.
Paraute
Cientos de años antes de la llegada de los invasores
españoles al Lago de Maracaibo, ya existía el pueblo palafítico de Paraute,
habitado por indígenas añú en casas de madera sobre las agua del estuario. Eran
principalmente pescadores, aunque también realizaban acciones en tierra, como
la siembra, recolección de insumo y cacería. Además, mantenían intercambios de
bienes con otras comunidades como caquetíos y bobures.
Desde este pueblo se originaron focos de resistencia a la
invasión española. El cacique Tomenguola, junto a guerreros como Camiseto y
Mataguelo, se unieron a los planes subversivos de los indígenas agrupados al
norte del lago y liderados por el cacique Nigale, como destaca el historiador
Yldefonso Finol.
Esta “guerrilla lacustre” organizó ataques a los poblados
españoles, sabotearon rutas comerciales y bloqueaban la navegación en el lago.
Lamentablemente su capacidad era inferior a la de los europeos, por lo que era
inevitable su derrota. “Paraute recibió los cañonazos, arcabuzazos,
ballestazos, lanzazos y espadazos que destruyeron su valerosa resistencia de
flechas, lanzas y macanas de madera”, relata Finol en sus publicaciones.
Los cabecillas fueron capturados en 1607 y ahorcados en una
plaza en Nueva Zamora (hoy Maracaibo). De esta manera, la lucha fue desmontada
y luego borrada. No existe ninguna mención en la historia oficial, en los
sistemas educativos ni en las manifestaciones culturales del municipio
Lagunillas.
Lagunillas castiza
Paraute fue colonizado y llamado Nuestra Señora de la
Concepción de Lagunillas en 1730, sustituyendo la identidad indígena por una
católica criolla pro europea, a pesar de seguir siendo un pueblo palafítico. En
1774, fue rebautizada como Nuestra Señora de la Candelaria, pero con el tiempo
se consolidó el nombre popular de Lagunillas de Agua, según dejó registrado el
profesor e historiador Javier Fernández.
En 1939, convenientemente dos años de la fundación de Ciudad
Ojeda, ocurrió el terrible incendio de Lagunillas de Agua, el final de esta
comunidad lacustre de origen ancestral. Este suceso también está rodeado de
mitos y leyendas, desde supuestas maldiciones emitidas por un sacerdote, hasta
el señalamiento de una prostituta como culpable de originar el fuego. Todo
dudoso, difundido masivamente sin pruebas.
Desde ese día funesto se le dio vía libre a las
trasnacionales petroleras para explotar hidrocarburos en el Lago. Estas
empresas estaban extrayendo crudo en los alrededores del pueblo desde 1926 e
insistían en la necesidad de quitar esas casas que obstaculizaban sus labores.
Las cifras de fallecidos varían según las fuentes, pero sin duda los ganadores
fueron los consorcios extranjeros.
El Fénix
Esta es la historia de resistencia y muerte de la cultura
indígena en Lagunillas. Y se inició de la ciudad europeísta. Se instalan
estatuas, se pintan murales, se escriben crónicas y se impone una nueva
identidad donde los pueblos originarios no están presentes, sino las supuestas
hazañas de los “descubridores-civilizadores”. Para ello se utiliza el símbolo
del ave Fénix, de la mitología griega, que pasa a ilustrar el plan de borrar lo
anterior y empezar de cero.
Los antiguos habitantes de Paraute no se extinguieron, se
fundieron en el mestizaje mezclándose con los criollos primero y con migrantes
europeos en el siglo XX. Su legado sigue vivo y latente, pero callado, porque
en esta sociedad colonizada quien se atreve a contar una historia diferente a
la oficial es satanizado, ridiculizado y aislado. No habrá piedad para quien se
atreva a enfrentar la orgullosa cultura europeísta, aunque ésta realmente no
refleje la realidad del pueblo lagunillense.




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