El perverso ceretón

El Zaguán, abril de 2005

La comadre Rosa sintió la presencia de un ceretón por el ruido que éste hacía entre las ollas. Cuando el agua hirvió sobre el fogón, agarró en una totuma y la echó sobre el invisible espectro. Al otro día un conocido le dijo “mirá lo que me hiciste, Rosa”. Le había quemado una pierna. Él era el ceretón.

Mi negocio, lo arruinó uno de ésos. Siempre lo he sentido cerca, me tira papeles, me roba la plata, camina sobre el techo de la casa. Se mete por cualquier hendija y se lleva lo que consigue. Una vez me quitó 20 mil bolívares del bolsillo y yo ni me di cuenta.

Éste me persigue desde hace más de 25 años. Yo creo que es una de esas malas personas que alguna vez conocí en la sierra, porque allá en Falcón siempre se ven estas cosas.

Un ceretón no es un muerto, sino un hombre vivo que se vuelve maldito al matar a su madre o a un hijo. Luego con la ayuda de los textos de magia negra y un ritual en la noche, se hace invisible para robar o hacer vagabunderías a las muchachas.

Algunas veces se les incorpora a las mujeres y, dentro de ellas, las vuelve locas, las pone a pelear o a gritar sin razón. Esto lo digo con toda seguridad, porque a dos hijas mías, Adela y Juana, las atacó eso hace unos años.

También se convierte en animal para que nadie sospeche de él o toma la apariencia de un familiar cercano para que no le hagan daño. Porque al ceretón, como está vivo, se le puede herir a chaparrazos, con fuego o disparándoles, con una escopeta, una bala que tenga tres cruces dibujadas en el plomo.

Anda tras de uno, porque la envidia lo hace odiar a la gente que le va bien y a él solo se le puede descubrir con oraciones de la magia blanca.


Victoreano Camacaro
Adaptación:
Luis Gerardo Leal

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