Paloma y el ceretón

Lagunillas, febrero de 2026.-


Relato oral narrado por Victoreano Camacaro, transcrito por Luis Gerardo Leal. Se basa en una creencia mitológica de los pueblos del estado Falcón (Venezuela) y que se ha difundido a otros lugares por medio de los migrantes. Es importante aclarar que un ceretón no es un fantasma, ni un duende como se ha descrito en otras páginas.



Una de esas noches de brisas frías, se vio a Dianicio adentrarse en el monte a las afueras de Churuguara. Era un hombre flaco, de piel pegada al hueso, alto, con hombros vencidos y mirada apagada como si siempre estuviera pidiendo perdón por existir. Nadie sabía con certeza cuántos años tenía. Él tampoco. Pasó los sesenta hacía rato, o eso creía.

Mientras caminaba entre piedra y matorral, recordaba que había hecho ese recorrido muchas veces, aunque eso no había cambiado su destino. La suerte nunca lo acompañó. No conoció mujer que lo quisiera ni familia que lo aceptara. Vivía solo, con la tristeza y el silencio.

Con los años, la amargura le fue hablando bajito, prometiéndole lo que la vida le negó. Voces que fueron convenciéndolo hasta llevarlo por primera vez a aquel monte, subiendo la Sierra hasta un espacio despejado donde la luna llena iluminaba a plenitud. 

Repitió con movimientos casi mecánicos el mismo ritual. Encendió un fuego, dejó que el humo le cubriera la cara, recitó palabras viejas y mezcló sangre con hierbas y licor. No sabía a quién llamaba, solo que ya no quería ser él. Cuando el cántico terminó, su cuerpo se volvió aire: invisible, etéreo, sin olor, pero con tacto, con deseo, con maldad. Así nacía el ceretón.

Esa noche llegó a la casa de Paloma. La hija del vecino tenía veinte años, piel morena y ojos limpios. Vivía con su padre, Eleuterio, entre la cochinera y el conuco. Esa noche, Paloma dormía cuando la sombra sin sombra se metió en su cuarto. Nadie oyó nada. A las tres de la madrugada, el mal se aprovechó del sueño y de la inocencia.

Al amanecer, Paloma despertó con el cuerpo adolorido, moretones en el cuello y los brazos, y una angustia espesa en el pecho. Se lo contó a su padre, al cura, a las mujeres del río mientras restregaban ropa contra las piedras. Todos escucharon. Nadie creyó. Alguno bromeó diciendo que lo que necesitaba era un marido.

Las noches siguientes fueron iguales. El miedo y los moretones crecían. Eleuterio en una de sus visitas a su madre en el pueblo de San Luis, le contó a la anciana la ocurrencia de Paloma. La abuela no se rio. Preparó una busaca de hierbas para enviar a su nieta.  

Una mañana, mientras se untaba en los hematomas la pomada hecha con hierbabuena, llantén, cenizas y cera de abeja —la receta de su abuela de San Luis—, Paloma miró hacia la casa del vecino, más allá de los cerdos y el sembradío de topochos. Dianicio estaba allí, quieto, mirándola desde su patio. La distancia no permitía ver su rostro, pero algo en esa inmovilidad le heló la sangre.

El papel con los ingredientes terminaba con una frase escrita torpemente: “cuídate del ceretón”. Lo leyó en voz alta y la frase llegó a oídos de un señor que estaba en su casa vendiendo como cada semana, leche de cabra, queso y nata. 

—El ceretón no es un juego. Es muy real, mija. –dijo el viejo como si regañara a la joven. 

— ¿Es un fantasma? –preguntó tímidamente Paloma.

—No es un muerto –respondió-. Es un hombre vivo que hace pacto y se pierde. Puede dañar, pero siempre paga. No hay paz para los impíos, dicen las sagradas escrituras.

La última noche de luna llena, Paloma ya había agotado su paciencia. Estaba determinada a acabar con aquellos tormentos. Tomó el cuchillo grande y filoso que su padre utilizaba para despellejar puercos. Lo guardó bajo su almohada e intentó dormir. 

Como las veces anteriores, poco después de la media noche, los perros ladraron, los cochinos gruñeron y el miedo llegó con la brisa colados por la ventana. Algunos pasos sobre las tejas terminaron de alertar a Paloma, quien seguía insomne murmurando un padrenuestro. 

Se hizo el silencio y un escalofrío recorrió su cuerpo. Paloma sintió una respiración ajena pero fingió dormir. Unas manos frías tocaron sus piernas, su cadera, su pecho. Percibió un aliento que caía sobre su rostro y todo el peso de un hombre sobre ella. Abrió los ojos, pero no había nada qué ver. Metió la mano bajo su almohada, sacó el puñal y comenzó a atacar al aire, puñaladas al vacío, con fuerza, con desesperación.

Sintió carne, resistencia, jadeo. Frente a ella no se veía nada, pero sentía cómo el cuchillo penetraba una y otra vez en algo. De repente, nada. De nuevo silencio, se sintió aliviada y se dejó caer en su cama hasta que se desvanecieron sus pensamientos.

Al día siguiente, el pueblo corrió alarmado hacia la casa de Eleuterio. Dianicio veía a la gente pasar por la vereda, mientras él curaba sus heridas. Tenía cortes en el pecho, los costados, la espalda y una mano. Lloraba como un niño. Dolor del cuerpo, dolor del desamor, dolor del castigo. 

Alguien gritó desde lejos:

—¡La hija de Eleuterio se clavó un cuchillo en el vientre!

Dianicio cayó de rodillas. La culpa lo devoró. Comprendió, demasiado tarde, que no hay amor ni descanso para quien se entrega al mal. Solo remordimiento, como un monte oscuro del que no se regresa.

No hay paz para los impíos.

-Fin-


Publicaciones recomendadas:

- El Perverso Ceretón

- Canción del Ceretón


Buscar este blog